Se han dicho barbaridades sobre la prostitución y abundan los tópicos que la rodean. El más frecuente es considerarla la "profesión más antigua del mundo", como si eso le otorgara algún prestigio y justificara a quienes pagan por el servicio. La realidad, sin embargo, es mucho más turbia: la mayoría de las mujeres que ejercían la prostitución lo hacían en condiciones muy difíciles, a menudo forzadas por la falta de opciones o explotadas en beneficio de terceros, arriesgando su salud física y emocional y rodeándose de un entorno oscuro, sórdido y frecuentemente violento. A pesar de conocer esta situación, la hipocresía social siempre ha permitido la práctica mientras la condena como inmoral. Este artículo se centra en el periodo que se conoce como la Edad de Oro española.
Prostitución en la Edad de Oro
Durante este siglo de esplendor literario y lingüístico proliferó un amplio abanico de vocablos para designar a las mujeres que ofrecían servicios sexuales. Desde la Edad Media persistían términos como ramera (posiblemente derivado de las chozas de ramas donde trabajaban) o cortesana, asociado al refinamiento. En la época cervantina la jerga era particularmente ingeniosa: se hablaba de la taxa (por la parte que debía pagar al chulo), traza, abadejo, tomajona, gusarapa, iza (cuando era atractiva) o rabiza (si presentaba defectos físicos). También se describía la calidad del servicio con expresiones como tronga, piltraca, pobreta (baja categoría) o brand (alta categoría), y se distinguía entre chica de escobilla, apretada, pot o cobertera según la especialidad o la edad.
En las grandes urbes de la España del Siglo de Oro miles de mujeres ejercían la prostitución, generalmente por períodos breves, en mancebías, burdeles o en la calle. Se calcula que, en 1600, Sevilla contaba con unos 3 000 puntos de venta en plazas y esquinas. Mientras tanto, la moral cristiana condenaba el acto como pecado, relegando a la mujer a un rol sumiso y discreto dentro del hogar; a los hombres, sin embargo, se les excusaba la compra de favores sexuales bajo la premisa de evitar el adulterio o la homosexualidad. Esta doble moral dificultó cualquier intento de regulación eficaz.
Intentos de regulación
Los poderes locales y la Corona intentaron controlar la prostitución mediante decretos y ordenanzas, aunque con escasos resultados. Los motivos eran varios: proteger a las familias de la seducción de sus mujeres, prevenir disturbios y violencia asociados a los burdeles, y contener la propagación de enfermedades venéreas, sobre todo la sífilis, conocida como la "enfermedad francesa" que azotó los siglos XVI y XVII.
Algunas ordenanzas obligaban a las prostitutas a cubrirse la cabeza con una capa que dejaba al descubierto solo un ojo, una práctica que más tarde se asoció a las busconas. Otras regulaciones buscaban limitar la prostitución a locales autorizados y establecer controles médicos periódicos. Sin embargo, la mayor parte de los conflictos surgía de los celos de los maridos, que descubrían a sus esposas en situaciones comprometedoras y exigían indemnizaciones que a menudo terminaban en pagos sustanciales.
Regulación mediante instituciones
En 1498 se dictó un Real Decreto que prohibía la prostitución fuera de los burdeles públicos, conocidos como mancebías. Estos establecimientos estaban bajo la supervisión de un responsable, curiosamente llamado "padre", y se les exigía llevar a cabo revisiones médicas para evitar brotes de enfermedades. Paralelamente, la Iglesia fundó casas de arrepentimiento, donde antiguas prostitutas podían refugiarse bajo la tutela de monjas, dedicándose a la vida ascética y sin posibilidad de salir, salvo para casarse o ingresar a un convento.
Otro proyecto mucho más severo fue la llamada galera de mujeres, una institución que pretendía castigar y reformar a prostitutas, proxenetas y otras mujeres delictivas mediante trabajos forzados y severas penitencias. Ideada por la monja Magdalena de San Jerónimo en 1608 y aprobada por Felipe III, la galera combinaba el encierro con trabajos domésticos y una dieta mínima comparable a la de los galeras masculinos. Las internas eran desnudadas, les afeitaban la cabeza y recibían azotes y cadenas como método de corrección. La medida persistió hasta mediados del siglo XIX, pero fracasó como mecanismo de control y terminó convirtiéndose en una mera prisión femenina.