Federico Guillermo I (1713‑1740) fue rey de Prusia y, tras la muerte de su padre, el gran elector Federico III, emprendió una serie de reformas que consolidaron el Estado prusiano y sentaron las bases de su futuro poderío.
Centralización del poder
Redució la influencia de los estamentos provinciales y reforzó la autoridad del monarca, creando una administración más cohesionada y eficaz.
Reformas militares
Impulsó la creación de un ejército profesional mediante la conscripción universal, la reorganización de las unidades y la mejora del entrenamiento y la disciplina, convirtiendo a la fuerza prusiana en una de las más temibles de Europa.
Expansión territorial
Conquistó y adquirió territorios como Pomerania (de Suecia) y partes de Silesia (de Austria), aumentando el tamaño, los recursos y la posición estratégica de Prusia.
Fomento de la educación y el comercio
Fundó escuelas, academias y universidades, y promovió industrias como la textil, la siderúrgica y la minera, impulsando la economía y elevando el nivel de vida de la población.
Tolerancia religiosa
Acogió a refugiados protestantes de toda Europa, favoreciendo la diversidad cultural y religiosa dentro del reino.
Burocracia prusiana
Reformó la administración pública, priorizando el mérito sobre el nacimiento, y estableció mecanismos de rendición de cuentas y transparencia.
Frugalidad y austeridad
Condujo una vida austera, evitando lujos innecesarios, lo que permitió destinar recursos al ejército y al desarrollo del Estado.
En conjunto, estas políticas unificaron y fortalecieron a Prusia, preparándola para convertirse en una potencia europea dominante.