Una enfermedad devastadora que arrasa con el cuerpo, provoca meningitis, cambios de personalidad, trastornos mentales y lesiones cutáneas horribles. Sin embargo, a lo largo de la historia hubo quienes, lejos de temerla, la buscaban. ¿Por qué?
La sífilis se contagia con facilidad: no solo por relaciones vaginales o anales, sino también mediante besos con lengua o caricias orales. Los primeros síntomas son un pequeño bulto redondo y ganglios inflamados que desaparecen tras tres semanas, seguidos de una erupción leve y lesiones húmedas de color gris‑blanco. Aparecen fiebre, dolor de garganta, pérdida de apetito y, en casos graves, meningitis.
Si no se trata, la enfermedad avanza silenciosa y lentamente destruye los sistemas nervioso y circulatorio. Aunque suena repugnante, en el pasado hubo personas que se mostraron orgullosas de estar infectadas, al menos hasta que la enfermedad se instaló por completo.
¡Aleluya! Tengo una mierda
Uno de los más famosos “entusiastas” de la sífilis fue el escritor y naturalista francés Guy de Maupassant. Tras enterarse de su enfermedad, escribió a un amigo:
«Tengo una mierda, pero una verdadera, no esas molestias santurronas, no genitales burgueses… ¡es una gran desorden que murió Francis I! Estoy orgulloso y desprecio a la burguesía. ¡Aleluya, tengo una mierda!».
La foto, tomada por Félix Nadar (dominio público), muestra a Maupassant celebrando su diagnóstico.
Maupassant había fantaseado con la sífilis durante años; incluso pintó una úlcera genital y la mostró a una amiga para provocarle la “felicidad” de la enfermedad. No estaba solo: Gustave Flaubert también la admiraba, como señaló en una carta a un amigo:
«Ahora estoy curado, sólo queda una cicatriz dura, la cicatriz del héroe. Eso le da poesía».
Destruye el cuerpo, intensifica la sensibilidad
Muchos artistas y escritores fueron víctimas de la sífilis: Gustav Klimt, Henri de Toulouse‑Lautrec, Vincent van Gogh, Charles Baudelaire, Friedrich Nietzsche, Oscar Wilde, Paul Gauguin, Karen Blixen, y los polacos Kazimierz Przerwa‑Tetmajer y Stanisław Wyspiański, entre otros.
Según Iwona Kienzler, en su libro En la niebla del absenta. Escándalos de la Jóven Polonia, los bohemios de la época no veían la sífilis como una sentencia de muerte, sino como una puerta a “visiones casi sobrenaturales” que estimulaban la creatividad.
La infección del cerebro activaba células que producían alucinaciones y delirios, convirtiendo a la enfermedad en un sustituto de las drogas modernas para los artistas.
En la pintura de Richard Cooper, la sífilis aparece como una fuente de experiencias extrañas (imagen: Wellcome Images, CC BY 4.0).
Desde el siglo XVI en España hasta el siglo XIX en Francia, algunos intelectuales describieron la sífilis como “el látigo que estimula el genio, el heroísmo y el talento”. Sin embargo, el precio fue la parálisis general y la muerte prematura, como muestra el último autorretrato de Wyspiański, realizado con la mano temblorosa mientras el paciente apenas podía respirar y solo podía comer puré.
¿Algo peor que la sífilis?
Incluso los soldados buscaban la enfermedad, pero por motivos distintos: evitar el alistamiento o escaparse de la guerra. En la Primera Guerra Mundial, la sífilis era la excusa preferida para conseguir una cama hospitalaria y evitar el frente. Algunos incluso usaban “aceite de gonorrea” para infectarse deliberadamente, aunque esto podía resultar en ceguera.
En 1914, el ejército ruso ya reportaba que los hospitales no tenían suficientes camas para los enfermos de enfermedades venéreas. Los franceses describían a las prostitutas como "una ametralladora espiral".
La sífilis y los conflictos bélicos
Durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la sífilis y otras enfermedades de transmisión sexual fueron una preocupación constante. En la II Guerra Mundial, los EE. UU. ordenaron condones bajo el pretexto de proteger los cañones de agua de la humedad.
Carteles de la época advertían a los soldados sobre las graves consecuencias de contraer sífilis y gonorrea (foto: Wellcome Images, CC BY 4.0).
El declive de la fama de la sífilis
Tras la Primera Guerra Mundial, la enfermedad perdió su aura romántica. Erich Maria Remarque la describió como “una palabra repugnante que sisea como una serpiente negra delgada”. Los dermatólogos empezaron a tratarla en la sombra para evitar el escándalo, y la hermana del escritor francés Julian Green solo leía libros sobre sífilis con guantes.
Campañas de salud pública en Francia y Polonia difundieron consejos de prevención: observar labios, encías y lengua; revisar la piel bajo los pechos; y evitar besos prolongados con desconocidos.
El descubrimiento de la penicilina supuso el gran avance que finalmente controló la epidemia.
Bibliografía
- Peter Englund, The Beauty and the Sorrow of War, trad. Emilia Fabisiak, Znak 2011.
- Kamil Janicki, Brothels on Wheels. Paid Love in the Heat of War, Historical Curiosities, 10‑nov‑2011.
- Kamil Janicki, The Epoch of Hypocrisy. Sex and Erotica in Pre‑War Poland, Mark 2015.
- Iwona Kienzler, En la niebla del absenta. Escándalos de la Jóven Polonia, Bellona 2017.
- Józef Krzyk, Enfermedad napolitana, la sífilis francesa, Ale Historia, 7‑sep‑2012.
- Ewa Lando, Todos temían algo. Fobias, miedos y complejos de los grandes polacos, Wydawnictwo Czerwony i Czarne 2016.
- Claude Quétel, Impotencia de Nápoles, la historia de la sífilis, trad. Zofia Podgórska‑Klawe, Ossoliński 1991.
- Geoffrey Regan, Military Errors, trad. Konrad Gocman, Vasco International 1992.
- «La Voz de la Mujer», nº 4, 20‑feb‑1938.