Buenas intenciones no bastan. Rudolf Hess, quien intentó acortar la Segunda Guerra Mundial por su cuenta, descubrió que su misión secreta a Gran Bretaña fue un rotundo fracaso. No sólo terminó en un hospital psiquiátrico, sino que los espías británicos también se quedaron con sus… calzoncillos.
El 10 de mayo de 1941, al anochecer, Hess despegó de Augsburg‑Haunstetten con apenas lo indispensable en el bolsillo de su traje de vuelo: mapas de navegación, una cartera con fotos familiares y un pequeño surtido de remedios homeopáticos.
Como segundo al mando de Hitler y uno de los funcionarios más influyentes del Tercer Reich, se dirigía a Gran Bretaña para presentar una supuesta propuesta de paz. Él mismo denominó la empresa "misión para la humanidad".
El enviado desairado
Al aterrizar con paracaídas en una zona baja de Escocia, Hess no recibió una cálida bienvenida. Un granjero lo avistó y alertó a una unidad de la Guardia Nacional. El alemán fue llevado a la comisaría, donde lo registraron y confiscaron la mayor parte de sus pertenencias.
Al revelar su verdadera identidad, alegó que debía entregar un mensaje urgente al príncipe Hamilton, cuya mansión estaba cercana.
Tras el fracaso de su "misión para la humanidad", Hess pasó el resto de su vida entre prisiones.
Su confesión no cambió mucho la percepción británica: seguía siendo más una curiosidad que un emisario importante. Fue interrogado, incluso por el propio príncipe Hamilton, pero siguió siendo ignorado. Mientras la noticia de su expedición enfurecía a Hitler, Churchill seguía con su rutina y asistía a la última película de los hermanos Marx.
Con el tiempo, Hess fue trasladado a la Torre de Londres y después a la finca de Mytchett Place, en Surrey, cerca de Farnborough. Poco después de su llegada, se produjo otro insulto: le confiscaron sus calzoncillos de lana.
Los pantalones de peso estatal
El Ministerio de Guerra Económica solicitó al Servicio de Inteligencia Secreta (SIS, también conocido como MI6) permiso para examinar la ropa interior de aquel prisionero atípico, con la esperanza de descubrir "algo de valor propagandístico".
Según un fragmento del libro de Roger Moorhouse, The Third Reich in 100 Objects, publicado por la editorial Znak Horyzont, se esperaba que el alemán llevara algo lujoso o ridículo. El permiso se concedió y los calzoncillos fueron incautados, pero resultaron ser perfectamente ordinarios. El jefe del SIS los describió como de "la clase más barata". Su fabricante, la empresa Benger‑Ribana de Stuttgart, no producía ropa interior de lujo para la élite nazi, sino uniformes de campaña para la Wehrmacht.
El plan propagandístico quedó descartado y los calzoncillos desaparecieron en algún archivo sin importancia.
Hess cayó en una profunda depresión, mostró signos de desequilibrio mental, se volvió paranoico, se quejaba de cólicos y acusaba constantemente a sus guardias de intentos de envenenamiento. A mediados de junio intentó suicidarse lanzándose por la barandilla de una escalera, pero sólo se fracturó la pierna izquierda.
Un mes después de su aterrizaje, pese a sus delirios, Hess comprendió que su misión había fracasado. En lugar de ser aclamado como mediador de la paz, se había convertido en prisionero y en una herramienta de la propaganda británica, despojado incluso de su ropa interior y convertido en objeto de burla.
Fuente
El texto se basa en el libro de Roger Moorhouse The Third Reich in 100 Objects, publicado por Znak Horyzont. Los títulos, ilustraciones con pies de foto, negritas, notas entre corchetes y subtítulos provienen de los editores. El texto ha sido editado para introducir párrafos más frecuentes.