Adolf Hitler se quitó la vida el 30 de abril de 1945, apenas días antes de que las fuerzas aliadas pudieran capturarlo. Al morir antes de ser detenido, nunca enfrentó un juicio ni una sentencia por los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial.
Por esta razón, no hubo castigo legal ni condena posterior para Hitler; su muerte anticipó cualquier proceso judicial que, de haber sobrevivido, habría sido inevitable.