Llegada y compra de entradas
Tras caminar aproximadamente una hora, llegamos al monasterio budista de Borobudur. El guía, el señor Anto, intentó conseguirnos boletos con descuento, pero sin éxito. Cada entrada cuesta 3 lakhs de rupias indonesias (alrededor de 1.500 rupias indias). Anto nos entregó dos paraguas y nos avisó que el té del templo es gratuito para los extranjeros.
Ascenso a la montaña de piedra
Con los paraguas bajo el brazo, nos dirigimos al mostrador de té y, poco después, al inicio del ascenso. A mitad de camino, entre los árboles, surgió la imponente silueta de la estructura: una enorme montaña de piedra que supera a cualquier fortaleza o templo que hubiéramos visto en la India.
El ascenso resultó exigente para todos, especialmente para mi padre, de ochenta años, y para Deepa, una niña de un año y medio que aún no camina. Después de varios descansos, logramos llegar cerca del nivel superior del stupa.
Los tres niveles de Borobudur
El monumento está construido como una gran estupa circular rodeada por tres niveles simbólicos de la cosmología budista:
- Kāmadhātu: el mundo del deseo.
- Rūpadhātu: el mundo de las formas.
- Arūpadhātu: el mundo sin forma.
Al recorrer estos niveles, el visitante se eleva hacia la iluminación, alcanzando la cúspide que representa el estado de Nirvana. A pesar de una reciente infección de chikungunya que me dolía las piernas, logré cruzar cada nivel y llegar al nivel de Nirvana, donde el panorama era espectacular: campos de arroz ondulantes, una brisa fresca y una luz solar tenue que parecía casi sobrenatural.
Descenso y reflexión filosófica
El regreso siguió el mismo orden inverso: Nirvana → Rūpadhātu → Arūpadhātu. Mientras descendía, reflexioné sobre la visión hindú del Jiva como entidad eterna que transita entre planos superiores e inferiores, destruyendo deseos mediante la devoción y el servicio.
Encuentro con niños indonesios
En el camino nos rodeó un grupo de niñas indonesias que querían tomarse una foto con Deepa. La maestra, tras asegurarse del permiso de los padres, se unió al retrato. A pesar de la barrera idiomática, la escena transmitió un lenguaje universal de amor y curiosidad infantil.
El mercado y la pausa de coco
Continuamos hacia un mercado similar al de los tibetanos y nepalíes en la India, donde se vendían artesanías, ropa y collares de cuentas. Exhaustos, nos detuvimos en un puesto de agua de coco; negociamos el precio y disfrutamos del refresco antes de retomar el regreso.