Historia antigua

Muestra de fe y legitimidad política: Almanzor despide a Compostela

Las guerras, los saqueos y las incursiones militares han sido constantes a lo largo de la historia, pero también son costosas, dolorosas y dejan una alta carga sobre pueblos y gobernantes. Los motivos de la guerra son múltiples: conquista de territorio, obtención de botín material y humano, derrocar o proclamar a un rey, o controlar recursos. Cuando una campaña se corona con victoria, el vencedor muestra su fuerza no solo ante el enemigo derrotado, sino también ante sus propios súbditos, que perciben seguridad bajo el mando de quien los llevó al combate y triunfó. Además, la guerra sirve como distracción frente a problemas internos, canalizando el odio popular hacia un enemigo externo cuando la autoridad interna carece de elementos que sostengan su legitimidad.

Almanzor, que dirigió decenas de campañas entre cristianos y musulmanes durante ocho siglos de confrontación en la península ibérica, no actuó únicamente como militar. Como gran visir del califa Hisham II, su poder se sustentaba en la figura del califa, quien poseía autoridad ejecutiva, militar y religiosa, siendo considerado por los musulmanes como el sustituto terrenal de Mahoma. Almanzor, aunque nunca ostentó oficialmente la autoridad religiosa, tuvo que justificar continuamente su legitimidad ante la comunidad musulmana.

Pocas personalidades andalusíes son tan conocidas como Almanzor, y no por azar. Conocemos el origen de su madre, el nombre de sus esposas y abundan anécdotas en fuentes árabes que retratan su vida pública y privada, convirtiéndolo en un personaje casi legendario. Sus biógrafos sitúan su gobierno como el final del apogeo del poder omeya en al‑Ándalus y el último periodo de dominio militar sobre los territorios cristianos. Ese poder se resume en sus cincuenta campañas exitosas, entre las que destaca el ataque a Santiago de Compostela en 997, cuyo objetivo no solo era el saqueo, sino también demostrar la supremacía del Islam sobre el cristianismo.

La campaña y el saqueo de Compostela – verano de 997

La incursión en Santiago representa la única expedición andalusí en el extremo norte de la península desde la derrota de Covadonga. Almanzor nunca llegó a Asturias, Cantabria ni a la costa vasca; sus límites al norte eran Coimbra, Montemor, León y Zamora. Algunos cronistas resaltan la gran distancia y la dificultad del terreno para llegar a Santiago.

El objetivo no era la conquista territorial, sino asegurar las fronteras y obtener botín rápido que pudiera exhibirse en al‑Ándalus. Los relatos atestiguan la riqueza obtenida y la gran cantidad de cautivos vendidos como esclavos. En el caso de Santiago, el componente religioso fue también importante.

La expedición partió de Córdoba el 3 de julio de 997, liderada por Almanzor y acompañada por sus dos hijos. Tras pasar por Coria y Viseu, el ejército llegó a Oporto y siguió al norte, cruzó el Miño en Tuy y saqueó los monasterios de San Payo y San Cosme y San Damián. Continuaron hacia Iria Flavia, sede episcopal en la época del Imperio bajo los suevos y visigodos, donde fuentes árabes mencionan otro santuario dedicado al apóstol Santiago que atraía peregrinos. Según los textos, los musulmanes contaron con el apoyo de tropas cristianas aliadas al califato.

El 10 de agosto la fuerza andalusí arribó a Santiago, que estaba desierta porque sus habitantes habían huido al conocer la proximidad del ejército. Los andalusíes incendiaron la ciudad y destruyeron la iglesia, pero, según los autores árabes, respetaron el sepulcro del apóstol y dejaron con vida al monje guardián, en cumplimiento de la prohibición islámica de asesinar a clérigos. Después siguieron hacia La Coruña y, al regresar al sur, se despidieron de sus vasallos cristianos en Lamego, entregándoles regalos de ropa.

