Introducción
Por Carlos Machado, Universidad de St Andrews (Escocia)
Durante siglos la monumentalidad de Roma ha fascinado a visitantes, estudiosos y al público en general. Las reconstrucciones cinematográficas refuerzan la idea de que la capital del Imperio romano era una ciudad diseñada para la élite, mientras que la población corriente quedaba relegada a espectadora. Esta visión ha dominado también la historiografía: los trabajadores, los pobres y los marginados aparecen, cuando lo hacen, como simples datos auxiliares o como síntomas de las contradicciones imperiales.
Nuevas perspectivas arqueológicas
En los últimos años se están desarrollando enfoques que ponen el foco en los grupos subalternos, gracias a excavaciones más refinadas en distintos puntos del imperio. Un ejemplo clave es el complejo construido por Córneo Balbo en el Campo de Marte sur, datado en el 13 a.C. La estratigrafía de este sitio permite seguir su evolución desde el esplendor augusteo hasta su transformación en zona productiva en los últimos siglos de la Antigüedad, incluyendo la aparición de un edificio de viviendas adyacente. Así, lo cotidiano y lo subalterno acompañan a lo monumental.
La Cripta de Balbi
La Cripta de Balbi (teatro y criptóporte adjunto) muestra que, para comprender Roma como producto de su historia concreta, es necesario ir más allá de los grandes proyectos constructivos y analizar los usos que se dieron a los espacios. La arqueología tradicional, impulsada en la época fascista, se centró en la grandeza y dejó de lado la estratigrafía. Sólo en las campañas de ampliación de la zona excavada, en los años 2000, se empezó a vislumbrar la superposición de usos y la participación de grupos no elitistas en la configuración urbana.
Del Valle entre murallas al puerto fluvial
El amplio valle entre las murallas republicanas y el Tíber tuvo usos muy diversos a lo largo de la Antigüedad. En el sur, cerca del Capitolio, se instalaron el Circo Flaminio, el Templo de Bellona y la Saepta, lugares de ceremonias cívicas y religiosas. Más al norte, entre la Vía Flaminia y el río, predominaban tumbas monumentales, villas suburbanas y bosques, lo que explica la elección de Augusto para erigir su mausoleo y un reloj solar.
Sin embargo, los Anales de Tácito (3.9) relatan otro panorama: cuando Piso volvió a Roma para su juicio, ancló su barco en la zona de las Ciconiae, cerca del Mausoleo de Augusto, provocando gran confusión. Allí existía un puerto fluvial importante donde se descargaban mercancías del norte de Italia, lo que generaba una concentración de marineros, obreros y comerciantes, y no un parque exclusivamente monumental.
Uso popular durante el Imperio
El Campo de Marte es famoso por la gran cantidad de insulae (edificios de apartamentos), pórticos y tabernae construidos en los primeros siglos del Imperio. La inversión monumental de los emperadores no excluía las formas de uso más populares; ambas coexistían.
Una inscripción del siglo III d.C. (CIL VI, 1585a‑b) ilustra esta interacción. El liberto imperial Adriasto solicitó permiso para edificar una vivienda cerca de la Columna de Marco Aurelio, usando materiales de los “tugurios” del área, término que alude a viviendas humildes. La respuesta imperial no solo concedió el permiso, sino que indicó que podía reutilizar ladrillos o tejas de esas construcciones precarias, evidenciando la presencia de grupos que no podían pagar un apartamento en una insula.
Continuidad en la Antigüedad tardía
El uso intensivo del Campo de Marte se mantuvo hasta la Antigüedad tardía. En 397 d.C., los emperadores Arcadio y Honorio emitieron una ley (Código Teodosiano, 14.14.1) que prohibía construir “casa o tugurio” en la zona, bajo pena de confiscación y expulsión. Curiosamente, pocos años antes el Senado había erigido arcos triunfales para las dinastías Valentiniana y Teodosiana, y los emperadores entraban a Roma por ese mismo tramo tras visitar San Pedro.
Lejos de ser señal de decadencia, la ocupación popular del Campo de Marte demuestra la vitalidad continua de la capital y cómo grupos alejados de la élite podían participar decisivamente en la producción del espacio urbano.