Una aparente revuelta campesina, pero motivada por intereses personales
En el siglo XVIII la servidumbre polaca no era menos despiadada que la propia nobleza. La única respuesta a la humillación era la muerte.
Mañana sangrienta en la finca
El 31 de marzo de 1789, la casa de los herederos de la finca Niewirków, en Volinia, se convirtió en una escena de horror. La criada que entró para encender el fuego encontró varios cuerpos mutilados en la habitación principal y lanzó un grito que alertó al resto del personal.
Ignacy Wyleżyński yacía en el suelo junto a la cama; su cráneo estaba destrozado y el cerebro se mezclaba con la sangre. Le faltaba un fragmento de su dedo derecho, hallado cerca del cuerpo. Su esposa, Anna Wyleżyńska (de soltera Bierzyńska), yacía a su lado con la cabeza golpeada brutalmente; un golpe le arrancó el ojo de la cuenca. Ambos vestían camisones, lo que indica que fueron sorprendidos mientras dormían.

En el siglo XVIII‑19, los campesinos vivían al borde de la hambruna; ser sirviente en una finca noble era, en cierto modo, ganar la lotería. La pintura de Aleksander Kotsis "Sin techo" refleja esa precariedad.
En una habitación contigua, se hallaron los cuerpos de cinco mujeres: la compañera de la heredera, una bordadora, una vestal y una sirvienta, todas asesinadas de forma similar a los propietarios. Una sirvienta de la señora Wyleżyńska, sin embargo, presentaba una estrangulación y una marca azul en el cuello.
Barriles sellados
Una comisión civil‑militar de Varsovia investigó el crimen. Ignacy, capitán de la caballería nacional y aficionado a las armas, siempre tenía pistolas cargadas al alcance. Las pistolas fueron encontradas en el suelo, pero sus cañones estaban sellados con cera, impidiendo que dispararan.

Según el diario de Stanisław Wasylewski, el sello de cera había sido colocado para evitar que el heredero se defendiera. Además, se encontró un fragmento de huella dactilar junto al cuerpo que no coincidía con la del heredero; pertenecía al agresor.
El principal sospechoso resultó ser el joven mayordomo, quien había sido educado y entrenado por la familia Wyleżyński desde su adolescencia. También se descubrió la implicación de la sirvienta estrangulada, cómplice involuntaria.
Muestra de clemencia
El mayordomo, a los 25 años, había sido prometido con una sirvienta de la casa. Sin embargo, la nobleza se negó a autorizar su matrimonio, recordando que en la Polonia del siglo XVIII la servidumbre estaba bajo el control absoluto del señor; los campesinos no podían casarse sin permiso.

Ante la negativa y las amenazas de la familia, el mayordomo y su prometido planearon la venganza. El 30 de marzo, durante la Semana Santa, el mayordomo selló las pistolas con cera y ató la espada del heredero, preparando el escenario para el ataque.
¿Justicia o simple venganza?
Cuando la familia acudió a la iglesia al mediodía, el mayordomo permitió la entrada del novio conspirador. Tras la apertura de la puerta, los atacantes empezaron a asesinar: primero una joven que intentó alarmar, estrangulada; luego el propio Ignacy, que intentó usar las pistolas inutilizadas y fue brutalmente asesinado con un hacha. La esposa y las demás mujeres fueron masacradas sin resistencia.

Los agresores robaron dinero y objetos de valor. Para evitar testigos, ofrecieron licor a otros sirvientes, dejándolos inconscientes.

La justicia no tardó: los culpables fueron ejecutados públicamente. Sus manos fueron quemadas hasta los codos, luego decapitados y sus cuerpos colgados en los caminos como advertencia.
El asesinato de siete personas conmocionó a toda Volinia. Algunos señalaron que la arrogancia de los Wyleżyński había avivado la ambición de sus sirvientes. La venganza campesina prefiguró la gran revolución campesina de 1846, liderada por Jakub Szela, que combinaría la ira social con ambiciones personales.