Tras el conflicto devastador de la Primera Guerra Mundial, las recién establecidas democracias de Europa se vieron obligadas a enfrentar una serie de crisis interrelacionadas que amenazaron su estabilidad y legitimidad.
Problemas económicos
El daño material y la interrupción de la producción provocaron inflación galopante, desempleo masivo y pobreza generalizada. La recesión global de principios de los años veinte agravó aún más la situación, mientras que muchos estados luchaban por pagar enormes deudas de guerra y cumplir con las reparaciones impuestas.
Problemas políticos
Estas nuevas repúblicas carecían de tradiciones democráticas consolidadas y de instituciones sólidas, lo que las hacía vulnerables a la inestabilidad. El auge de movimientos extremistas —fascismo, comunismo y nacionalismo radical— representó una amenaza directa a los sistemas democráticos. Además, minorías étnicas y religiosas sufrían discriminación y violencia, y las mujeres, en la mayoría de los casos, todavía estaban privadas del voto y de una participación plena en la vida política.
Problemas sociales
La guerra dejó a millones de desplazados, huérfanos y personas necesitadas de asistencia. Los soldados que regresaban encontraban dificultades para reintegrarse a la vida civil y conseguir empleo. La escasez de alimentos, vivienda y otros bienes esenciales se extendió por todo el continente, mientras que enfermedades y desnutrición provocaron una marcada disminución de la salud pública.
Problemas psicológicos
El trauma colectivo dejó a la población profundamente marcada: sentimientos de ira, duelo y desilusión se difundieron, acompañados de una pérdida de fe en los valores y las instituciones tradicionales.