“Esto nunca había ocurrido”. Esa es una de las respuestas más habituales cuando un hombre se enfrenta al fantasma de la impotencia. Más que una simple desgracia, la impotencia está vinculada a valores culturales sobre el desempeño sexual de hombres y mujeres, por lo que la cuestión de la virilidad trasciende la biología.
Antigüedad y civilizaciones clásicas
En las sociedades primitivas la procreación era el objetivo principal; el número de hijos importaba más que la capacidad del varón para mantener el acto sexual. Los primeros debates sobre la impotencia aparecen en la Grecia y Roma clásicas, donde la libertad sexual era notable y la falta de erección podía convertirse en objeto de burla. El pene se consideraba una representación material del poder masculino. Para contrarrestar la disfunción eréctil se recurría a remedios naturales como ajo machacado, hojas de mandrágora o caldo de espárragos; en casos graves, se recomendaba el consumo de genitales de cabra o carne de lagarto acompañada de vino blanco.
Edad Media
Con la visión pesimista del sexo impuesta por la Iglesia, el rol masculino en la cama quedó restringido a la procreación y al autocontrol. Ante una impotencia severa se culpaba a fuerzas demoníacas o a brujas que supuestamente lanzaban hechizos para impedir el coito. Algunos tratamientos medievales recomendaban alimentos que generaran gases, creyendo que estos “inflaban” el pene.
Siglo XVII
El auge de las ciencias naturales trajo nuevas teorías. Algunos autores vinculaban la masturbación con la impotencia a largo plazo. En esa época surgieron tratamientos controvertidos, como la aplicación de descargas eléctricas al pene.
Siglo XIX
En una época marcada por la idealización de las relaciones afectivas, el culto extremo a la imagen femenina disuadía a algunos hombres de “manchar” a su amada con el sexo. Se promovían normas de modestia que favorecían la abstinencia.
Principios del siglo XX
Las teorías psicológicas ganaron fuerza: la represión familiar, la ansiedad y la depresión se señalaron como culpables de la disfunción eréctil. Paralelamente, la medicina seguía experimentando. El cirujano ruso Serge Voronoff propuso injertar fragmentos de testículos humanos o animales en el escroto para estimular la producción de testosterona. Entre los métodos más invasivos, la prótesis de silicona mostraba resultados notables.
Era de los fármacos
No fue sino hasta finales del siglo XX que aparecieron los primeros medicamentos para la erección. Viagra, Uprima, Cialis y Levitra se convirtieron en nombres casi sagrados en la lucha contra la impotencia. Estos fármacos han transformado la percepción de la vejez, que ya no se ve como un impedimento para una vida sexual activa, y han permitido a los jóvenes ofrecer rendimientos “sobresalientes” a sus parejas.
Consecuencias del uso indiscriminado
El acceso rápido a estos fármacos también ha generado abusos: algunas personas han puesto en riesgo su vida al intentar resolver un problema íntimo con dosis excesivas. El poder inmediato del medicamento puede hacer que se subestimen los riesgos para la salud y la relación afectiva en pos de un desempeño sexual “envidiable”.