Durante siglos la justicia ha sido un espectáculo: cuartelamientos, hogueras, crucifixiones… Castigos terroríficos con una clara intención disuasoria.

La rueda, instrumento de tortura usado desde la Antigüedad hasta finales del siglo XVIII, adoptó distintas formas. En la época clásica los condenados eran atados a los radios de la rueda para ser torturados o para que girara hasta la muerte.
Este artículo se basa en la edición especial n.º 194 de Sciences et Avenir “Crimes et Châtiments” (julio‑agosto 2018).
El derecho no escrito y las Doce Tablas
En la Roma primitiva el castigo dependía del derecho consuetudinario. Como explica Yann Rivière, director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, «las ejecuciones por ahorcamiento o decapitación con hacha eran raras; cualquier robo o daño a la propiedad se castigaba con la muerte fría del testigo que lo presenciara». Con la promulgación de las Doce Tablas (siglo V a.C.) se establecieron penas uniformes: destrucción de una casa o de una pila de trigo merecía ataduras, latigazos y muerte por fuego, siempre que el delito fuera cometido a sabiendas. Además, se codificó la ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente”.
La tortura como herramienta de control en la Roma imperial
Con el Imperio (31 a.C.) y la institucionalización de la esclavitud, los romanos reservaron penas especiales para los esclavos. Las sentencias públicas buscaban la disuasión: «crucificamos a los bandoleros en las encrucijadas más transitadas», afirma Rivière. Para los esclavos, el castigo tenía un objetivo correctivo; el sufrimiento debía modificar su conducta. Los robos o asesinatos se castigaban sin vacilación, y también se responsabilizaba a los sirvientes que no impedían el delito. La confesión prevalecía sobre la prueba, por lo que se recurría a la tortura para arrancar testimonios. Plauto (254‑184 a.C.) enumera los instrumentos: varas de caña, horcas, cuchillas ardientes, cruces, anillos dobles, hierros, cadenas, mazmorras, collares, grilletes… tormentos inimaginables para un hombre libre.
Las mujeres, al ser condenadas por adulterio o incluso por haber bebido vino, sufrían castigos a puerta cerrada, dentro del ámbito de la domus. El encierro y la privación de alimentos se consideraban menos crueles que la ejecución pública.
El parricidio, considerado por el cónsul Cicerón como «un delito que engloba todos los crímenes», recibió penas particularmente brutales: se encerraba al culpable en un saco de cuero (culleus) con víboras, un mono y un perro, y se arrojaba al Tíber. En el siglo I d.C. Claudio revivió esta práctica por su curiosidad por los castigos antiguos.
La cruz, inicialmente reservada a esclavos, se convirtió en uno de los símbolos más temidos de la tortura romana. Durante la revuelta de Espartaco (I siglo a.C.) se dice que 6 000 esclavos fueron crucificados a lo largo de la Vía Apia. Los romanos perfeccionaron el método añadiendo la barra transversal (patibulum) y clavos que, aunque sangrientos, acortaban la agonía. La crucifixión formaba parte de la Summa supplicia, la lista de penas capitales que incluía la hoguera, el envío a las bestias y el cuellus (martirio lento). El emperador Constantino (272‑337) abolió el uso de la cruz, pero introdujo otras atrocidades, como la inserción de plomo fundido en la boca de los niños secuestrados.
El fin del Imperio y la influencia germánica
Con la caída del Imperio, los pueblos germánicos introdujeron sistemas de compensación para evitar la venganza. Según Valérie Toureille, profesora en la Universidad de Cergy‑Pontoise, los códigos bárbaros favorecían una escala de pagos (“cien centavos por una nariz rota”) en lugar de la retaliación.
Amputaciones y otras penas en la era carolingia
Durante los siglos VIII‑X, los carolingios buscaron uniformizar la justicia pública en todo el Imperio. Las capitulaciones eran severas con el robo: se castigaba con la amputación de una mano, luego de la otra y, tras la reincidencia, con la horca. A partir del siglo X, el territorio se fragmentó en feudos donde los señores podían dictar cualquier pena, incluida la muerte. Sólo a finales del siglo XII, con la redescubierta del derecho romano, se intentó volver a centrar las sentencias en la retribución y la ejemplaridad; la pena corporal se consideró más disuasoria que las multas.
Castigos individualizados en la Edad Media
En la Edad Media se aplicó una forma de individualización de sanciones. “El juez tenía en cuenta la situación particular del acusado y la gravedad de los hechos”, señala Toureille. El registro del Châtelet de París (siglo 14) ofrece un inventario asombroso: «golpeado en el asiento del carro», «hervido en la caldera», «enterrado vivo», «colgado con las manos atadas al frente», entre otros.
Contrario a la creencia popular, la pena de muerte se aplicaba escasamente y solo para delitos que amenazaban el orden estatal. En el Antiguo Régimen, los regicidas recibían torturas públicas y prolongadas para restaurar el honor real: desmembramiento, plomo en las heridas, arrastre de cuerpos por las calles, etc.
Ilustración, la guillotina y la desaparición de la tortura pública
En 1748, Montesquieu, en Del espíritu de las leyes, defendió la proporcionalidad de la pena. En la segunda mitad del siglo XVIII, Cesare Beccaria (1738‑1794) denunció la arbitrariedad y el sufrimiento físico en De los delitos y las penas (1764), influyendo decisivamente en la reforma penal europea.
En 1788 Luis XVI abolió la tortura; la horca desapareció al año siguiente. Durante la Revolución, el diputado Guillotin propuso la igualdad ante la ley: «¿Por qué los nobles son despojados, los plebeyos ahorcados y los herejes quemados?». El artículo 3 del primer Código Penal francés (1791) estableció la guillotina como método único de ejecución. Las ejecuciones se volvieron cada vez más discretas, hasta que, en 1939, dejaron de ser un espectáculo público. La última ejecución en Francia fue la de Hamida Djandoubi el 10 de septiembre 1977, antes del amanecer, en la prisión de Les Baumettes (Marsella).
Bibliografía
Yann Rivière, Roman Criminal Law from Romulus to Justinian, Les Belles Lettres, 2018.
Eva Cantarella, Death Penalties in Greece and Rome, Albin Michel, 2000.
Guillaume Flamerie de Lachapelle, Antique torture, Les Belles Lettres, 2013.
Valérie Toureille, Crime and Punishment in the Middle Ages, Presses Universitaires de France, 2013.
Michelle Perrot (ed.), The Impossible Prison. Research on a penitentiary system, PUF, 1980.
La muerte de la vergüenza
En la Edad Media el honor era la posesión más preciada; la humillación pública podía ser peor que la muerte. Los delitos menores, como robos con “circunstancias atenuantes”, se castigaban con penas derisorias: el condenado era puesto en la horca o en la columna pública para ser objeto de burlas. Los adulterados eran obligados a recorrer “la carrera de la vergüenza” por las plazas más concurridas. Hasta la Revolución, la pena de muerte y los castigos infames estaban estrechamente ligados; los condenados eran arrastrados a la horca en tablas o cestos de mimbre, y sus cuerpos colgaban como advertencia para los transeúntes.
Por Henri Morel