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Hitler gana las elecciones: ¿por qué los alemanes entregaron su país a los locos?

Un episodio aparentemente menor que cambió el destino de Alemania

En el cruce de 1932 y 1933, pocos comprendieron la verdadera magnitud del triunfo electoral de Adolf Hitler. Ese desconocimiento facilitó la destrucción de la democracia alemana.

Una victoria electoral sorprendente

En noviembre de 1932 el Partido Nacional Socialista (NSDAP) obtuvo un 33 % de los votos, la mayor proporción de cualquier fuerza política. El segundo partido, el Socialdemócrata, solo alcanzó el 20 %. Aun sin mayoría absoluta, Hitler podía ser detenido; su retórica ya anunciaba la intención de desmantelar la democracia y crear un régimen fascista al estilo romano.

El mundo no se dio cuenta

Alrededor de 12 millones de alemanes apoyaron un programa basado en el odio y el nacionalismo. Mientras tanto, periodistas británicos del Daily Herald describían a Hitler como "un pequeño austríaco con bigote al estilo de Charlie Chaplin", minimizando cualquier amenaza.

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La comparación con Chaplin se hizo años antes de la famosa película "El Dictador".

Muchos pensaban que Hitler era sólo una figura decorativa, un orador carismático respaldado por políticos más experimentados y moderados. En Alemania, algunos comentadores creían que el radicalismo podría ser "curativo" para la caótica política de la República de Weimar, y que pronto perdería apoyo popular.

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Aún a finales de 1932 parecía que la democracia alemana estaba a salvo.

Los intereses de la élite

Los historiadores coinciden en que, sin el respaldo de la alta burguesía –financieros, industriales y aristócratas– Hitler no habría llegado a ser canciller. Muchos creían que el experimento radical sería breve y que los votantes volverían a la sensatez.

Como recordaba el miliciano nazi H.W. Koch, "todos apreciaban su talento oratorio, pero asumían que al asumir la responsabilidad del gobierno se quemaría rápidamente y quedaría bajo el control del ex‑canciller Papen".

Incluso los opositores más duros aceptaron que, al menos temporalmente, era preferible dejar que Hitler accediera al poder. El 31 de enero de 1933 el presidente Paul von Hindenburg nombró a Hitler como jefe de gobierno. El The Times de Londres trató el hecho como una simple maniobra política, sin darle portada. En Polonia, la noticia también pasó desapercibida; la portada del Ilustrowany Kuryer Codzienny del 1 de febrero de 1933 mostraba carreras de caballos en Zakopane, no la toma del poder por parte de Hitler.

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Para la prensa ilustrada, el deporte parecía más relevante que el cambio de régimen.

El peligro subestimado

Hitler demostró rápidamente que no era un simple títere; puso en práctica el programa radical expuesto en Mein Kampf. Sin embargo, la mayoría de los observadores internacionales no le tomaban en serio. Incluso H.G. Wells, el famoso escritor y futurista, calificó en 1934 el ascenso de Hitler de "incidente sin importancia".

El escritor polaco Antoni Słonimski, en una columna de 1933, predijo que solo se recordaría que "un grupo de locos expulsó a Albert Einstein de Alemania" y que el nombre de Hitler moriría en la oscuridad histórica, describiéndolo como "una bestia sin sentido del humor" y "un bufón insignificante".

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Incluso visionarios como Wells subestimaron el peligro que representaba Hitler.

La consecuencia de la despreocupación

La falta de atención no fue un caso aislado, y los propios nazis la disfrutaron. Aprovechando la letargia de sus adversarios y la complacencia de la élite, Hitler pasó rápidamente de canciller a dictador.

Los intelectuales que no tomaron en serio sus discursos y lo descartaron como un "gritón divertido" permitieron su éxito. Desde entonces, la República de Weimar dejó de existir; surgió el Tercer Reich, un Estado que prometía "tiempos mejores" bajo una ideología brutal.