Historia antigua

El discurso de Urbano II que originó las Cruzadas

El discurso de Urbano II que originó las Cruzadas

Entre 1097 y 1293, el mundo medieval estuvo inmerso en casi dos siglos continuos de conflicto entre el cristianismo y el islam. Dos visiones del mundo separadas solo por el Mediterráneo, la península ibérica o el Imperio bizantino, cuya frontera terrestre era difusa. La historiografía ha revisado constantemente este período, ofreciendo múltiples interpretaciones que a menudo ponen en duda la virtud religiosa del enfrentamiento y resaltan motivaciones económicas y políticas. Sin embargo, al conocer la profunda fe cristiana de su principal impulsor, resulta difícil negar que el propósito inicial de las Cruzadas fue, ante todo, religioso.

El término «Cruzadas» es una creación posterior; los propios cruzados se referían a su empresa como expedición al exterior, peregrinación, camino a Jerusalén o carretera de la tumba.

Papa Urbano II

Urbano II nació en la pequeña comuna de Lagery, al norte de París. De origen noble, se le conocía como Eudes de Lagery y estudió dentro de la Orden benedictina. Su primer destino fue Reims, donde sirvió como arcediano. Gracias a su excelente formación y a la recomendación de un profesor, fue enviado al monasterio de Cluny, ya el más importante de Francia.

En ese momento Cluny se había convertido en el centro de estudio del reformismo eclesiástico. La Iglesia atravesaba una profunda crisis moral: la compra de cargos eclesiásticos era habitual y el celibato clerical estaba en entredicho. Desde Cluny surgieron las normas que el Papa Gregorio VII adaptó en la bula papal de 1075, estableciendo la Reforma gregoriana en honor a San Gregorio Magno. A partir de entonces, el papado se erigió como la máxima autoridad religiosa en Europa, sin que ningún rey o noble pudiera interferir.

El discurso de Urbano II que originó las Cruzadas

San Gregorio Magno, Papa entre 590‑604

El trabajo de Eudes fue recompensado. Gregorio VII lo nombró cardenal obispo de Ostia y su principal consejero. Durante su labor como legado papal surgieron sus conflictos con el emperador alemán Enrique IV, quien lo mantuvo prisionero varios meses. Tras la muerte de Gregorio, todo apuntaba a su nombramiento papal, aunque tendría que esperar un poco más. Finalmente, el nuevo Papa Víctor III tuvo un pontificado breve de dos años y, el 12 de marzo de 1088, Eudes fue consagrado como Urbano II.

Al asumir el papado, excomulgó al emperador Enrique IV y al antipapa Clemente III, designado por éste. En 1095 completó la separación de los reyes europeos al excomulgar al rey Felipe I de Francia por su separación con su esposa. Su firme defensa de la independencia de la Iglesia frente a reyes, nobles y emperadores le valió varios encarcelamientos, aunque contó con el apoyo del pueblo romano y, sobre todo, de los reinos normandos del sur de Italia.

El discurso que dio origen a las Cruzadas

El año 1095 marcó el nacimiento del movimiento cruzado. A principios de marzo, Urbano II convocó un concilio en la ciudad de Piacenza, al que asistieron obispos de gran parte de Europa, especialmente franceses, italianos y alemanes. No se conservan registros detallados de los debates, pero la historiografía reconoce la presencia de un emisario del emperador bizantino Alejo I Comneno, quien solicitó ayuda frente a la inminente conquista de Constantinopla por los turcos selyúcidas.

El discurso de Urbano II que originó las Cruzadas

Papa Urbano II

El 27 de noviembre de 1095, tras concluir la reunión conciliar en la catedral de Clermont (Francia), el Papa salió al exterior para pronunciar un discurso que cambiaría la historia. La decisión de hablar al aire libre refleja la gran cantidad de personas que acudieron desde toda Francia; era la primera vez que un pontífice nacido en territorio francés hablaba ante una multitud tan numerosa.

