historia historica

¿Avión estrellado o hundido?

Un bomber que desafió al fuego

El 4 de septiembre de 1942, un Vickers Wellington de la Escuadrilla 300 despegó de noche rumbo a Bremen. A bordo estaban el teniente Stanisław Machej, el capitán observador Bolesław Biliński, el teniente Zbigniew Brzeziński, el sargento Klemens Muszyński y el sargento mayor Józef Tomiec. Su avión, con el código BH Z y apodado "Zośka", era considerado "una máquina feliz".

Tras lanzar la carga, la tripulación fue sorprendida por un Messerschmitt 110 nocturno que los atacó. Los primeros disparos hirieron al artillero trasero, destrozaron la estructura del fuselaje y prendieron fuego a la lona del extremo trasero. A pesar del incendio, del daño en el timón, del tanque de combustible con fugas y de una radio inoperante, el piloto mantuvo el control.

Con la nave incendiada pero todavía voladora, la tripulación preparó el salto en paracaídas, pero el Wellington cruzó la costa inglesa y, tras superar problemas con el tren de aterrizaje, aterrizó sin incidentes en el aeropuerto de Ingham. Todos los tripulantes sobrevivieron; solo el artillero trasero resultó herido. La resistencia de la estructura geodésica del Wellington fue la clave del éxito.

No quería aterrizar pronto

Otro Wellington, apodado "B", vivió una experiencia similar. El sargento mayor Pietrach, comandante del avión, sufrió múltiples impactos y perdió parte del ala, pero siguió volando con un solo motor. A pesar de los daños visibles, la base le ordenó aterrizar en el aeropuerto más cercano. Tras un vuelo de más de 150 km con la nave prácticamente colgando de una punta de ala, logró posarse de bruces sobre su fuselaje, demostrando una vez más la robustez del diseño.

Fortaleza con el pico arrancado

El bombardero estadounidense B‑17 "Mizpah" (n.º 42‑32109) fue alcanzado por un cañón antiaéreo alemán sobre Hungría el 14 de julio de 1944. La explosión desprendió la sección delantera del fuselaje, dejando sin casco al piloto y al observador, que murieron en el impacto. Aun así, la aeronave siguió en el aire durante diez minutos, tiempo suficiente para que la tripulación restante abandonara el avión en paracaídas. Sólo dos oficiales fallecieron; el resto fue capturado como prisioneros de guerra.

Se podía caminar por el agujero

El Spitfire Mk IX ML116 del teniente Stanisław Czarnecki recibió una explosión que perforó el fuselaje a mitad de altura, creando un agujero tan grande que se podía cruzar a pie. Aún con la estructura comprometida, el piloto logró regresar a base y el avión fue reconstruido.

En otra ocasión, el teniente Edward Jaworski aterrizó su Spitfire tras recibir una lluvia de proyectiles que le dejó un gran hueco en la cubierta. Las fotos de su avión, con la cabeza y los hombros sobresaliendo del agujero, se convirtieron en símbolo de la resistencia aérea.

Vuelo sin ala

El 20 de octubre de 2014, dos F‑16C de la Guardia Nacional de Kansas colisionaron durante un ejercicio. Uno se estrelló, mientras el otro perdió casi todo un ala. Sorprendentemente, el piloto mantuvo el control y voló unos 150 km antes de aterrizar de emergencia en su base.

En 1983, un F‑15 "Markia Shchakim" perdió casi toda su ala tras chocar con un A‑4N Skyhawk durante un entrenamiento sobre el desierto del Néguev. El piloto, utilizando los postcombustores y los sistemas de control electrónico, logró volver a la base de Ramon. Aterrizó a una velocidad de 480 km/h, dos veces la velocidad de aproximación habitual, y el avión se detuvo justo antes de la red de seguridad. Sólo después de salir del fuselaje mutilado se dieron cuenta de que había volado sin ala.

Estas historias demuestran que, cuando la estructura de una aeronave es excepcionalmente resistente y la pericia del piloto es sobresaliente, incluso los daños más graves pueden no ser sinónimo de pérdida total.