Un enderezador de nariz, un reductor de papada y una máquina de “ahogar” la piel: los antiguos instrumentos de belleza parecen sacados de una película de horror.
El ideal de belleza femenina ha cambiado a lo largo de los siglos, pero la búsqueda de la perfección sigue igual. Las mujeres siempre han aprovechado los recursos de la naturaleza para iluminar su piel, sonrojar sus mejillas o cambiar el color de su cabello. Ese deseo impulsó a inventores a crear aparatos que, en ocasiones, resultaban más extraños que efectivos. Algunos de los dispositivos que nuestras abuelas usaban para secar, rizar o eliminar arrugas parecen auténticas herramientas de tortura.
Una nariz ligeramente levantada no era un problema si se contaba con este “milagro tecnológico” (fuente: dominio público).
El trabajo de Max Factor, pionero de la producción masiva de cosméticos, nos dejó una de las invenciones más escalofriantes. A principios de los años 30 creó el “calibrador de belleza”, pensado para analizar rasgos y proporciones faciales. El aparato tenía forma de jaula metálica repleta de clavos.
Los milagros eléctricos al servicio de la estética maravillaban a nuestras bisabuelas. Max Factor y su calibrador de belleza.
El dispositivo se colocaba sobre la cabeza de la mujer para que el maquillador estudiara la estructura facial y escogiera los cosméticos adecuados. Según el modelo, permitía hasta 325 ajustes diferentes según la forma del rostro.
¿Riesgo al secar la cabeza?
La apariencia atractiva no solo depende de proporciones perfectas y una piel lisa; un peinado a la moda también es esencial. Antes de la Segunda Guerra Mundial, los rizos eran la última tendencia, y para conseguirlos se utilizaba una máquina de permanente que combinaba rizadores calientes con un secador gigante.
La clienta debía pasar varias horas sentada bajo el enorme secador, mientras una maraña de cables flotaba sobre su cabeza. No era raro que se produjeran quemaduras en la piel y el cabello.
No, la mujer no lleva un paquete de dinamita; simplemente está sometida a una permanente (Fuente: Bundesarchiv, Bild 102-08896, Licencia: CC‑BY‑SA 3.0).
Como escribe Aleksandra Zaprutko‑Janicka en Beauty without preservatives: “El secador de pelo se inventó en 1890, pero era muy distinto al que encontramos hoy. Era una máquina enorme en la que había que sentarse y colocar la cabeza en un orificio especial.”
En la década de 1930 ya existían modelos más reducidos, similares a los secadores actuales. Sin embargo, antes de la guerra el metal de la carcasa podía provocar descargas eléctricas.
Una visita al salón como una escalada de montaña
Algunas creaciones cosméticas hacían que la clienta se sintiera literalmente mareada, y eso era parte del efecto buscado. En la década de 1940, la señora D. M. Ackerman, de California, diseñó el Glamor Bonnet, un casco parecido a una máscara de buceador que se colocaba sobre la cabeza y reducía la presión atmosférica.
La creadora aseguraba que la disminución de la presión estimulaba la circulación y beneficiaba la piel. El casco incluía una ventana transparente para que la usuaria pudiera leer una revista, aunque la sensación de estar en la cima de una montaña hacía la lectura poco práctica. ¡Los resultados, según sus testimonios, eran asombrosos!
La “ciencia” al servicio de la belleza
Las mujeres valientes que aceptaban procedimientos que dificultaban la respiración también estaban dispuestas a probar la electricidad contra las arrugas. El médico vienés Joseph Brück ideó, a principios de los años 30, una máscara facial eléctrica con un calefactor interno.
Durante el tratamiento, la paciente respiraba a través de un tubo conectado a una abertura en la máscara. No está claro si las arrugas desaparecían, pero seguramente la piel se sonrojaba.
Una nariz recta sin bisturí
Hoy la rinoplastia es una de las cirugías estéticas más comunes, pero en el pasado se buscaban métodos menos invasivos. Antes de la guerra, los dispositivos para enderezar la nariz estaban de moda.
En la revista Popular Mechanics de 1924 apareció un anuncio del extensor de nariz Trados, modelo 25. Según el anuncio, funcionaba de forma rápida, indolora y fiable, con el respaldo de 87 000 clientes satisfechos. Consistía en una pinza metálica que se colocaba sobre la nariz y se sujetaba al rostro con correas.
¿Doble mentón sin dieta ni ejercicio?
Antes de la guerra se creía que bastaba con una cuerda para eliminar la papada. El reductor de doble mentón fue diseñado por el profesor Eugene Mack en 1890.
El aparato era una estructura que rodeaba el óvalo facial y, al manipular las cuerdas, activaba un mecanismo de masaje mandibular. Se anunciaba que el masaje reducía la papada, tonificaba las mejillas y prevenía la flacidez cutánea.
Bibliografía
- Basten, Fred E. Max Factor, the man who gave a woman a new face. Letters, 2013.
- Learn More, 1930s Permanent Wave Machine, Wisconsin Historical Society, 20 de septiembre de 2007.
- “Popular Science”, 1941.
- “Popular Mechanics”, 1924.
- Rance, Caroline. What the Apothecary Ordered. Questionable Cures Through Ages. Old House Books, 2015.
- Zaprutko‑Janicka, Aleksandra. Beauty without preservatives. Horizon, 2016.