Alejandro Magno fundó uno de los imperios más grandes de la Antigüedad. Sin embargo, varios historiadores consideran que su inmadurez y posibles trastornos mentales influyeron en sus decisiones.
Creyó ser el elegido de los dioses e incluso a sí mismo un dios. Su ambición lo llevó a derramar sangre en castillos rebeldes y a ahogar sus penas en litros de vino. Con apenas veintitantos años y un ejército de 50.000 hombres, los macedonios conquistaron el poderoso Imperio persa y se adentraron en Asia, creando un Estado que perduró durante siglos. Su leyenda nació como la de un gran conquistador, aunque muchos sostienen que su personalidad era inmadura y, quizá, enferma mentalmente. Vivía aislado en una burbuja de grandiosidad, perdiendo poco a poco el contacto con la realidad y sacrificando cientos de miles de vidas, incluidos sus propios soldados.
De la nada al trono
Macedonia, una pequeña región de pastores hasta el siglo IV a.C., no figuraba en los mapas del mundo antiguo. Fue bajo el reinado de Felipe II, padre de Alejandro, que el territorio comenzó a expandirse, conquistando gran parte de Grecia y dejando a su hijo un Estado reformado y un ejército endurecido.
Bucefalo, su fiel caballo, lo acompañó en todas sus campañas militares y Alejandro lo consideraba uno de sus mejores amigos.
Desde pequeño, Alejandro fue educado bajo el culto a su propia grandeza. Fue alumno de Lisímaco, quien le enseñó retórica y música, y se empapó de los mitos de Aquiles. Según la tradición, a los ocho o doce años domó a Bucefalo, un caballo que atemorizaba a los mejores jinetes, demostrando su valentía y carisma.
Hijo de Zeus
En 336 a.C., tras el asesinato de Felipe II, Alejandro asumió el poder. Después de sofocar la rebelión en Tebas, donde sus soldados masacraron a 6.000 habitantes, se preparó para atacar Persia, siguiendo los planes de su padre.
La batalla de Issos contra un ejército persa doblemente mayor le valió la fama de gran guerrero. Los macedonios mataron a decenas de miles de persas y perdieron apenas unos cientos.
El asedio a Tiro, una ciudad fuertemente fortificada, duró ocho meses. Alejandro construyó torres de asedio, un dique y una flota para bloquear la ciudad. Al conquistarla, mató a unos 8.000 hombres y vendió a 30.000 mujeres y niños como esclavos.
Durante su paso por Egipto, el oráculo le reveló que era hijo de Zeus. A partir de entonces, exigió que las ciudades conquistadas lo adoraran como divinidad, castigando con crueldad a quienes se negaran.
Alejandro y Persia
En Gaugamela, los macedonios aniquilaron al ejército persa, matando a unos 40.000 enemigos mientras el propio Darío III escapaba. Tras la victoria, Alejandro se apoderó del tesoro persa, capturó Babilonia y se adueñó de la riqueza de Susa.
Sin embargo, su éxito aumentó su sensación de omnipotencia. Empezó a vestir ropas persas, a usar una tiara y a rodearse de servidores orientales, lo que irritó a la aristocracia macedonia, acostumbrada a la austeridad guerrera.
En lugar de nombrar gobernadores griegos, prefirió pactar con élites locales, integrando persas en unidades élite macedónicas, lo que generó resentimiento entre sus veteranos.
Amor entre hombres
Algunos historiadores defienden la política de "fraternización" de Alejandro como una estrategia necesaria para mantener el control sobre territorios conquistados. Otros critican su adopción de costumbres persas, como el uso de la diadema sin la tiara tradicional.
Se sabe que mantuvo relaciones con Bagoas, un eunuco persa que, según crónicas, fue amante de Darío III y luego de Alejandro. También se ha debatido su vínculo con Hefesto, su amigo íntimo y comandante de su guardia, cuya relación probablemente fue sexual, aunque la evidencia sugiere que Alejandro era bisexual, pues también tuvo hijos con mujeres como Roxana, princesa de Bactria.
El borracho del imperio
Con el paso de los años, Alejandro se volvió más insensible a las necesidades de sus tropas, que estaban exhaustas tras años de campaña. Su afición al vino llevó a episodios mortales, como el concurso de bebida de 324 a.C., en el que 1.000 soldados participaron y 40 murieron por intoxicación o hipotermia. El vencedor, Promachos, bebió 11 litros de vino y recibió una promesa de 20 años de servicio, pero falleció poco después.
La noche antes de su muerte, Alejandro organizó dos copas excesivas; en la segunda, pretendía beber el legendario cáliz de Hércules, que contenía unos 6 litros de vino.
El Alejandro anti‑macedonio
Su alcoholismo habría desencadenado arrebatos de ira. En el otoño de 328 a.C., durante un banquete, apuñaló a un oficial que había salvado su vida en batalla. Más tarde, tras una crítica a su política oriental, asesinó a su fiel amigo y hermano de armas, Lanike.
La creciente paranoia lo llevó a temer conspiraciones. Ordenó la ejecución de varios oficiales, incluido el general Parmenión, segundo al mando del ejército.
Víctimas de la locura
El ejército macedonio perpetró numerosos genocidios. En Tiro mató a 7.000 personas y crucificó a 2.000 más; en Gaza, 10.000 murieron a manos de sus soldados. Se estima que, en diez años de campaña, pudieron haber muerto hasta 250.000 personas, sin contar las bajas macedonias.
En 327 a.C., impulsado por el sueño de ser tan famoso como Hércules y alcanzar el fin del mundo, Alejandro cruzó a la India. Allí, la resistencia local, los elefantes de guerra y el clima tropical pusieron a prueba a sus tropas. En la batalla del río Hydaspes, su amado caballo Bucefalo cayó muerto.
El ánimo de sus soldados se deterioró; se amotinaron y se negaron a seguir. Alejandro reforzó la censura de cartas y castigó a los que se quejaban.
“Crimen” y castigo
Aunque su carisma permanecía, Alejandro mostró su lado más humano al escalar una escalera de asedio en la ciudad de Mallos para animar a sus hombres. Resultó herido en el pulmón, pero sus tropas, enfurecidas, masacraron a todos los habitantes de la ciudad.
Al regresar de la India, tomó la ruta más dura a través del desierto de Gedrosia, aparentemente como castigo a sus soldados. La travesía fue mortal: la mitad del ejército murió por agotamiento, hambre y falta de agua.
En 324‑323 a.C., Alejandro decretó su apoteosis, ordenando ser adorado como dios en todo el imperio, incluida Macedonia. Organizó un matrimonio masivo en Susa, obligando a 90 dignatarios a casarse con persas y bactrianos, y pagó dotes a soldados que se casaban con mujeres asiáticas, intentando crear una nueva ciudadanía imperial.
Poco después, a los 33 años, murió en circunstancias todavía debatidas; algunos creen que fue envenenado por conspiradores temerosos de nuevas purgas. Su vasto imperio se desintegró rápidamente en guerras de sucesión entre sus generales, los diádocos.
Megalomanía fatal
Desde la perspectiva actual, Alejandro fue un comandante brillante, pero su inmadurez y falta de planificación lo llevaron a la autodestrucción. Su aislamiento, su búsqueda de fama y su visión megalómano carecían de una base realista para sostener un estado helénico‑asiático.
Su política de integración cultural puede interpretarse como visionaria, pero también como una búsqueda desesperada de admiración. Al no atender las necesidades de sus propios pueblos, su imperio colapsó tras su muerte.