Luis II de Baviera, conocido como el "niño soñador", mantuvo esa faceta durante toda su vida. Ascendió al trono a los 18 años, en marzo de 1864, tras la muerte de su padre Maximiliano II, el "Marco Aurelio bávaro". Su reinado se caracterizó por ser mecenas de Wagner y Kainz, y por su faceta de rey‑constructor, cuyos castillos, sobre todo Neuschwanstein, reflejan su personalidad singular. Tras años de búsqueda de fortuna, en junio de 1886 su muerte, aún rodeada de misterio, sigue alimentando innumerables teorías.
Infancia de Luis II
Nacido el 25 de agosto de 1845 en el castillo de Nymphenburg, cerca de Múnich, Luis recibió una educación irregular. Aun así, contó con tutores destacados como Ignace de Doellinger y el químico Liebig. Desde joven fue un ávido lector; los libros le permitieron viajar a mundos fantásticos donde se sentía protagonista. Esa búsqueda de ensueño lo llevó a interesarse por la pintura, la escultura, la arquitectura y la música.
Bainville comenta que «un simulacro de una bella pintura le bastaba, al igual que, en ausencia de piedras preciosas, se conformaba con vidrios coloreados. No teniendo los recursos para columnas de porfido o lapislázuli, los estucos le producían el mismo placer». Luis valoraba la forma sobre la sustancia y buscaba la emoción, especialmente al escuchar a Wagner.
El encuentro musical ocurrió en 1861, cuando, con solo dieciséis años, quedó fascinado por la representación de Lohengrin. Decidió entonces buscar al compositor, lo que logró en mayo de 1864 gracias al secretario del nuevo rey, M. de Pfistermeister, quien convenció a Wagner de instalarse cerca de la corte.
Aunque Wagner aún era poco conocido, algunos ya lo consideraban un genio tardío. La amistad entre ambos se desarrolló mediante una intensa correspondencia. Al igual que su abuelo Luis I, que había provocado escándalos por su relación con la cortesana Lola Montès, Luis II tuvo que distanciarse de Wagner ante las críticas de la ciudadanía, que culpaba al rey de los gastos excesivos. La relación se enfrió; la ausencia del monarca en el funeral de Wagner en febrero de 1883 lo evidencia.
De rey a mecenas
Al iniciar su reinado, Luis II se encontró frente al ascenso de Prusia y su ambicioso canciller Bismarck. En 1866 apoyó a Austria contra Prusia, una decisión desastrosa que culminó en la derrota en Sadowa. Durante la guerra franco‑prusiana (1870‑71) apoyó débilmente a la victoriosa Prusia, que proclamó el Imperio en el Salón de los Espejos de Versalles, marcando el fin de la independencia bávara. Desinteresado en los asuntos políticos, el rey dedicó su tiempo al arte y, sobre todo, a sus proyectos de castillos.
Como mecenas, Luis II, al igual que los demás miembros de la casa de Wittelsbach, convirtió a Múnich en una capital musical, siguiendo los pasos de su abuelo. Sin embargo, la fundación de Bayreuth por Wagner eclipsó ese intento. Cuando se ama, no se cuenta; la generosidad de Luis con sus artistas favoritos era desmesurada.
Lo mismo ocurrió con Joseph Kainz, actor judío que Luis admiró en su papel de Didier en la representación de Marion Delorme (abril de 1881). La correspondencia entre el rey y el actor era tan apasionada como la que mantuvo con Wagner, pero se disolvió rápidamente cuando Luis le pidió que recitara a Schiller y Kainz se negó.
Luis II, el rey constructor
Los proyectos arquitectónicos de Luis II fueron tan extravagantes como inconclusos. Iniciaba nuevas obras mientras otras aún no terminaban. Los castillos, como Herrenchiemsee —una réplica inacabada del Versalles francés que Luis había visitado y del que se inspiró para recrear un largo Salón de los Espejos—, resultaron extremadamente costosos y minaron su popularidad.
En Neuschwanstein, cuya primera piedra puso el arquitecto Jank en 1869, dejó un piso completamente vacío; algunos historiadores sugieren que lo reservó para una futura esposa. Bainville escribe que «Neuschwanstein empieza a revelar la naturaleza del trastorno cerebral de Luis II». El estilo romántico‑gótico del castillo inspiró, según se dice, al creador de Disney para su emblemático logo.
En un ambiente suntuoso, esas enormes salas parecían diseñadas para un solo habitante. Luis también quiso imitar a Luis XIV construyendo Linderhof, cuyo nombre original del pueblo vecino, Ettal, transformó en el torpe anagrama «Meitcost‑Ettal», aludiendo a la famosa frase apócrifa «L'État, c'est moi».
13 de junio de 1886: un final trágico
Afligido por un dolor físico insoportable y bajo la presión de la oposición de Múnich por sus excesos presupuestarios, Luis II fue depuesto mediante un golpe de Estado liderado por el príncipe Luitpold, que lo declaró enfermo mental e incapaz de gobernar. El rey, consciente del complot, podría haberse refugiado en Austria, pero no lo hizo, quizás por orgullo.
El 11 de junio de 1886 fue internado en el castillo de Berg, bajo vigilancia constante. Dos días después, acompañado del doctor Gudden, desapareció. Sus cuerpos fueron hallados en el lago Starnberg. Algunas versiones sostienen que Luis, más corpulento, habría ahogado al médico y luego intentado suicidarse, aunque la profundidad del agua no lo permitía. Otros, como Bainville, sugieren que fue asesinado a distancia desde la orilla. Sea cual sea la verdad, la muerte de Luis II sigue envuelta en misterio, al igual que su vida.
Bibliografía
Jacques Bainville, «Ludwig II of Bavaria», Bartillat, 2009.
Catherine Decours, «Ludwig II of Bavaria: The Throne and Madness», Fayard, 2019.
Jean Des Cars, «Ludwig II of Bavaria: Or the Thunder‑struck King», Tempus, 2010.
Para profundizar
«Ludwig o el Crepúsculo de los Dioses» (1973), película de Luchino Visconti.