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¡Vomita para comer, come para vomitar! Así celebraban realmente los antiguos romanos

Un banquete de veinte platos, vino a raudales y una salsa de intestinos de pescado

Imagínate veinte tiempos, guisantes cubiertos de oro y venado relleno de pájaros vivos, una interminable corriente de vino y, por si fuera poco, una salsa hecha con vísceras fermentadas. No es de extrañar que, según algunas fuentes, los romanos tuvieran que retirarse al baño durante sus fastuosos festines. ¿Pero era realmente así?

¡Vomita para comer, come para vomitar! Así celebraban realmente los antiguos romanos

Los mitos que rodean los banquetes romanos

Los documentos conservados, los frescos murales y los bajorrelieves pintan una imagen exagerada de los comedores del Imperio: glotonería sin límites, borracheras escandalosas y una decadencia culinaria desmesurada. Los más ricos, evidentemente, lideraban esta supuesta orgía gastronómica. ¿Cuánta verdad hay en esa visión?

Un festín sin fin

En la novela Vespasiano, inspirado en hechos reales, Robert Fabbri describe los banquetes del emperador como eternos y monótonos, con mesas bajas, sofás de tres plazas y una servidumbre escasa. Sin embargo, el autor también señala que los emperadores obligaban a sus invitados a asistir con demasiada frecuencia, lo que hacía que la verdadera diversión estuviera en la presión política más que en la comida.

¿Qué se servía en la mesa?

El menú dependía del ingenio y del bolsillo del anfitrión. En los banquetes más suntuosos se servían huevos de pavo real, cigüeñas asadas, habas recubiertas de ámbar y guisantes cubiertos de oro. Un ingrediente imprescindible era el garum, una salsa picante elaborada con cabezas y tripas de pescado fermentado.

Petronio, en su sátira El banquete de Trimalción, relata que se servía un jabalí salvaje asado relleno de pájaros vivos y una gallina que, al abrir sus alas, dejaba caer huevos de pavo real sobre la mesa.

¡Vomita para comer, come para vomitar! Así celebraban realmente los antiguos romanos

Estos relatos, aunque exagerados, se basan en banquetes reales. Por ejemplo, el emperador Elagábalo (218‑222 d.C.) habría organizado festines de veinte platos, todos del mismo color (rosa, esmeralda, etc.).

El vino, el acompañante indispensable

Los vinos romanos eran dulces y pesados, pero nunca se bebían puros. Un arbiter elegantiae (maestro de ceremonias) determinaba la proporción de agua y vino, el número de copas permitidas y el orden de servicio. Se bebía en rondas, empezando por el invitado de mayor rango, o bien se pasaba la copa al vecino con un brindis que incluía el número de letras de su tria nomina (tres nombres).

Si bien algunos patricios despertaban al día siguiente con resaca, la idea de que los romanos ricos se emborrachaban y se vomitaban a cada comida pertenece más a la leyenda que a la realidad. Esa práctica estaba reservada, casi exclusivamente, a los emperores.

“Vomunt ut edant, edunt ut vomant”

El famoso consejo “vomitan para comer, comen para vomitar” se atribuye a varios emperadores. Nerón, por ejemplo, se inducía el vómito con una pluma de ave; Vitelio supuestamente se atracaba de todo y eructaba después de cada plato; Claudio incluso emitió un edicto que permitía soplar el viento a la mesa durante las sesiones del Senado.

Consecuencias de la glotonería

El exceso no solo provocaba malestares digestivos. Según la tradición, el autor del primer libro de cocina romano, De arte culinaria, se suicidó tras arruinarse por organizar banquetes demasiado costosos. Séneca el Joven, crítico mordaz de la decadencia gastronómica, escribió en sus cartas: “No os sorprendáis de la cantidad de enfermedades; contad a los cocineros”.

En la práctica, la mayoría de los romanos de clase media no podían permitirse tales extravagancias. Sus cenas duraban una o dos horas y consistían en platos sencillos: hierbas, verduras, pescado, carne, huevos, queso y fruta, servidos en porciones razonables.

Inspiración

Este artículo se inspiró en la última novela de Robert Fabbri, perteneciente a la exitosa serie sobre Vespasiano, publicada por la editorial Rebis Wespezjan bajo el título Furias romanas.

Bibliografía

  1. E. Bugaj, “Los romanos y sus banquetes”, Bocetos de Humanidades, AMU, 2010.
  2. J. Carcopino, “La vida cotidiana en Roma durante el apogeo del imperio”, PIW, 1960.
  3. Petronio, “Sátiras”, Instituto Nacional Ossoliński, 1968.
  4. Séneca el Joven, “Cartas morales a Lucilio”, PWN, 2010.
  5. L. Winniczuk, “Pueblos, costumbres y tradiciones de la Grecia y Roma antiguas”, PWN, 2006.