El Congreso de Viena fue una conferencia internacional celebrada del 1 de septiembre de 1814 al 9 de junio de 1815, cuyo objetivo era definir el nuevo orden europeo tras las guerras napoleónicas. Diplomáticos como Metternich y Talleyrand participaron en este encuentro, que marcó un hito en la historia de las relaciones internacionales. Con la intención de reorganizar Europa después de la Revolución Francesa y los conflictos napoleónicos, el congreso favoreció los intereses de las monarquías autoritarias tradicionales y relegó las aspiraciones nacionales y los principios surgidos de la Revolución. De hecho, la configuración acordada sentó las bases de varios conflictos del siglo XIX e incluso del XX.
Objetivos del Congreso de Viena
En noviembre de 1814 surgió nuevamente la necesidad de reorganizar el continente tras la derrota del Primer Imperio francés (cuya derrota se confirmó en junio de 1815). La iniciativa, impulsada por el príncipe Metternich, entonces canciller de Austria y exembajador en París, reunió a las grandes potencias en Viena para poner fin a los desórdenes heredados de la Revolución Francesa y establecer un equilibrio de poder europeo.
Fueron invitados los representantes del Reino Unido, el Reino de Prusia y el Imperio ruso; Francia asistió representada por Charles‑Maurice de Talleyrand‑Périgord, quien, tras una brillante carrera bajo el Imperio, se alineó con los Borbones. También asistieron estados menores como Suecia, los Estados Pontificios y el Reino de Piamonte‑Sardinia.
Retos y dinámicas de la negociación
Pronto quedó claro que San Petersburgo, Berlín, Viena y Londres liderarían la mayor parte de las negociaciones. Aparecieron dos bloques: Rusia y Prusia, potencias jóvenes y expansionistas, y Austria junto al Reino Unido, defensores de un equilibrio que limitara el poder francés. Esta división permitió a los negociadores franceses salir de una posición inicialmente desfavorable.
El resultado, conocido como el "Orden de Viena", privilegió la visión austro‑británica. Se sacrificaron los principios de la Revolución, como la autodeterminación nacional, en favor de la legitimidad monárquica, la restauración de los príncipes y un equilibrio de poder que favoreciera a las grandes potencias.
Entre bailes, cacerías y conciertos, los delegados trabajaron principalmente en comités. Sólo el 9 de junio de 1815 se reunió la asamblea plenaria para aprobar, en un solo documento, todos los tratados firmados entre los países participantes.
Un nuevo equilibrio europeo
El acta final del 9 de junio de 1815 creó una serie de estados tampón entre Francia y el resto de Europa. Con una Francia reducida aproximadamente a sus fronteras de 1791, se establecieron:
- El Reino de los Países Bajos, que unió las antiguas Provincias Unidas con los Países Bajos austríacos (actual Bélgica).
- Una Confederación Suiza ampliada con los cantones de Ginebra, Basilea, Neuchâtel y Valais, cuya neutralidad quedó garantizada por las grandes potencias.
- El Reino de Piamonte‑Sardinia, que incorporó Niza, Saboya y el territorio de la extinta República de Génova.
Rusia expandió su esfera hacia el Este, conservando Finlandia y Besarabia y creando el Reino de Polonia, autónomo pero bajo el zar. Prusia perdió la mayor parte de sus dominios polacos, quedándose solo con Posnania, pero recibió Pomerania sueca, el norte de Sajonia, Westfalia y extensas zonas del Rin. Austria renunció a Bélgica pero absorbió Lombardía y Véneto (formando el "Reino Lombardo‑Veneciano") y consolidó su presencia en la península itálica y la costa Adriática, recuperando Tirol y Salzburgo de Baviera.
Alemania quedó reorganizada bajo la Confederación Germánica de treinta‑y‑nueve estados; Baviera, Wurtemberg y Sajonia mantuvieron sus dignidades reales, mientras que Hannover se erigió en reino bajo el monarca británico. Las ciudades‑estado de Hamburgo, Bremen, Lübeck y Frankfurt am Main quedaron como ciudades libres.
Italia siguió fragmentada en siete estados (Estados Pontificios, Reino de Nápoles, Ducado de Toscana, Reino de Piamonte‑Sardinia, Ducados de Parma y Módena). España y Portugal recuperaron a sus monarcas legítimos. Suecia mantuvo a Noruega según el Tratado de Kiel; Dinamarca recibió los ducados de Holstein y Lauenburg como compensación. Inglaterra conservó varias colonias francesas y holandesas (Guyana, Trinidad, Tobago, Santa Lucía, Mauricio, Ceilán) y bases navales estratégicas (Helgoland, Malta, Ciudad del Cabo).
Entre los logros menos conocidos del congreso destacan la proclamación de la libre navegación del Rin y el Mosa, la condena del tráfico de esclavos y la adopción de medidas que mejoraron la situación de los judíos.
Consecuencias y legado
Durante los Cien Días (20 de marzo‑8 de julio de 1815), Napoleón intentó revertir el trabajo del congreso, pero su derrota en Waterloo (18 de junio de 1815) selló el éxito del nuevo orden. El equilibrio establecido perduró hasta la Primera Guerra Mundial y el Tratado de Versalles de 1919.
El congreso fue, según algunos historiadores, el último gran evento del siglo XVIII. Las fronteras se trazaron sin considerar los deseos de los pueblos: Polonia se partió entre Rusia, Austria y Prusia; Bélgica quedó bajo el rey de Holanda; los lombardo‑venecianos bajo el emperador austríaco; Italia se dividió entre monarcas reaccionarios; y la Confederación Germánica quedó diseñada para impedir una unión alemana que amenazara a Austria.
A pesar de su aparente estabilidad, el congreso relegó los ideales liberales a la clandestinidad, donde florecieron sociedades secretas como la Carbonería. Sólo quince años después, en 1830, esas ideas reaparecieron con fuerza en los movimientos revolucionarios europeos.
Para profundizar
– El Congreso de Viena: Europa contra Francia, 1812‑1815, Jacques‑Alain de Sédouy. Perrin, 2003.
– El Congreso de Viena, Thierry Lentz. Perrin, 2013.
– Talleyrand en el Congreso de Viena, 1814‑1815, Guglielmo Ferrero. Fallois, 1993.