Los habitantes de las Islas Británicas han vivido durante siglos con un humor que haría sonreír a Monty Python. Cocineros desnudos, espías que sólo buscan la risa, muertes absurdas y situaciones tan extrañas que parecen sacadas de una comedia. Acompáñanos a descubrir diez episodios en los que los ingleses tomaron la vida con una buena dosis de sarcasmo.
10. Tramas maquiavélicas por el trono
En el siglo VIII, el reino sajón de Northumbria se convirtió en una auténtica rueda de la fortuna. Cualquier intento de usurpar la corona era tratado como una broma de mal gusto. Los monarcas eran depuestos, exiliados o asesinados en cuestión de años, y los jóvenes reyes, títeres de los poderosos, apenas sobrevivían a la infancia.
La abadía de Lindisfarne fue, con frecuencia, el refugio de los reyes derrocados. Ceolwulf, por ejemplo, fue expulsado a este monasterio, sólo para volver al trono seis años después y abdicar de nuevo, convirtiéndose en monje por voluntad propia. ¿Tal vez sabía que la vida real de rey no le prometía longevidad?
9. Los crímenes de la muerte con humor negro
Incluso la pena capital en Inglaterra se ejecutaba con una dosis de macabro espectáculo. Hugh Despenser, sospechoso de tener relaciones íntimas con el rey Eduardo II, fue desmembrado y su cuerpo arrojado a los perros. Los restos de los traidores, como los de William Wallace, se exhibían en las principales ciudades como advertencia.
Tras la Batalla de Evesham, el cuerpo de Simon de Montfort fue mutilado; sus genitales fueron enviados como “regalo” a la esposa de Roger Mortimer, principal defensor de la corona.
8. Cocineros desnudos y otras normas reales
El siglo XVI vio una corte inglesa obsesionada con el orden. Enrique VIII promulgó las Ordenanzas de Eltham, reduciendo a la mitad el número de sirvientes y asignando tareas específicas. Entre las curiosas prohibiciones, los cocineros y lavaplatos no podían trabajar desnudos. La idea era evitar que transportaran alimentos bajo sus ropas.
7. El tiro fatal de los arqueros
En los campos de tiro del siglo XVI, al menos 56 personas perdieron la vida por accidentes cómicos. Thomas Curteys apostó a que una flecha le alcanzaría el sombrero y falló; Henry Pert, al intentar disparar al aire, se clavó una flecha en el pecho, sellando su destino.
Incluso una mujer murió al cruzar el rango de un encuadernador que practicaba con su pistola. Y cuando Thomas Alsopp observaba un baile en la muralla, un poste cayó, rompiendo un ladrillo que le destruyó parte del cerebro.
6. El rey turista y sus antojos
Eduardo VII, aficionado a los balnearios, pasó tiempo en Marienbad (actual República Checa). Allí intentó seguir una dieta estricta, pero terminó devorando truchas fritas y perdices con berenjena. En sus paseos, se molestaba cuando la gente lo reconocía, llegando a recriminar al emperador por la “intrusión”.
En una ocasión, un mayordomo le preguntó sin saber que era el rey. Eduardo respondió: “¡Deberías saber quién soy! Hace un año eras el tercer criado de la duquesa de Manchester”.
5. El perro que lideró el cortejo fúnebre
El funeral de Eduardo VII reunió a casi todas las monarquías del mundo. En el cortejo, el terrier favorito del rey, César, caminó atado al frente, justo detrás del ataúd, robándose la atención de los dignatarios.
El emperador Guillermo II comentó que, por primera vez, tuvo que ceder el paso a un perro.
4. El espía que se hizo pasar por periodista
Sidney Reilly, agente británico, llegó a Moscú en 1918 y, sin seguir los protocolos, se presentó ante el Kremlin diciendo ser periodista y recopilando material para “un libro sobre los éxitos del sistema soviético”.
Reilly obtuvo información valiosa y fue invitado a la celebración del Primero de Mayo en el Museo Politécnico, donde planeó asesinar a Trotsky, pero desistió al temer que los bolcheviques no comprendieran la broma.
3. El primer ministro que jugó a ser mediador ruso
Durante la ofensiva polaca de 1920, el primer ministro británico David Lloyd George propuso una tregua que favorecía a los bolcheviques. Se ofreció a ser portavoz de los intereses del Kremlin, aprobó la ocupación de Varsovia y cedió el control del puerto de Danzig y de las vías férreas polacas.
Cuando la tregua se hizo inviable, Lloyd George intentó tomar el mando supremo del ejército polaco, prometiendo presionar a los soviéticos para que respetaran la independencia de Polonia… con la típica ingenuidad británica.
2. Churchill y el muro que se vino abajo
Winston Churchill, antes de ser famoso político, intentó construir una pared con una pala en lugar de una llana, usando demasiado mortero. El albañil le advirtió que la pared, al arquearse, estaba a punto de colapsar. Tras una pausa para almorzar, Churchill volvió, inspeccionó la obra y exclamó: “¡Mi primer intento y quedó recto como una flecha!”. El albañil no pudo contener la risa.
1. El té y los gallos en medio del campo de minas
Durante la Segunda Guerra Mundial, la serenidad británica se manifestaba en los tanques: los tripulantes llevaban botellas de vino en los compartimientos de municiones y mantenían gallinas vivas en las torretas. Cuando el clima era adverso, abrían las escotillas y colocaban paraguas para seguir disparando.
Los Sherman, conocidos por su propensión a incendiarse, fueron apodados “Ronsons” (por los encendedores que nunca fallan). Cada explosión era un espectáculo que dejaba la torreta en ruinas, pero los soldados británicos siempre encontraban la manera de reírse de la situación.