historia historica

Maratones de baile: participantes que bailaron hasta colapsar

«El baile es el reflejo de nuestro cuerpo, a veces juego, a veces dolor», decía Martha Graham.

Durante la Gran Depresión, los maratones de baile se convirtieron en un símbolo de la desesperación y, al mismo tiempo, en una forma de entretenimiento barato para miles de personas.

Los inicios y la fiebre de los años 20

En la década de 1920 surgieron los primeros maratones de baile. El verdadero boom llegó en 1923, cuando Alma Cummings bailó sin parar durante 27 horas con seis parejas diferentes. Al principio, romper récords era la única motivación; con el tiempo, la necesidad de dinero cambió el panorama.

Resistencia por encima de la técnica

La esencia del maratón era simple: cualquiera podía participar y la clave era la resistencia, no la elegancia ni la técnica. Las reglas variaban según la organización, pero todos los concursos prohibían que los participantes se quedaran dormidos o se desmayaran. En algunos casos, una persona de la pareja podía descansar brevemente mientras la otra continuaba bailando.

La música alternaba entre piezas enérgicas y otras más tranquilas, permitiendo a los bailarines mantenerse en la pista durante días. Maratones de varias semanas no eran raras y el fenómeno se extendió por todo Estados Unidos, convirtiéndose en una especie de circo itinerante.

El auge durante la Gran Depresión

Cuando en octubre de 1929 estalló la Gran Depresión, el desempleo masivo llevó a la gente a buscar cualquier oportunidad de ganar dinero. Los organizadores ofrecían premios en efectivo, a veces de varios miles de dólares. El público pagaba un cuarto de dólar para ver el espectáculo durante el tiempo que quisiera, lo que generaba ingresos constantes para los promotores.

Maratones de baile: participantes que bailaron hasta colapsar

El punto álgido llegó con Mike Ritov y Edith Boudreaux, que bailaron desde el 29 de agosto de 1930 hasta el 1 de abril de 1931, acumulando 2 000 dólares (equivalentes a 28 000 dólares actuales). ¿Valió la pena? Para ellos, probablemente sí; para sus críticos, nunca.

Rechazo médico y social

Muchos médicos formaron el movimiento “anti‑maratón”, señalando que la falta de sueño y el esfuerzo extremo provocaban ampollas, esguinces, pero también trastornos graves como histeria, delirios e incluso coma. Un caso extremo fue el de Homer Morehouse, que colapsó tras 87 horas de baile continuo y falleció a causa de un paro cardíaco.

Maratones de baile: participantes que bailaron hasta colapsar

Los dueños de cines, el clero y la opinión pública también se opusieron, acusando a los maratones de explotar a los bailarines y de fomentar la inmoralidad.

El punto de inflexión ocurrió en Seattle, 1928, cuando una mujer desesperada intentó suicidarse tras una actuación de 19 horas que solo le valió el quinto puesto. La ciudad prohibió los maratones y, años después, otras localidades siguieron su ejemplo.

Legado contemporáneo

Hoy en día los maratones de baile se organizan principalmente como eventos benéficos. Un ejemplo emblemático es el THON de la Universidad Estatal de Pensilvania, un maratón de 46 horas que, desde 1977, ha recaudado más de 155 millones de dólares para la lucha contra el cáncer infantil.

Bibliografía

Paula Becker, Dance Marathons of the 1920s and 1930s. https://historylink.org/File/5534 (acceso: 02/10/2021)

https://dance.lovetoknow.com/Dance_Marathons (acceso: 02/10/2021)

https://www.jestpozytywnie.pl/stawka-bylo-ich-zycie/ (acceso: 02/10/2021)