Desde su última aparición mediática, vinculada a las revelaciones sobre la muerte y genealogía de Tutankamón, Zahi Hawass se ha convertido en una figura conocida del público. El egiptólogo viaja incansablemente entre yacimientos arqueológicos y estudios de televisión con dos objetivos claros: reforzar la protección del patrimonio milenario de Egipto y difundirlo. Una ambición noble, pero teñida de un sutil neo‑nacionalismo que le resulta difícil ocultar.
Nacido en Damieta en 1947, Hawass ocupa desde 2002 el cargo de Director de Antigüedades Egipcias, una posición estratégica y prestigiosa que ha tratado de consolidar con mano firme. Tras un periodo de relativa laxitud, restableció el orden en las excavaciones, obligando a las misiones extranjeras a cooperar estrechamente con su servicio, algo que, aunque lógico, ha generado cierta resistencia entre equipos acostumbrados a mayor autonomía.
Un plan bien afinado
Hawass quiere devolver la egiptología a los egipcios y, para ello, controla la difusión de los descubrimientos. Sólo bajo su presencia se anuncian hallazgos; el resto de los medios debe esperar pacientemente su llegada. Su indumentaria característica – mocasines, pantalón, camisa vaquera sin planchar, chaqueta impecable y, sobre todo, el icónico sombrero estilo "Stetson"– lo convierte en una presencia mediática inconfundible, mientras los arqueólogos locales quedan relegados al fondo.
Participación directa en documentales
No duda en financiar o protagonizar documentales. En los últimos años lo hemos visto recorriendo los estrechos pasadizos de la Gran Pirámide en busca de una supuesta cámara secreta o actuando como detective para atribuir una momia a la gran reina Hatshepsut. Todo ello con efectos de suspense y equipamiento tecnológico de última generación. Su último truco mediático, una investigación sobre la genealogía y causa de muerte de Tutankamón, se basó en métodos forenses modernos.
Esta estrategia le ha convertido en una pieza clave e indispensable, lo que le permite desafiar a las autoridades egipcias cuando intentan flexibilizar la legislación sobre el tráfico de antigüedades, incluso amenazando con presentar su dimisión. Tras los atentados terroristas que afectaron al turismo egipcio, el gobierno valora la imagen de un "Indiana Jones" moderno, incansable y omnipresente.
¿Egiptología para los egipcios?
Su campaña para repatriar tesoros egipcios de museos occidentales genera controversia. Las negociaciones son poco sutiles: el museo cede o la misión extranjera es expulsada. Hawass no duda en confrontar directamente a jefes de Estado, creando tensiones tanto en embajadas como en sitios de excavación, y desconcierto en los propios museos. Vale la pena recordar que sin instituciones como el Louvre la egiptología no habría alcanzado su nivel actual.
En principio su objetivo parece legítimo, pero ya no vivimos en el siglo XIX, cuando aventureros europeos y estadounidenses saqueaban sin pudor. Gran parte del botín ya ha sido devuelto y lo que permanece en museos de todo el mundo sigue popularizando la era faraónica entre el público. Desde la Segunda Guerra Mundial, instituciones y misiones extranjeras han contribuido masivamente a la investigación arqueológica; sin ellas, gran parte del patrimonio del Antiguo Egipto seguiría enterrado bajo la arena o las aguas del Lago Nasser.
Hawass merece reconocimiento por revitalizar el interés por el Antiguo Egipto, aunque sus métodos sean controvertidos. Resulta difícil comprender su afán por recuperar el busto de Nefertiti o una segunda Piedra de Rosetta cuando aún quedan enormes colecciones acumulando polvo en los sótanos del Museo de El Cairo. Tal vez sea una cuestión de ego, alimentado por su posición influyente. No obstante, debe recordar que, si los egipcios actuales son guardianes del legado de los faraones, la humanidad entera es la heredera de ese patrimonio.
