Cuando se menciona al Partido Nazi y sus 12 años en el poder, lo primero que viene a la mente es el Holocausto judío. Documentales y películas han creado la impresión de que los nazis buscaban únicamente exterminar a los judíos europeos y que la Segunda Guerra Mundial se inició con ese objetivo. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja.
En 1933, cuando los nazis llegaron al poder, la "cuestión judía" que alegaban no existía como tal. La población judía en Alemania representaba apenas el 0,7 % del total, concentrada en áreas urbanas y dedicada a profesiones liberales o al comercio. Su presencia en la vida pública era notable: muchos trabajaban en artes, política y, por ejemplo, alrededor del 7 % de los diputados del Reichstag eran judíos.
El primer paso del régimen fue marcar a los judíos como "no alemanes". En abril de 1933 se inició un boicot público: los SA señalaban los comercios judíos y animaban a la población a evitarlos. Además, funcionarios judíos fueron despedidos y los niños judíos fueron excluidos de las escuelas públicas.
En 1935 se promulgó la fase más drástica: las Leyes de Núremberg. Estas normas redefinieron la identidad judía como cuestión de sangre, no de religión. A partir de entonces, cualquier persona con al menos un abuelo judío era considerada legalmente judía. Se les obligó a añadir un segundo nombre a sus documentos de identidad: "Israel" para los hombres y "Sara" para las mujeres.
Los judíos y los campos de concentración
El ataque directo comenzó la noche del 9 de noviembre de 1938, conocida como la Kristallnacht o "Noche de los cristales rotos". Tras el asesinato de un diplomático alemán en París por un judío polaco, las autoridades nazis incitaron a la población a saquear tiendas, hogares y sinagogas, muchas de las cuales fueron incendiadas. A partir de ese momento, los judíos fueron enviados a campos de concentración simplemente por su condición legal.
Aunque la persecución dentro de Alemania fue intensa, el objetivo inicial de los nazis era expulsar a los judíos del país. Entre 1933 y 1938, la mayoría de la población judía alemana emigró, principalmente a Estados Unidos y Argentina, ya que muchos países europeos cerraron sus puertas. De los 750 000 judíos que vivían en Alemania en 1933, se estima que alrededor de 160 000 murieron en Europa antes de 1945.
El 1 de septiembre de 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial. El conflicto proporcionó a los nazis los medios para acelerar la destrucción del judaísmo europeo. En la ocupación de Polonia surgieron los primeros guetos, barrios cerrados donde cientos de miles de judíos fueron confinados, padeciendo hambre, enfermedades y muerte. Simultáneamente, se construyeron campos de exterminio como Auschwitz, donde miles de judíos fueron forzados a trabajos esclavos hasta la muerte.
La Solución Final
La invasión de la Unión Soviética en 1941 puso a la SS ante la dificultad de exterminar a una población judía tan extensa y dispersa. En la URSS, la mayoría de los judíos vivía en áreas rurales, lo que complicó su concentración en guetos o su eliminación mediante fusilamientos por parte de las Einsatzgruppen.
Para resolver "el problema" de forma definitiva, la SS organizó la Conferencia de Wannsee el 20 de enero de 1942. Representada por Reinhard Heydrich, la reunión aprobó el documento conocido como la solución final de la cuestión judía, cuyo objetivo era eliminar industrialmente a unos 11 millones de personas en Europa. Se establecieron seis campos de exterminio en la Polonia ocupada: Birkenau, Chelmno, Treblinka, Belzec, Sobibor y Majdanek.
Si bien la solución final estaba dirigida principalmente a los judíos europeos, la SS también la aplicó contra otros grupos considerados "enemigos raciales", como los gitanos. Se calcula que aproximadamente 6 millones de judíos (cerca del 50 % de la población judía europea) y entre 500 000 y 1 000 000 de romaníes fueron asesinados.