Historia antigua

Antecedentes de la guerra ruso‑japonesa (1904‑1905) desde una visión global

En un artículo anterior abordé la Guerra ruso‑japonesa desde la perspectiva japonesa; ahora me centraré en la posición rusa y en el contexto europeo.

Es importante tener en cuenta que, al describir los acontecimientos, los tiempos pueden superponerse, pues involucran a varias naciones como Rusia y los países de Europa.

¿Qué ocurrió en el año del incidente de Otsu (1891)?

Durante el reinado del futuro zar Nicolás II, el entonces príncipe heredero fue víctima del incidente de Otsu. Ese mismo año Gran Bretaña obtuvo del Imperio Qing permisos para construir el ferrocarril oriental (más tarde llamado Ferrocarril del Sur de Manchuria), buscando concesiones en el Lejano Oriente.

Los detalles del incidente de Otsu se tratan en otro artículo.

Como explicaré más adelante, Rusia se sentía frustrada por los constantes acuerdos que Gran Bretaña había firmado en Irán y Asia Central, lo que deterioró las relaciones entre ambas potencias.

Ante la posibilidad de que Gran Bretaña participara en la construcción del ferrocarril Tosei cerca de la frontera, Rusia decidió acelerar la construcción del Ferrocarril Transiberiano, un proyecto que se gestaba desde la década de 1850.

Además de la rivalidad con el Reino Unido, existían motivos internos que impulsaron la obra:

  • 1870‑: Entrada masiva de granos estadounidenses, lo que provocó la caída de los precios del trigo ruso.
  • 1891‑92: Mala cosecha y disminución de la fertilidad de los campesinos, con la muerte de entre 400 000 y 500 000 personas por hambruna.

Estas dificultades internas hacían imposible seguir afrontando los problemas externos sin una profunda transformación económica.

El Ferrocarril Transiberiano no solo representaba una obra pública que revitalizaría la economía, sino que también fortalecería la potencia industrial rusa.

En esa época Rusia había firmado la alianza franco‑rusa. Francia, a través de esa alianza, invirtió activamente en los proyectos ferroviarios rusos, lo que facilitó la puesta en marcha del ferrocarril.

¿Por qué Rusia se acercó a Francia?

Tras la Guerra de Crimea, el sistema del Congreso de Viena quedó debilitado. Austria perdió protagonismo y Prusia emergió como potencia dominante dentro de la Confederación Germánica.

La victoria prusiana sobre Francia en 1870 (Guerra franco‑prusiana) cambió radicalmente la situación: Francia quedó humillada y pasó de monarquía a república.

Prusia, temerosa de un revanchismo francés, buscó alianzas con Rusia y Austria‑Hungría. Sin embargo, los problemas balcánicos impidieron una alianza estable con Austria‑Hungría.

Así nació la Doble Alianza entre Alemania y Austria‑Hungría, que incluía una cláusula de neutralidad frente a terceros.

Más tarde, Alemania estableció la Triple Alianza (con Italia) y, para equilibrar la situación, firmó el Tratado de Reaseguro con Rusia en 1887, obra del canciller Otto von Bismarck.

Tras la caída de Bismarck, Alemania decidió no renovar el tratado, alegando incompatibilidad con la Triple Alianza.

Esta decisión abrió una oportunidad para Francia, que reforzó la alianza franco‑rusa a partir de 1891.

Aunque la industria francesa estaba rezagada, la burguesía había acumulado capital gracias a la Revolución Industrial, y gran parte de esos fondos se canalizó a través de bancos hacia la construcción del Ferrocarril Transiberiano.

La pugna hegemónica entre Rusia y Gran Bretaña (Asia Central‑Irán)

Rusia y Gran Bretaña competían por la influencia en Asia Central y el norte de Irán, una lucha que se conoció como el Gran Juego.

Política expansionista rusa

Desde la época de Catalina II (1762‑1796) y continuando bajo Alejandro II (1855‑1881), Rusia extendió su dominio hacia Asia Central y el Oriente Próximo.

En la primera mitad del siglo XIX, Rusia libró dos guerras contra Irán (1804‑1820 y 1826‑1828), con el objetivo de acceder a Asia Central y al Océano Índico.

La estrategia británica

El consumo de té en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII provocó un déficit comercial con la dinastía Qing. Para compensarlo, el Imperio británico exportó opio cultivado en la India, lo que desencadenó la Primera Guerra del Opio (1840‑1842) y un creciente interés británico en China.

