La relación del hombre medieval con la muerte era macabra, como demuestran las numerosas representaciones de la muerte como un esqueleto que baila. Estas "bailes de la muerte" constituyeron un género propio y aún se pueden observar en muchos cementerios y capillas de Europa. Su mensaje era intimidante: quien vivía pecando esperaba un castigo eterno. Pero también llevaban un mensaje más sorprendente: los dignatarios, sobre todo eclesiásticos, eran criticados por presentarse como pecadores.
Muerte en la capilla de San Pedro (Valle Maira)
«No has vivido mejor que la mujer que te acompaña», dice la Muerte al cardenal, señalando a la dama de fácil virtud que está a su lado. No se conoce quién puso esas palabras en la boca de la Muerte, pero se sitúan a mediados del siglo XV, cuando la capilla de San Pedro en Macra, Valle Maira, se decoró con frescos.
Hoy la capilla se halla en una carretera desierta de un hermoso valle montañoso, al norte de Saluzzo, en el noroeste de Italia. En 1450, sin embargo, la capilla estaba en una ruta importante que conectaba Aviñón con Roma, por lo que muchos viajeros se toparon con esas imágenes, no siempre de su agrado. Los documentos de la época ya hablan del daño deliberado que sufrió el baile de la muerte de Macra.
El baile de la muerte del Valle Maira es uno de los ejemplos más antiguos que conocemos. Consiste en una serie coherente de ilustraciones y breves textos que muestran el encuentro de la Muerte con representantes de distintas clases en el último momento de sus vidas.
¿Qué es un baile de la muerte?
No se trata de bailes literales, sino de representaciones simbólicas que muestran a la Muerte interactuando con la sociedad cristiana. Los primeros aparecen como murales monumentales en los siglos XIV‑XV (por ejemplo, en París y Basilea). Pronto se popularizaron en la imprenta, como el famoso Danse Macabre de Hans Holbein el Joven (c. 1525). Entre 1425 y 1800 se conocen más de quinientos ejemplos en toda Europa.
Curiosamente, el fenómeno es casi inexistente en los Países Bajos y Bélgica; allí no se hallan frescos de este tipo en cementerios o capillas, aunque sí se publicaron obras impresas, destacando el autor neerlandés Salomon van Rusting (1652‑1709).
Memento mori
Los primeros bailes de la muerte fueron sermones penitenciales en forma de viñetas, muy populares en las ciudades tardomedievales. En lugar de predicadores que vociferaban el infierno, el público veía una especie de cómic con un mensaje igualmente severo: la necesidad de arrepentirse, pues la vida terrenal es breve y finita.
El lema era memento mori (recuerda que morirás). Las imágenes mostraban que todos, ricos o pobres, jóvenes o ancianos, son iguales ante la Muerte. El objetivo era consolar a los fieles, recordándoles que la única vida que importa es la que sigue a la muerte y que los que no poseen bienes materiales temen menos.
Esta preocupación se intensificó cuando la Iglesia cambió la doctrina de la salvación: la responsabilidad moral se trasladó al instante de la muerte, no al fin de los tiempos. La gente temía morir inesperadamente sin tiempo para confesarse y obtener la absolución.
Así, la popularidad de los bailes de la muerte responde tanto al miedo a una muerte súbita como a la intención de criticar abusos eclesiásticos y sociales.
Un origen reformista
Durante mucho tiempo se pensó que el género surgió como una reflexión artística de la Peste Negra del siglo XIV. Sin embargo, su vínculo con los movimientos de reforma eclesiástica del siglo XV parece más relevante.
Franciscanos y dominicos impulsaron el nuevo género en medio de la gran división de la Iglesia, provocada por el Cisma de Occidente y el Concilio de Constanza (1414‑1418). Corrientes reformistas como los conciliaristas y los mendicantes exigían una vuelta a la pobreza y a la devoción original, denunciando la riqueza y el mundo secular del clero.
Al analizar el contenido, la forma y el estilo, queda claro que fueron los reformadores quienes popularizaron la Danza de la Muerte, difundiendo un memento mori cargado de su visión de fe, autoridad y sociedad.
Catálogo de pecados
Los bailes de la muerte de los siglos XV y XVI presentan un catálogo de pecados: pereza, lujuria, gula, orgullo, vanidad, etc. Los autores usan un lenguaje contundente y enfocan la crítica principalmente en la élite eclesiástica, que aparece como los peores pecadores.
«¡Abad, ven pronto, huye! No te asustes. Ahora debes perseguir a la Muerte. Sea cual sea tu actitud hacia Dios, lleva la abadía que te ha engordado. Morirás pronto y de forma irrevocable; ¡el más gordo muere más rápido!»
Curiosamente, la Iglesia como institución y el Papa no son atacados directamente; la crítica se centra en los oficiales que fallan en su labor.
Los nobles también son censurados por su orgullo y lujuria, aunque la crítica suele ser más correctiva que subversiva. Por ejemplo, en el baile de Basilea (c. 1435) se señala al duque por su frivolidad con las mujeres.
Los eruditos, incluidos médicos y juristas, no escapan al ridículo. Se les acusa de vanidad por pretender comprender el mundo, aunque a veces se reconoce sus “éxitos” médicos.
Los campesinos aparecen como ejemplos de virtud religiosa: se los retrata como trabajadores devotos que reciben una muerte más indulgente.
La crítica al elite
El éxito del género radica en que ofrecía una vía para criticar a las autoridades sociales ante un público amplio. La enumeración de todas las clases, conocida como la "fila de clases", mostraba que todos eran iguales ante la Muerte, pero sobrerepresentaba a los privilegiados, lo que hacía la crítica más punzante contra la élite.
Esta crítica se potenció al combinar imagen y texto rimado en lengua vernácula, fácil de entender, memorizar y difundir.
Además, la figura personificada de la Muerte, omnisciente y casi divina, confería autoridad a la denuncia. La estética carnavalesca – inversión de lo alto y lo bajo, la danza como símbolo de locura – reforzaba la idea de que las normas sociales podían ser invertidas temporalmente.
En resumen, la Danza de la Muerte no solo proclamaba un mensaje moral, sino que constituía un comentario político multifacético sobre el funcionamiento de la sociedad, característica que sigue presente en su uso contemporáneo.
Hoy en día el tema sigue vivo en el arte, la literatura, el cine y la música: el Totentanz de Goethe (1815), la película de Ingmar Bergman El séptimo sello (1957) y el álbum de Iron Maiden Dance of Death (2003) son ejemplos de cómo la danza sigue recordándonos que, al final, nadie escapa a ella.