El Imperio Bizantino, heredero del Imperio Romano de Oriente, perduró más de mil años (del siglo IV al XV). Su colapso fue el resultado de una combinación de problemas internos y presiones externas.
1. Declive interno
Debilidad económica
Con el tiempo, la economía bizantina se vio afectada por una tributación excesiva, la corrupción y la pérdida de rutas comerciales clave. Estas dificultades redujeron la capacidad de financiar el ejército y mantener defensas eficaces.
Inestabilidad política
El imperio sufrió frecuentes cambios de monarca, guerras civiles y luchas de poder dentro de la corte imperial. Estas divisiones internas debilitaron la autoridad central y dejaron al Estado vulnerable frente a amenazas externas.
2. Pérdida de territorios
Expansión del Islam
Desde el siglo VII, los califatos islámicos conquistaron vastas regiones que antes pertenecían a Bizancio, como Egipto, Siria y el norte de África, mermando sus recursos y su influencia.
Avance otomano
A partir del siglo XIV, los turcos otomanos se convirtieron en una potencia dominante en los Balcanes. Su expansión constante erosionó los territorios bizantinos en Anatolia y los Balcanes, acercándose cada vez más a la capital.
3. Caída de Constantinopla
El asedio de 1453
El golpe definitivo llegó en 1453, cuando el sultán Mehmed II lideró la conquista otomana de Constantinopla. Después de un asedio de dos meses, los otomanos lograron romper las murallas y tomar la ciudad.
Captura y saqueo
La capital fue saqueada y el último emperador bizantino, Constantino XI Palaiologos, cayó en combate. Con la pérdida de su capital, el Imperio Bizantino dejó de existir, y sus últimos dominios fueron incorporados al Imperio Otomano.