Comienzo de la carrera eclesiástica
Nacido en Roma a mediados del siglo IX, alrededor del 816, hijo de León y de madre desconocida, Formoso se dedicó desde joven a una formación estrechamente ligada al mundo eclesiástico, donde vivió toda su vida. Los documentos de la época confirman que, alrededor del 846, ya era canónigo regular y, poco después, fue consagrado obispo de Porto por el pontífice Niccolò I Magno, para ser nombrado cardenal. Su vida austera y rigurosa le ganó el respaldo de los papas Nicolás I y Adriano II, sus sucesores. Además, destacaba como erudito: dominaba el latín y el griego y era muy respetado en los círculos eclesiásticos.
Formoso también sobresalió como diplomático. Logró que Carlos el Calvo fuera coronado rey de Francia por el papa entre 869 y 872. En Bulgaria, el rey Boris I solicitó a los papas Nicolás I y Adriano II que lo nombraran arzobispo metropolitano (866‑867), petición que los pontífices rechazaron por prohibición de trasladar obispos a sedes ajenas. La negativa empeoró las relaciones con la Iglesia búlgara, que volvió bajo la autoridad del Patriarca de Constantinopla, anulando los esfuerzos de Formoso por acercarla a Roma.
El pontificado
Ya varios años antes de su elección oficial, Formoso fue candidato al papado tras la muerte de Adriano II en 872. Sus seguidores eran numerosos, pero él prefirió apoyar al arcediano Juan VIII, defensor de la corriente "pro‑francesa" (carolingios occidentales). Formoso representaba la facción "pro‑alemana" (carolingios orientales), lo que le valió una acusación de conspiración y una fuga de Roma con algunos partidarios en 876. Juan convocó un concilio en el Panteón, obligando a Formoso a regresar bajo la amenaza de excomunión, que se formalizó en un segundo concilio. La excomunión sólo se levantó gracias al sucesor de Juan, Marino I, un pontífice conciliador y también "pro‑alemán", y Formoso recuperó el cargo de obispo de Porto en 883.
Tras la muerte de su predecesor, el papa Esteban V, en 891, y en medio de la inestabilidad provocada por la deposición de Carlos el Gordo, Formoso fue elegido el 111.º pontífice de la Iglesia de Roma el 6 de octubre, con el voto unánime del clero. La elección contó con el apoyo de Marino I y de los papas sucesores Adriano III y Esteban V, así como del rey germano Arnulfo de Carintia y de su protegido Berengario, marqués de Friuli, con quienes mantuvo estrecha correspondencia.
Época turbulenta en la que la elección papal dejaba de ser un simple ritual y se convertía en una lucha por el control del territorio eclesiástico. El pontífice, consolidando poco a poco la universalidad de sus poderes sobre los monarcas europeos, disfrutaba de un enorme respaldo moral, espiritual y, sobre todo, político‑militar, gracias a un complejo sistema de impuestos, concesiones imperiales y privilegios territoriales.
Situación italiana precaria
El Imperio estaba dividido entre facciones "pro‑alemanas" y "pro‑francesas". La facción vencedora, apoyada por Formoso, no estaba dispuesta a ceder el poder. La lejanía de los soberanos Arnulfo y Berengario obligó al papa a confiar su seguridad al duque de Spoleto. En 893 el pontífice tuvo que legitimar la coronación imperial de Guido II de Spoleto, quien abusó de su autoridad saqueando los territorios eclesiásticos.
Roma cayó en la incertidumbre y la guerra civil se avecinaba. A finales de 893, Formoso solicitó al emperador Arnulfo que liberara Italia de los "malos cristianos" que la devastaban. En 894 Arnulfo cruzó los Alpes, pero sólo realizó una demostración de fuerza para obtener la sumisión de los príncipes del norte‑centro de Italia y pronto regresó, dejando a Guido sin control. Tras la muerte súbita de Guido, su hijo Lamberto II y su madre Ageltrude, enemigas de la facción "pro‑alemana", reclamaron el trono imperial. Formoso intentó posponer la coronación, pero en 895 Arnulfo volvió, obligó a Lamberto a jurar odio al papa y encarceló a Formoso en el Castel Sant'Angelo.
Después de la liberación de Formoso por Arnulfo, éste volvió a coronarse emperador, pero poco después sufrió una grave parálisis y regresó a Alemania, donde murió en 899. Lamberto también falleció un año después tras una caída de su caballo.
Muerte y el "sínodo del cadáver"
Formoso, ya octogenario, murió el 4 de abril de 896. No está claro si su fallecimiento fue natural o producto de un envenenamiento. Fue enterrado en los terrenos vaticanos, pero menos de un año después (nueve meses) su cuerpo fue exhumado para un proceso post mortem.
En 897, la familia de Spoleto, que guardaba rencor contra el pontífice, obligó al nuevo papa Esteban VI a celebrar un macabro "sínodo del cadáver". El cuerpo de Formoso fue sacado de su tumba, vestido con los ornamentos papales y colocado en el trono de San Juan de Laterano. Se le juzgó como si viviera; un diácono, temeroso, fue nombrado su defensor. El sínodo, más un espectáculo de terror que un juicio real, declaró al difunto papado como ilegítimo y anuló todas sus decisiones.
El cadáver nunca fue reenterrado. Le arrancaron los vestiduras, le cortaron los tres dedos usados para bendecir y, en medio de la locura popular, lo arrojaron al Tíber. Flotó durante tres días hasta encallar cerca de Ostia, donde un monje lo recuperó y lo ocultó hasta que Esteban VI murió. En 897 el nuevo papa Romano lo devolvió a los sepulcros de los apóstoles con una solemne ceremonia, anulando el sínodo y restableciendo sus decretos.
La singularidad de Formoso
Este caso es único en la historia medieval; solo el cadáver del papa Bonifacio VIII sufrió un trato similar, pero el sínodo del cadáver de Formoso es el único documentado. Aunque la validez del proceso es nula, tuvo gran impacto en su época, generando tanto odio como horror entre contemporáneos. En conclusión, el sínodo del cadáver representa una de las más escalofriantes venganzas de la Edad Media.