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¿Un Tercer Reich sin Hitler? No era el único que buscaba destruir la democracia alemana

El Tercer Reich estuvo totalmente dominado por Adolf Hitler, quien prometió que perduraría mil años. Sin embargo, el régimen colapsó en solo doce años y cuatro meses. ¿Habría surgido de todos modos? Algunos historiadores sostienen que los nacionalistas hubieran tomado el poder en Alemania independientemente de su presencia.

Durante mucho tiempo se defendió la tesis de la “Sonderweg”, la idea de que Alemania siguió un camino especial de desarrollo, rechazando la democracia y la modernidad en favor de un sueño militarista y aristocrático de un imperio europeo.

Según esta visión, el militarismo alemán y su alianza con Hitler parecían inevitables. Hoy, sin embargo, se considera que esa interpretación es demasiado determinista y errónea.

Desprecio por la democracia

Autores como Hannah Arendt, con su obra Los orígenes del totalitarismo (1951), compararon al régimen nazi con la Unión Soviética de Stalin, presentándolo como una dictadura totalitaria.

En la práctica, el régimen nazi resultó mucho menos totalitario que el soviético. El público alemán podía quejarse y criticar la realidad con una libertad mayor de la que se había asumido. Así, el concepto original de totalitarismo distorsiona la naturaleza del gobierno de Hitler.

Incluso sin Hitler, es probable que Alemania hubiera caído bajo el control de una coalición de nacionalistas de derechas. Las eminencias conservadoras nunca aceptaron la derrota del Reich en la Gran Guerra y mostraban un desprecio abierto por la democracia.

¿Un Tercer Reich sin Hitler? No era el único que buscaba destruir la democracia alemana

Una alianza entre el militarismo alemán y un régimen nacionalista parecía inevitable.

Es casi seguro que un gobierno respaldado por el ejército habría intentado revisar el Tratado de Versalles, considerado injusto por la mayoría de los alemanes. Es posible que lograra su objetivo con la aquiescencia de Gran Bretaña y Francia.

No obstante, es muy improbable que un régimen conservador‑nacionalista sin Hitler perpetrara un genocidio basado en el racismo y el antisemitismo.

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Humillación alemana

Hitler, con su radical nacionalsocialismo, jugó un papel decisivo entre 1933 y 1945. No se puede afirmar que la historia de Alemania y del mundo habría sido idéntica sin él.

Sin embargo, no fue Hitler quien creó las circunstancias que lo empujaron a la política. Sin la Gran Guerra y la humillación que dejó, el Partido Nazi no habría existido.

La derrota de 1918 dio paso a la República de Weimar, que desde su inicio enfrentó graves problemas económicos y políticos. Entre 1919 y 1923 sobrevivió gracias al apoyo del ejército, pero la hiperinflación de 1923 casi la llevó a la bancarrota.

La estabilidad económica temporal que alcanzó entre 1924 y 1929 dependió de préstamos estadounidenses, que desaparecieron tras el colapso de Wall Street en 1929. El resultado fue una “tormenta bancaria” y un salto vertiginoso del desempleo. De 1,6 millones en octubre de 1929 pasó a 6,12 millones en febrero de 1932.

El gobierno no podía pagar prestaciones por desempleo, lo que agravó la pobreza. Los que conservaban trabajo enfrentaban recortes salariales, mientras que la caída de los precios agrícolas provocó hambruna en el campo.

Unión conservadora

El colapso económico minó la confianza en la democracia y muchos alemanes buscaron a un líder fuerte que revitalizara el país. Fue entonces cuando apareció Adolf Hitler.

El apoyo al Partido Nazi se disparó durante la crisis, pasando de la periferia a la corriente principal. En las elecciones de 1928 obtuvo solo el 2,8 % (aprox. 810 000 votos). En 1930 su porcentaje subió al 18 % (6,4 millones) y en julio de 1932 alcanzó el 37,2 % (13,7 millones).

¿Un Tercer Reich sin Hitler? No era el único que buscaba destruir la democracia alemana

Este auge representó el punto máximo del partido antes de que Hitler asumiera el poder. En las elecciones de noviembre de 1932 su voto cayó un 4 %.

Entre 1928 y 1932 el Partido Comunista Alemán (KPD) también creció, pasando del 10 % al 17 %.

En julio de 1932, el 54,2 % del electorado apoyaba a dos partidos que abiertamente querían destruir la democracia.

Inicialmente, el Partido Nazi contaba con el apoyo de la clase media‑baja de zonas rurales protestantes. Para 1932, Hitler había conquistado también a la clase media urbana.

Profesionales, médicos, funcionarios, comerciantes independientes y pequeños empresarios aportaron al notable aumento de apoyo al partido. Hitler logró unir a los votantes conservadores, algo sin precedentes en una gran democracia moderna.

Ejército y empresa

Hitler prometió restablecer el orden y crear una “comunidad nacional” sin clases, aliviando la Gran Depresión mediante obras públicas y nuevos empleos.

Propuso reorganizar la economía para servir a los intereses de la nación y debilitar el supuesto control de los capitalistas judíos sobre las finanzas. Sus ideas resonaron entre la burguesía alemana.

El 30 de enero de 1933, Hitler afirmó haber “tomado el poder”, pero en realidad fue nombrado canciller de forma legal y constitucional. A diferencia de Rusia en 1917 o Francia en 1789, Alemania no vivió una revolución violenta.

¿Un Tercer Reich sin Hitler? No era el único que buscaba destruir la democracia alemana

Al asumir el gobierno, Hitler dirigió una coalición que incluía a la élite conservadora, el ejército, la burocracia y la gran empresa. Nunca llegó a ser una marioneta de estos grupos, pero necesitó su respaldo para implementar sus políticas.

La remilitarización contó con amplio apoyo popular, pues se asociaba a la reducción del desempleo y al impulso de la industria pesada. Hitler creía que un ejército fuerte reforzaría su posición diplomática.

Su objetivo principal era vengar las humillaciones impuestas a Alemania tras la Gran Guerra, por eso sus aliados clave fueron el ejército y los grandes empresarios, círculos que no estaban dominados por los nazis.

Gran improvisación

El objetivo a largo plazo de Hitler era librar una guerra racial para conseguir “espacio vital” (Lebensraum) para el pueblo alemán. Mientras Alemania permaneciera débil, mantuvo una retórica pública de modestas revisiones al Tratado de Versalles. En privado, proclamaba la expansión mediante la conquista brutal y la supremacía racial.

Prometió “limpiar” la sociedad de enemigos de la unidad nacional: comunistas, sindicalistas, liberales, judíos y “elementos antisociales” como vagabundos, delincuentes reincidentes, desempleados crónicos y prostitutas.

También pretendía eliminar a los “inadaptados” físicos y mentales. Todos estos grupos fueron progresivamente marginados y excluidos de la “comunidad nacional”.

Hitler entendía que la nazificación de la sociedad era un proyecto de décadas, pero a corto plazo necesitaba apoyo popular, lo que hizo que la propaganda fuera esencial. El ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, controló prensa, radio y cultura para promover al Führer.

Si bien a menudo actuó con premeditación, también tuvo que improvisar frente a acontecimientos fuera de su control. Entre 1933 y 1939 fue más un maestro de la flexibilidad que un planificador meticuloso.

Fuente

Extracto del libro de Frank McDonough “Hitler’s Time. Triunfo 1933‑1939”, publicado recientemente por la editorial Rebis.