
Para restaurar el prestigio de la monarquía y abastecer al campo flamenco, Felipe IV el Hermoso aceptó en 1314 una serie de reformas fiscales, financieras y monetarias ideadas por el canciller Marigny. Sin embargo, el 24 de noviembre, mientras cazaba en el bosque de Pont‑Sainte‑Maxence, el rey sufrió una extraña parálisis que le impidió hablar. Tras ser trasladado a Poissy, fue llevado a Fontainebleau, donde, según sus propias palabras, intentó poner fin a su vida.
El 29 de noviembre, su hijo y heredero Luis, futuro Luis X el Huraño, presenció los últimos momentos del monarca. En ese instante, el rey le dirigió sus últimas indicaciones sobre el gobierno:
«Pesa, Luis, lo que significa ser rey de Francia».
Así concluyó uno de los reinados más importantes de la historia de Francia, marcando un auténtico punto de inflexión: la ruptura entre lo espiritual y lo temporal y el nacimiento de una política nacional. Felipe IV el Hermoso se consolidó como uno de los arquitectos de una monarquía francesa poderosa, independiente y centralizada.