El canal pirata Veronica, los radiodifusores pillarizados y el programa deportivo Langs de Lijn son solo algunos de los recuerdos que aparecen al pensar en la radio. Este medio celebra su centenario en 2019 y, como era de esperar, nace un libro que analiza su historia.
El título original, The Radio: A Cultural History, indica de forma clara el objetivo del autor: explicar cómo la llegada de la radio transformó la sociedad, de manera comparable a la irrupción de Internet o del smartphone. En 1919 la radio era al siglo XXI lo que el smartphone es hoy: todos hablaban de ella y se vendía masivamente.
Arqueología de la radio
Huub Wijfjes, profesor de historia de la radio y la televisión en la Universidad de Ámsterdam, describe este proceso como una verdadera arqueología tecnológica. Desde el telégrafo sinhónico usado por los barcos hasta los tubos de onda corta, la creación del aparato final fue el resultado de un efecto bola de nieve técnico, sin un único inventor.
Uno de los personajes clave es el ingeniero holandés Hanso Idzerda, quien, sin proponérselo, realizó la primera transmisión regular el 6 de noviembre de 1919 desde su casa, marcando el nacimiento de la radiodifusión tal como la conocemos.
Un mundo nuevo
Veinte años después la radio se había convertido en un mueble más del salón. Familias enteras escuchaban música, noticias o radionovelas, y todo, sin pagar.
Según Wijfjes, la mayor revolución fue la disponibilidad cotidiana de música. Hasta la década de 1950 la mayor parte de la programación consistía en música en vivo, interpretada frente al micrófono. Lo más escuchado eran piezas clásicas y obras de orquestas holandesas.
Influencia en los oyentes
La radio no solo entretenía; también informaba. En los años 50, el 42 % del tiempo al aire en los Países Bajos se dedicaba a noticias y a la palabra hablada, frente al 26 % de EE. UU. y el 17 % del Reino Unido.
En esa época la sociedad holandesa estaba dividida en cuatro pilares (protestante, católico, socialista y liberal). Cada pilar tenía sus propios partidos, asociaciones y, a veces, sus propias escuelas. La radio, sin embargo, cruzó esas barreras. Wijfjes muestra cómo emisoras inicialmente religiosas intentaron educar a sus oyentes, pero pronto descubrieron que la audiencia sintonizaba también programas de otros pilares, como los concursos de VARA. Los emisores conservadores tuvieron que suavizar su contenido para no perder audiencia.
Los años dorados
Durante la época de mayor esplendor (1920‑1960) los emisores disponían de solo dos canales y programaban bloques de 15 a 30 minutos dirigidos a sus nichos. No había una parrilla fija; los horarios cambiaban cada semana.
La radio se adaptaba al ritmo familiar: noticias cuando el padre volvía a casa, programas de tejido y cocina para la madre por la mañana, dibujos animados para los niños después de la escuela y programas familiares por la noche. La música clásica y religiosa ocupaba hasta el 20 % del tiempo al aire.
La Segunda Guerra Mundial interrumpe esta época dorada. Wijfjes sitúa a Radio Oranje en su contexto real: solo unos pocos miles escuchaban sus quince minutos diarios de noticias, mientras la mayoría seguía los canales permitidos.
En 1960 la llegada de la televisión marcó el fin del dominio absoluto de la radio. La aparición de los receptores de transistores portátiles permitió que los jóvenes escucharan música pop en estaciones extranjeras o piratas, como el barco‑radio Veronica en el Mar del Norte.
El DJ inteligente
Veronica introdujo el formato de disc jockey al estilo estadounidense: un locutor que comentaba la música con humor y utilizaba jingles divertidos. En los años 60 esa fórmula resultó revolucionaria y se popularizó rápidamente.
Con la Ley de Medios de 1965 se estructuró el panorama: se creó un tercer canal, Hilversum III, y cada emisora obtuvo un perfil definido, facilitando la identificación por parte del oyente. Sin embargo, la llegada de canales comerciales siguió erosionando la audiencia de los radiodifusores públicos, aunque los programas deportivos se mantuvieron fuertes y hasta merecieron su propio capítulo en el libro.
Superposición de contenidos
El libro está dividido en dos partes. La primera narra la historia cronológica en tres capítulos; la segunda, escrita por especialistas en música, sociología y deporte, profundiza en temas como la música clásica, el pop, las noticias y la radio para holandeses en el extranjero. Esta organización genera cierta redundancia, pues muchos de los mismos temas aparecen en ambas partes.
Aunque la superposición es un punto débil, el libro compensa con abundantes fotografías y una reflexión que invita a imaginar cómo era la vida sin la inmediatez de los medios actuales. La radio, según Wijfjes, supuso un auténtico cambio cultural.
En la conclusión, el autor aborda la radio digital y otras novedades del siglo XXI, mostrando que, aunque hoy la radio compite con innumerables fuentes de información y entretenimiento, sigue siendo una opción atractiva, sobre todo en el coche.