Una guerra inolvidable
En esta sección de mi obra, siguiendo la tradición de muchos autores que introducen sus estudios con un prefacio, anuncio que narraré la guerra más memorable de la antigüedad: el conflicto que los cartagineses, bajo el liderazgo de Aníbal, desataron contra el pueblo romano.
Rivalidad sin precedentes
Jamás dos ciudades, dos naciones tan formidables, habían medido sus fuerzas como lo hicieron Roma y Cartago. Ambas contaban con un enorme poderío militar y, tras la experiencia adquirida en la Primera Guerra Púnica, se enfrentaron con pleno conocimiento del arte de la guerra.
El odio como motor del conflicto
El azar del destino hizo que el vencedor estuviera siempre al borde de la derrota. Más que una lucha de fuerza, fue una contienda alimentada por el odio: los romanos se sentían ultrajados al ver a los vencidos provocarlos, mientras los cartagineses percibían la victoria como una respuesta a la tiranía y la avaricia que habían sufrido.
Los orígenes de la enemistad
Según la tradición, Aníbal, con apenas nueve años, imploró a su padre Amílcar que lo llevara a España. Tras una exitosa campaña en África, Amílcar, a punto de iniciar una nueva expedición, ofreció un sacrificio a los dioses. Llevó a su hijo al altar y, con la mano extendida sobre el altar, le hizo jurar que, tan pronto como fuera posible, se convertiría en enemigo de Roma.
Desesperación tras la pérdida de territorios
El coraje de Aníbal no fue suficiente para consolar la pérdida de Sicilia y Cerdeña. La desesperación provocó que la primera provincia cayera rápidamente, y la segunda, en medio de los problemas en África, fue arrebatada por la perfidia romana, que impuso un nuevo tributo.