Es bien sabido que las ciudades de Róterdam, La Haya y Arnhem fueron prácticamente arrasadas durante la Segunda Guerra Mundial. Pero las granjas también sufrieron: alrededor de nueve mil fueron destruidas. La investigadora Sophie Elpers ha escrito un libro sobre esta lucha por la reconstrucción.
Las granjas son esenciales en el paisaje rural de los Países Bajos. Sin embargo, durante y justo después de la guerra, en algunas zonas casi no quedaba ninguna en pie. Los planes de reconstrucción se gestaron ya durante el conflicto y provocaron intensos debates: ¿debían los nuevos edificios respetar la tradición o buscar la mayor innovación posible? En su obra Granjas de reconstrucción, Sophie Elpers, etnóloga del Instituto Meertens y asistente de investigación en el Centro de Conocimiento del Patrimonio Inmaterial, explora esa dicotomía.
¿Por qué surgió la tensión entre tradición y modernidad?
“Para ciertos grupos, la granja simbolizaba valores tradicionales y reforzaba la identidad nacional. No era solo una construcción para la agricultura o la ganadería; era un emblema de la comunidad. Tras la guerra se debatía si priorizar la modernización agrícola o preservar la cohesión nacional restaurando las granjas a su esplendor histórico.”
“El lema era unidad en la diversidad regional, pero la cuestión resultó más compleja de lo que parece. ¿Qué era típico de cada zona? Se elaboraron mapas de tipos de granjas vinculados a regiones concretas: por ejemplo, la granja de ‘cabeza‑cuello‑panza’ en Groningen o la granja cerrada del sur de Limburgo. Estos modelos se convirtieron en iconos que la reconstrucción debía respetar. Sin embargo, los modernizadores defendían la adaptación de esos tipos, pues los edificios nuevos respondían mejor a las exigencias agrícolas.”
¿Qué querían los agricultores?
“Al iniciar mi investigación imaginé que deseaban recuperar sus granjas tradicionales, ya que habían tenido que afrontar la pérdida. Pero los testimonios y los documentos históricos demuestran lo contrario. La mayoría no valoraba tanto la forma regional; buscaban modernizarse, disponer de un espacio práctico que les permitiera trabajar eficientemente.”
¿Cómo hicieron oír sus peticiones?
“A través de la organización y la protesta. Los agricultores se agruparon en asociaciones, como las de mujeres rurales. Curiosamente, estas mujeres se centraron menos en la parte económica –considerada dominio masculino– y más en el ámbito doméstico: la disposición de la cocina, la ubicación de las tuberías, el diseño de los dormitorios y la ausencia de corrientes de aire en la sala. Elaboraron folletos especiales que distribuían a los arquitectos.”
¿Fueron escuchados?
“Sí. Al comienzo del periodo de reconstrucción se erigieron muchas casas de granja con fachadas tradicionales pero interiores modernos. Los agricultores integraron comités asesores del Buró de Reconstrucción Agrícola, que coordinaba el proceso. Además, exigían influencia directa sobre el terreno, dialogando con arquitectos y constructores. Como resultado, no hubo una estandarización rígida; surgieron granjas individuales. Hay anécdotas curiosas, como la de un granjero que encerró a un arquitecto hasta que este fabricó las puertas del granero con la forma que él deseaba. Los arquitectos locales fueron preferidos porque conocían los requisitos regionales y los estilos constructivos propios.”
¿Existió una verdadera cultura de consulta y compromiso?
“La batalla entre modernidad y tradición fue bastante encarnizada, aunque también hubo intentos de conciliación. En los primeros años de la reconstrucción aparecieron granjas con aspecto tradicional y equipamiento moderno. Posteriormente, el sector agrícola, respaldado por el gobierno, adoptó posturas más inflexibles. El debate también giró en torno al control y la experticia: la Fundación para la Agricultura abogó por excluir a los arquitectos, sosteniendo que los granjeros podían valerse por sí mismos con carpinteros y obreros. Los modernizadores fueron ganando terreno, impulsados por la necesidad económica de reducir costos y actualizar las granjas. La mayoría de las granjas reconstruidas mantuvieron una apariencia regional, pero entre 1950 y 1955 se observó una clara tendencia a abandonar los tipos regionales.”
¿Qué motivó su investigación?
“Se conoce mucho sobre la destrucción y la reconstrucción de ciudades como Róterdam, La Haya y Arnhem, pero el campo ha sido mucho menos estudiado, pese a la magnitud del daño. Entre Groesbeek, Arnhem y Nimega apenas quedaba una granja en pie. Hoy aún se pueden ver las edificaciones de la época, lo que crea un vínculo directo con el presente. Además, el debate sobre la tradición sigue vigente: ¿cómo integrar establos modernos para la agricultura a gran escala? ¿Cómo diseñar nuevas granjas que armonicen con el paisaje y resulten estéticamente agradables? Estas preguntas siguen abiertas y hacen que la investigación sea apasionante.”
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