Al estallar la Primera Guerra Mundial, gran parte de los soldados europeos sentían entusiasmo, una sensación de aventura y la convicción de que participarían en una empresa heroica. La propaganda y los primeros informes de prensa presentaban el conflicto como una causa justa y gloriosa, alimentando el patriotismo y el orgullo nacional.
Sin embargo, a medida que la guerra se prolongó y la cruda realidad del combate, especialmente la guerra de trincheras, se hizo evidente, esa ilusión inicial se desvaneció. Los soldados comenzaron a experimentar desilusión, agotamiento y una profunda comprensión de la brutalidad y el horror del conflicto.