Tras la conquista normanda de 1066, la relación entre los anglosajones y los recién llegados se tornó tensa y conflictiva. Diversos factores alimentaron el resentimiento inglés, que se mantuvo durante varias generaciones.
Diferencias culturales
Los normandos hablaban francés y traían costumbres y leyes distintas a las del pueblo anglosajón. La barrera lingüística y los choques de tradiciones provocaron malentendidos y una sensación de invasión cultural.
Dominio político
El nuevo régimen tomó el control del gobierno, la Iglesia y la mayor parte de las tierras. Muchos nobles y terratenientes ingleses se vieron despojados de sus privilegios, lo que generó resentimiento y sensación de pérdida de soberanía.
Explotación económica
Los normandos impusieron tributos más altos y confiscaron propiedades. Estas políticas provocaron pobreza y descontento entre la población, que percibía una carga fiscal injusta.
Desigualdad social
Se consolidó un rígido sistema feudal en el que los normandos ocupaban la cúspide de la jerarquía, mientras que la mayoría de los ingleses quedaban reducidos a siervos o campesinos con escasos derechos y oportunidades.
Violencia y represión
La conquista estuvo marcada por actos de brutalidad y represión. Cualquier forma de resistencia fue sofocada con mano dura, generando miedo y odio entre la población inglesa.
En conjunto, el odio inglés hacia los normandos surgió de una combinación de diferencias culturales, imposición política, explotación económica, desigualdad social y violencia. Solo con el paso de generaciones y la asimilación de ambas tradiciones se logró una relativa unidad en la sociedad inglesa.