Entre los presentes se encontraban los cronistas Godofredo de Vendôme y Baldirico de Bourguil, aunque ninguno se unió a la cruzada. También estuvo Fulcherio de Chartres, quien sí partió hacia Jerusalén. Destaca Roberto de Reims, conocido como Roberto el Monje, quien transcribió la Gesta Francorum, una de las crónicas más fiables de la Primera Cruzada y la principal fuente de las palabras de Urbano II.

El discurso de Urbano II que originó las Cruzadas

Concilio de Clermont

Algunos fragmentos destacados del discurso son:

«Desde los límites de Jerusalén y la ciudad de Constantinopla llega una horrible historia: una raza persa, maldita, totalmente alejada de Dios, ha invadido las tierras de los cristianos y las ha desolado con espada, saqueo y fuego».

«Cuando desean torturar a la gente, les perforan el ombligo, arrastran los intestinos y los atan a un poste; luego, al azotarlos, la víctima cae prostrada al suelo».

«Que los actos de vuestros antepasados os inspiren; la gloria del rey Carlomagno y de su hijo Luis, que destruyeron los reinos paganos y ampliaron el territorio de la santa Iglesia. Que el sepulcro santo de nuestro Señor, que está en manos de naciones impías, os incite a actuar».

Urbano II evocó la figura de Carlomagno y su hijo Luis I como salvadores del cristianismo frente a los reinos paganos.

«Si el amor a hijos, padres y esposas os detiene, recordad lo que dice el Evangelio: “Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”. Quien abandone su casa, hermanos, esposa o hijos por mi nombre recibirá cien veces más y heredará la vida eterna».

«Entrad por el camino del Santo Sepulcro; arrebatad esa tierra a la raza malvada y sometedla. Esa tierra, que la Escritura describe como «fluir con leche y miel», fue dada por Dios a los hijos de Israel. Jerusalén es el ombligo del mundo; la tierra es más fértil que cualquier otra, como otro paraíso de delicias».

«Esta ciudad real, situada en el centro del mundo, está ahora cautiva de enemigos que no conocen a Dios y adoran a los paganos. Busca ser liberada y clama vuestra ayuda, sobre todo la de vosotros, pues Dios os ha otorgado una gran gloria en armas. Por tanto, emprended este camino para la remisión de vuestros pecados y la gloria imperecedera del Reino de los Cielos».

El discurso de Urbano II que originó las Cruzadas

Representación del discurso de Urbano II por Francesco Hayez (siglo XIX)

Según la crónica, el público respondió con un solo grito:

¡Es la voluntad de Dios! ¡Es la voluntad de Dios!

Y el Papa replicó:

Queridos hermanos, hoy se cumple lo que el Evangelio dice: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo». Si el Señor no estuviera presente en vuestros corazones, no habríais pronunciado ese clamor. Que ese sea vuestro grito de batalla, pues Dios os lo ha dado. Cuando atacad al enemigo, alzad la voz: ¡Es la voluntad de Dios! ¡Es la voluntad de Dios!.

Urbano II dejó claro que no se exigía la participación de los débiles, ni de mujeres sin la autorización de sus maridos o tutores, y que los ricos debían ayudar a los necesitados, enviando soldados experimentados según sus recursos. El clero solo podía acompañar con el permiso de su obispo.

Finalmente, ofreció la promesa de salvación eterna:

Quien emprenda esta santa peregrinación y haga su voto a Dios, llevando la cruz del Señor sobre su pecho, recibirá la señal de la cruz en su frente o pecho. Al regresar, llevará la cruz sobre su espalda entre los hombros, cumpliendo así el precepto del Evangelio: «El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí».

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Los cruzados

El movimiento cruzado acababa de nacer; los hombres recorrieron todo el territorio cristiano en busca de un ejército que, portando la cruz en el pecho, conquistó Jerusalén el 15 de julio de 1099, casi cuatro años después de la convocatoria.

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Trabajo de tesis doctoral, Bernardo de Claraval y la guerra santa, Aurelio Alfonso Pastori Ramos.

La Edad Media V‑XII siglos, Julián Donado Vara, Ed. Areces, 2009.

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