El monte Suribachi, una colina volcánica de 170 m de altura que se eleva abruptamente hacia el mar, no era esencial para la defensa de Iwo Jima, pero su imponente silueta se convirtió en el símbolo del dominio de la isla. Quien lo controlaba mostraba su supremacía sobre el territorio.
Defensas japonesas
El general japonés Kuribayashi anticipó que la posición quedaría aislada rápidamente y asignó sólo 1 860 hombres para defender el monte. Sin embargo, bajo sus órdenes se construyeron cientos de búnkeres de hormigón, refugios camuflados y cañones, además de una compleja red de túneles y cuevas en sus laderas.
El asalto de los marines
Los Marines estadounidenses tuvieron que tomar cada punto de forma individual, empleando morteros, tanques, cohetes, lanzallamas y explosivos. En las cuevas se combatió cuerpo a cuerpo, a veces con cuchillos, y algunos defensores, agotados de munición, lanzaban piedras por la ladera.
El 23 de febrero los marines se acercaron a la cima. Un grupo de 40 soldados bajo el mando del teniente Harold Schrier izó la primera bandera estadounidense a las 10:20 a.m. y, al mediodía, se alzó una segunda y más grande. El fotógrafo de la Associated Press Joe Rosenthal capturó la escena, que se convertiría en una de las imágenes más célebres de la Segunda Guerra Mundial.
Operaciones en el centro de la isla
Aquel mismo día la 3.ª División de Marines avanzó por el centro del frente, flanqueada por la 4.ª a la derecha y la 5.ª a la izquierda, bajo el mando del general Schmidt. Solo quedaban pocos metros de terreno por conquistar, pero cada uno tendría un alto precio.
Kuribayashi había transformado la zona del plateau en una fortaleza: disponía de cohetes, artillería y morteros, incluido un cañón de 320 mm que disparaba proyectiles de 350 kg; múltiples búnkeres y refugios subterráneos, uno de los cuales podía albergar a 2 000 hombres y contaba con 12 salidas.
La naturaleza del combate en el Pacífico
Los marines estaban entrenados para este tipo de guerra estática, distinta a la de Europa o el Norte de África. No había espacio para maniobras extensas; la única opción era un asalto frontal apoyado por fuego naval, bombardeos de destructores y acorazados, morteros, bombarderos en picado y tanques.
Batalla por la zona aérea Nº 2
En la zona aérea Nº 2, en el corazón de la isla, los japoneses habían erigido cientos de redutos de hormigón. El 24 de febrero el 21.º Regimiento de Marines atacó con bayonetas y granadas, a pesar de la imposibilidad de usar tanques en el terreno. Los defensores respondieron con contraataques masivos, saliendo de sus trincheras con bayonetas afiladas.
Después de una dura noche, los marines tomaron la zona aérea y se dirigieron hacia la aldea de Moto‑yama, donde se libró otro sangriento enfrentamiento contra la posición conocida como “el 382”. El humor negro de los soldados llevó a bautizarla como “el chopper”.
Avances y estancamiento
Durante los siguientes días, los intentos de capturar el punto más alto del frente japonés fueron rechazados una y otra vez por la fuerte resistencia. La falta de espacio para desplegar tanques y artillería dificultó la tarea, obligando a los marines a limpiar la zona pie a pie.
Tras diez días, el apoyo de fuego de la 3.ª División se incrementó y se encontró un punto débil en la línea enemiga. Al anochecer, la aldea de Moto‑yama quedó reducida a escombros y los marines se prepararon para tomar la zona aérea Nº 3. Sin embargo, el segundo frente fortificado de Kuribayashi les obligó a detenerse; colinas como la 382 y la 362 siguieron bajo fuego intenso.
El desgaste de los marines
El conflicto se prolongó mucho más de los ocho días que el general Schmidt había estimado. Los marines llegaron al agotamiento; algunas unidades estaban al 30 % de su efectividad. El 5 de marzo, tras una breve pausa, observaron un B‑29 que regresaba de una misión sobre Tokio y lograba aterrizar en el aeródromo Nº 1, señal de que su sacrificio no había sido en vano.
Situación japonesa
Para los japoneses la situación era crítica. Kuribayashi había perdido la mayor parte de sus tanques y cañones; más de dos tercios de sus oficiales estaban muertos. Los soldados recurrieron a medidas desesperadas, como atarse explosivos al cuerpo y lanzarse bajo los tanques estadounidenses.
Los contraataques continuaron, pero de forma desorganizada, siguiendo la tradición samurái pero exponiéndose al abrumador poder de fuego americano.
Los últimos días
La noche del 8‑9 de marzo la 4.ª División repeló un asalto naval, infligiendo más de 800 bajas al enemigo. El 9 de marzo una patrulla de la 3.ª División alcanzó la costa noreste, dejando la línea japonesa partida en dos, aunque no hubo rendición oficial. Los “cargamentos banzai” aumentaron, pero la situación japonesa siguió deteriorándose.
Informes japoneses de mediados de marzo describen bombardeos estadounidenses “tan violentos que no se pueden describir”, fuerzas supervivientes reducidas a menos de 1 500 hombres en el norte y, finalmente, menos de 900.
Conclusión
El Monte Suribachi quedó como el emblema de la victoria estadounidense en Iwo Jima, pero a un costo humano inmenso. La icónica foto de Rosenthal sigue recordándonos el sacrificio y la determinación de quienes lucharon en esa batalla.