Introducción
El régimen nazi instauró una disciplina férrea que no toleraba la desobediencia, pero, paradójicamente, en el corazón del Tercer Reich surgieron crímenes de una perversidad digna de novelas de terror. Adolf Seefeld, un relojero itinerante, violó y asesinó al menos doce niños entre 1934 y 1935, pasando desapercibido durante meses.
Los primeros indicios
En febrero de 1935, en Schwerin (Mecklemburgo), dos niños vestidos con uniformes de marinero desaparecieron en menos de una semana. La policía y la fiscalía local reabrieron casos similares y descubrieron que, en los últimos dos años, se habían encontrado los cuerpos de seis niños con el mismo tipo de vestimenta en el norte de Alemania.
Un asesino en serie oculto
Los cuerpos fueron hallados en lugares aislados, sin signos evidentes de violencia. La mayoría de los fallecimientos coincidían con el otoño e invierno, lo que llevó a los oficiales a concluir erróneamente que los niños se habían perdido en el bosque y sucumbieron al frío.
La extensa zona donde se hallaron los cuerpos sugería que el autor era una persona que viajaba frecuentemente por trabajo, lo que orientó la investigación hacia viajeros y comerciantes itinerantes.

Wittenberg, conocida por su belleza, se convirtió en el escenario de estos crímenes.
El sospechoso
El 23 de marzo se descubrió el cuerpo de un niño de 11 años cerca de Wittenberg. Testigos recordaron haber visto al menor con un anciano de sombrero extravagante, apodado «Tío Tik‑tak» (Onkel Ticktack).
El 3 de abril, las autoridades arrestaron a Adolf Seefeld, un relojero de 60 años originario de Brandenburg, con antecedentes penales por delitos sexuales.
Perfil de Adolf Seefeld
Seefeld nació el 6 de marzo de 1870 en Potsdam, el menor de nueve hermanos. Su infancia estuvo marcada por la violencia: su padre era alcohólico y su madre ejercía la prostitución. A los doce años fue violado por dos hombres, lo que, según algunos historiadores, pudo haber desencadenado su posterior degeneración.

En 1910 fue condenado por «insultar la moralidad», iniciando una serie de encarcelamientos y estancias en hospitales psiquiátricos que ocuparían casi la mitad de su vida.
Inicialmente se interesó tanto por niñas como por niños, pero con el tiempo centró su perversión exclusivamente en los varones.
El proceso judicial
El fiscal acusó a Seefeld de violar y asesinar a doce niños. El juicio comenzó el 21 de enero de 1936 en el tribunal de Schwerin, tras una larga fase de investigación plagada de dudas.
Seefeld se declaró inocente y los peritos no pudieron determinar con certeza el método de muerte; se barajaron hipótesis de estrangulamiento o envenenamiento, pero las autopsias no confirmaron ninguna de ellas.
Poco antes de su muerte, Seefeld confesó haber utilizado un veneno preparado por él, aunque la circunstancia de esa declaración (una entrevista a solas con la Gestapo) genera dudas razonables.

Algunos investigadores sugirieron que Seefeld hipnotizaba a los niños, los dejaba inconscientes en el bosque y los abandonaba a su suerte. Los motivos exactos nunca quedaron claros.
Sentencia y legado
El 22 de febrero de 1936 el tribunal, sin atender las dudas, condenó a Seefeld a la muerte por guillotina y a la castración previa. La ejecución se realizó el 23 de mayo de 1936 en la prisión de Schwerin.
El caso nunca se cerró del todo; la lista completa de víctimas sigue sin conocerse. Se estima que los doce cuerpos hallados son solo la punta del iceberg, y que el número de sus crímenes sexuales podría superar los cien, con alrededor de treinta muertes confirmadas.