La vida y muerte de Charles Francis Coghlan están llenas de los elementos más fascinantes: una maldición, una gran pasión, escándalos y una muerte prematura. Pero la historia no termina con su fallecimiento, pues el destino añadió un último episodio: su ataúd errante.
Charles Francis Coghlan fue un actor y dramaturgo irlandés‑inglés que gozó de enorme popularidad a ambos lados del Atlántico en la segunda mitad del siglo XIX. Nacido en París, era hijo de Francis Coghlan, editor de los célebres Coghlan's Guides, amigo de Charles Dickens.
Aunque sus padres deseaban que estudiara derecho, desde pequeño soñó con el teatro y finalmente siguió esa vocación. Según cuentan sus amistades, una mujer gitana predijo su éxito artístico y también anunció que moriría en el apogeo de su fama, para que su alma vagara hasta regresar a su tierra natal años después.
Este presagio marcó profundamente a Coghlan. La actriz y productora Lillie Langtry, que trabajó con él y con su hermana, la actriz Rose Coghlan, relató en sus memorias que él creía estar bajo una maldición. Aun así, se convirtió en uno de los artistas más renombrados de su época.
Además de actuar en teatros, escribió obras y participó en los primeros filmes. Su éxito en Gran Bretaña llamó la atención de personalidades destacadas del teatro neoyorquino, como John Augustin Daly, quien lo llevó a Broadway y le dio el impulso definitivo a su carrera. Junto a su hermana fundó su propia compañía teatral y productora.
Coghlan llevó a su pareja, Louisa Thorn, y a su pequeña hija Gertrude a América, estableciéndose en una residencia de Prince Edward Island, que él consideraba su refugio. Allí retomó la escritura de obras tras una gira, disfrutando de una vida aparentemente estable… hasta que en 1894 apareció en el New York Times una noticia que sacudió su carrera y su familia.
Los escándalos de Coghlan
El actor, también padre dedicado, contrajo en secreto matrimonio con la joven actriz y escultora Kühne Beveridge. Cuando la prensa se enteró, estalló un escándalo: se descubrió que su relación con Louisa era informal y que su hija era ilegítima, algo escandaloso para la sociedad de la época.
Para proteger la reputación de la niña, Coghlan declaró que era su hija adoptiva, pero la sociedad neoyorquina del siglo XIX no perdonó el escándalo; su carrera quedó al borde del colapso. Su hermana Rose se vio obligada a romper la asociación comercial, y el matrimonio recién iniciado terminó rápidamente. Un año después, Charles regresó a Prince Edward Island, donde Louisa lo recibió nuevamente.
La normalidad volvió poco a poco y el actor recuperó el aplauso del público. Sin embargo, el destino le tenía preparada una última prueba.
En octubre de 1899, Coghlan viajó con su compañía a Galveston, Texas, para una presentación. Antes del estreno cayó gravemente enfermo, permaneció en cama durante un mes y el 27 de noviembre falleció.
El ataúd errante
Tras su muerte surgió la disputa sobre el lugar de su sepultura: Prince Edward Island o la finca de Nueva York. Mientras se resolvía el dilema, el ataúd de metal quedó en una cripta del cementerio de Galveston.
En 1900, la ciudad fue azotada por el huracán conocido como el Gran Huracán de Galveston, el más potente que había tocado suelo estadounidense hasta entonces. La tormenta destruyó miles de edificios y cobró entre 8 000 y 12 000 vidas.
El ciclón provocó una inundación que arrastró varios ataúdes del cementerio, incluido el de Coghlan, al mar. Así comenzó su extraordinario periplo, que despertó la curiosidad de la prensa local y nacional.
En 1900 se avistó un ataúd cerca de La Marque, Texas, y en enero de 1904 apareció otro en la playa de Galveston, pero ninguno correspondía a los restos del actor. Incluso se ofreció una recompensa por su hallazgo, sin éxito.
En 1907, cazadores encontraron un ataúd en una zona pantanosa cercana a Galveston, pero el paradero definitivo del cuerpo siguió sin conocerse. La historia volvió a cobrar vida en 1927, cuando Robert Ripley la incluyó en su columna “¡Creélos o no!”. Ripley sugirió que el ataúd había cruzado el océano y desembarcado en Prince Edward Island, a 5 000 millas de distancia, cumpliendo la profecía de la gitana: ocho años después de su muerte, el actor regresaba a casa.
Por poética que resulte la teoría, el destino real del cuerpo de Charles Francis Coghlan sigue siendo un misterio, al igual que el último tramo de su supuesta travesía espiritual.