Los inicios de una pesadilla
En noviembre de 1973, en el pequeño poblado de Marianów, cerca de Sieraków (Gran Polonia), un marido preocupado denunció la desaparición de su esposa a la policía. La mujer había salido al anochecer para usar el baño exterior situado junto al granero. Cuando su ausencia se alargó, el esposo decidió buscarla.
Al llegar al establo, encontró huellas frescas en la nieve que mostraban a alguien arrastrando algo pesado hacia el río Warta. Las frías aguas del río resultaron ser el último refugio de Ángela B., cuya desaparición conmocionó a toda la región de Wielkopolska.
El sospechoso
La investigación se centró rápidamente en el vecino de la víctima: Józef Pluta, marido y padre de varios hijos, conocido por su conducta sexual excesiva. Los policías, tras una inspección minuciosa, hallaron en su vivienda pruebas que lo implicaban directamente. Ante el material reunido, Pluta confesó el asesinato.
El móvil, sin embargo, resultó aún más perturbador. Ángela sorprendió a Pluta mientras éste abusaba sexualmente de una oveja. Temiendo que la mujer revelara el escándalo, Pluta la asfixió y la arrojó al río. Fue condenado a 12 años de prisión.
El regreso del monstruo
La estancia en la cárcel resultó infernal: los internos lo acosaban y humillaban por su perversión zoófila. En 1976, tras dos años de condena, fue trasladado a un centro psiquiátrico, donde obtuvo permisos temporales para realizar pequeñas obras de reparación y construcción. Pluta se mostró competente en esos trabajos y, al enterarse de su regreso a prisión en 1979, decidió escapar.
Su primera parada fue la casa de Teresa S., en Pąchy, cerca de Nowy Tomyśl. La mujer, a quien había conocido en el hospital, le ofreció una cena en compañía de su esposo y su hija adolescente. Tras la comida, Pluta, como “agradecimiento”, acabó con los tres usando un hacha; antes de la masacre también violó a la niña de trece años.
En el granero adyacente también mató a Wojciech J., de 80 años, que vivía con la familia. Los crímenes se cometieron entre la noche del 9 y el 10 de septiembre.
El 20 de octubre, en Suchy Las, Pluta atacó a la familia K., vecinos del médico cuya casa estaba reformando. Con el mismo hacha mató a dos personas y dejó gravemente heridos a otras dos.
La caza del monstruo
Los temores se apoderaron de la población y de la milicia local. Se lanzó una intensa búsqueda que involucró a varias unidades policiales. El cerco se fue estrechando hasta llegar al punto álgido del 29 de octubre de 1979.
Según el informe oficial, Pluta, acorralado, intentó suicidarse colgándose de un árbol; la cuerda se rompió y cayó al suelo, donde los agentes hallaron en su bolsillo las llaves de la casa de Pąchy, vinculándolo directamente con los asesinatos.
Existe, sin embargo, una versión alternativa que sostiene que la policía le disparó y fingió su suicidio. La verdad nunca se aclarará, y su muerte prematura impidió que se conocieran sus motivaciones más profundas.
Legado en el folklore
Józef Pluta quedó grabado en la memoria colectiva de Wielkopolska como una figura casi mítica. Durante años, los niños cantaban en los patios escolares una rima macabra que los asustaba mutuamente:
¿Quién es? Pequeño Pluta.
¿Cuál es su signo? El hacha blanca.
¿Dónde vive? En Suchy Las.
¿Qué lleva? El cadáver.
¿Qué hará con él? Ya no lo sé.
¿A dónde va? Se suicidará.
Hay un árbol, lo escalaré. Estos bastardos no me atraparán.
¿Y después? Volveré como fantasma y los maldeciré.
Esta canción se convirtió en un recordatorio siniestro de los horrores que una sola persona puede desatar en una comunidad.