Muestra de fe y legitimidad política: Almanzor despide a Compostela

Los saqueadores se llevaron las campanas y puertas de la iglesia del apóstol. Las campanas fueron fundidas para convertirse en lámparas de la mezquita de Córdoba y las puertas se usaron en la construcción de sus techos. Más allá de estos objetos simbólicos, no se menciona otro tesoro, lo que indica la escasez material de la región y la ausencia de reparto de botín entre los cristianos.

El apóstol en el imaginario andalusí

Los árabes conocían la península occidental de forma muy general: los habitantes del noroeste se llamaban «gallegos», los del norte «vascones» y los del noreste «francos». Dentro de la designación Yilliqiya, la región Galisiya abarcaba el norte actual de Portugal, la provincia de León y parte de la Galicia actual, con su centro en Lugo o Astorga. La información sobre ciudades y pueblos era imprecisa y a menudo mostraba estereotipos negativos.

El conocimiento del apóstol Santiago era superficial, pero los musulmanes sabían de su importancia para el cristianismo. Llamaban al santuario Sant Yaqub, considerándolo simplemente el espacio que albergaba la tumba del apóstol, objeto de peregrinación. Las descripciones posteriores al saqueo son vagas; el geógrafo al‑Idrisi, en el siglo XII, describe riquezas que corresponden al periodo románico, mucho después del ataque de Almanzor.

El cronista Ibn Idhari (siglo XIII) recoge una tradición que muestra que los musulmanes también respetaban los tumbos de personajes carismáticos para obtener su bendición (baraka).

Crisis, demostración de fe y legitimidad: el jihad

El momento escogido para la campaña coincidió con varios acontecimientos críticos. Por un lado, el rey leónese Bermudo II dejó de pagar tributos a Córdoba y anuló su vasallaje; por otro, en al‑Ándalus se desarrollaban tensiones internas, como la ruptura entre Almanzor y Subh, madre del califa y su supuesta amante. Esta disputa provocó una lucha por el control del poder y una importante transferencia de fondos del tesoro real al palacio de Almanzor, Madinat al‑Zahira.

Para reforzar su autoridad, Almanzor adoptó el título de al‑Mansur («el victorioso»), instauró el ritual del beso a la mano (privilegio del califa) y trasladó la oración del viernes a su propio palacio, disminuyendo la influencia económica del califa. Todo ello buscaba legitimar su poder tanto en el plano político como religioso.

El hijo mayor, Abd al‑Malik, acompañó a su padre en la campaña de Santiago y, según los poemas de la aceifa de 997, se le atribuye un papel protagónico, presentándolo como heredero legítimo del gobierno de Almanzor.

Al mismo tiempo, en el Magreb surgía una rebelión del gobernador Ziri ibn Attiya, que reconocía al califa Hisham. La sublevación fue sofocada en octubre‑noviembre de 997, mostrando que la preocupación de Almanzor no solo estaba en el norte cristiano, sino también en asegurar el dominio sobre el territorio africano.

Muestra de fe y legitimidad política: Almanzor despide a Compostela

En este contexto de crisis interna y externa, el saqueo de Compostela –centro del cristianismo peninsular y lugar donde el rey de León había sido coronado– tenía sentido como demostración de fuerza y como medio para obtener legitimidad religiosa. Con ello, Almanzor consolidó su poder hasta su muerte, cinco años después, y se presentó como el defensor más fervoroso del Islam en al‑Ándalus.

Bibliografía

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  • Carballeira Debasa, A. M. (2007). Galicia y los gallegos en fuentes árabes medievales. Santiago de Compostela: CSIC.
  • Puente, C. de la (1999). “El jihad en el califato omeya de al‑Ándalus y su culminación bajo Hisham II”. En F. Valdés (ed.), Codex Aquilarensis 14, Aguilar de Campoo, 23‑38.
  • Puente, C. de la (2001). “La campaña de Santiago de Compostela (387/997): jihad y legitimación del poder”. Qurtuba 6, 7‑21.

Este artículo se publicó en Desperta Ferro Antigua y Medieval nº 51 como adelanto del número 52: Almanzor.


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