Al mismo tiempo, la Revolución Industrial favoreció el comercio triangular de textiles y algodón con la India, y el control colonial de Egipto y del Canal de Suez (adquirido en 1875) proporcionó una ruta más corta hacia la India.

Irán y Afganistán, situados entre la India británica y la expansión rusa, se convirtieron en la zona de choque de ambos imperios. Para crear un amortiguador, Gran Bretaña libró dos guerras afganas (1839‑1842 y 1878‑1880), estableciendo un protectorado sobre Afganistán.

La alianza anglo‑japonesa (1902)

Gran Bretaña, tradicionalmente aislada de los pactos continentales (“Isolacionismo espléndido”), buscaba aliados en Asia para contrarrestar la influencia rusa y alemana.

Tras la derrota de España en 1898 y los conflictos en Sudáfrica (Guerras de los Boers), el Reino Unido necesitaba reforzar su posición en el Pacífico.

Japón, tras su victoria en la Primera Guerra Sino‑japonesa (1894‑1895), había obtenido el control de la península de Liaodong, pero la Triple Intervención de Rusia, Francia y Alemania obligó a devolverla a China.

Rusia, bajo la excusa de la Triple Intervención, obtuvo el permiso para construir el Ferrocarril del Sur de Manchuria, asegurándose un puerto sin hielo en el Pacífico.

Francia buscaba consolidar la alianza con Rusia, mientras que Alemania, aunque llegaba tarde al colonialismo, también miraba al Lejano Oriente.

Ante estos intereses cruzados, Gran Bretaña firmó la Alianza anglo‑japonesa en 1902, alineándose con Japón contra la expansión rusa.

Derrota rusa en la guerra (1904‑1905) y su impacto interno

La alianza anglo‑japonesa dejó clara la división de potencias en Manchuria. En febrero de 1904, Japón lanzó un ataque sorpresa contra la flota rusa en Port Arthur, iniciando la guerra.

Rusia contaba con el apoyo de Francia y, en cierta medida, de Alemania, pero la mayor parte de sus recursos llegaban por el Ferrocarril Transiberiano, lo que retrasó la movilización.

Situación interna en Rusia

Tras la reforma de emancipación, la población trabajadora enfrentaba salarios bajos y jornadas extensas, lo que alimentó un creciente movimiento obrero.

El marxismo, introducido en la década de 1870, se había extendido entre los intelectuales y obreros, preparando el terreno para la revolución.

Respuesta del gobierno a las huelgas

En 1905, una huelga masiva de los trabajadores petroleros de Bakú (actual Azerbaiyán) culminó en la petición de una audiencia con el zar. El 9 de enero, más de 100 000 manifestantes, liderados por el sacerdote Georgy Gapon, se dirigieron al Palacio de Invierno; el zar no apareció y la multitud fue disparada por la guardia, en lo que se conoce como Domingo Sangriento.

El suceso desencadenó huelgas en todo el país y el surgimiento de los Soviets (consejos obreros), que exigían reformas políticas y el fin del régimen autocrático.

Ante la crisis, el gobierno de Nicolás II intentó negociar, convocando a la Duma y proponiendo algunas reformas, pero la situación ya estaba fuera de control.

Derrota de la Flota del Báltico

En mayo de 1905, la Flota del Báltico, enviada desde el mar Báltico hacia el Pacífico, fue aniquilada por la Marina japonesa en la Batalla de Tsushima, lo que supuso un golpe devastador para la autoridad del zar.

El fracaso militar, sumado a revueltas en Polonia y al motín del acorazado Potemkin en el Mar Negro, sumió a Rusia en una profunda crisis que culminó con la firma del Tratado de Portsmouth.

Consecuencias posteriores a la guerra

Tras la derrota, Rusia abandonó sus ambiciones en el Lejano Oriente y buscó normalizar sus relaciones con Gran Bretaña mediante la conferencia anglo‑rusa de 1907, que definió esferas de influencia en Persia, Afganistán y Turkmenistán.

Al mismo tiempo, la alianza franco‑rusa y el Entente Cordial entre Francia y Gran Bretaña dieron origen a la Triple Entente, que se consolidó como contrapeso a la Triple Alianza germano‑austriaca‑italiana.

Esta reconfiguración de alianzas sentó las bases del conflicto mundial que estallaría en 1914.