¿Aún guardas efectivo en la cartera? Hoy la mayor parte de los pagos se hacen de forma digital. Los bolsillos grandes para billetes son cosa del pasado; el futuro pertenece a los monederos compactos, donde caben solo tarjetas.
En NEMO Kennislink Live, la moderadora Desiree Hoving conversa con tres especialistas sobre la desaparición del efectivo, el control de nuestras finanzas y el auge de criptomonedas como el bitcoin.
Durante el programa, científicos explican de manera accesible los avances de sus campos y su impacto en la vida cotidiana. En 2018 el tema central es: "Todo bajo control".
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La música del artista callejero Deniz Kavafoglu da la bienvenida a los visitantes que llegan lentamente al NEMO Kennislink Live. El sonido de su handpan recorre los pasillos del museo, atrayendo también a los curiosos que están fuera. Puedes colaborar con una pequeña donación, en efectivo o mediante pin, en sintonía con la temática de la velada.
Resulta sorprendente que, aunque la mayoría de los asistentes paga con tarjeta, solo la mitad lleva monedas o billetes en el bolsillo y algunos ya no poseen una cartera física. ¿Se está volviendo escaso el efectivo?
El surgimiento de los bancos
El historiador económico Oscar Gelderblom recuerda que, hace unos sesenta años, todo se hacía en efectivo. Al final de mes recibías un sobre de pago para llevar a casa; hoy, el dinero se deposita automáticamente en tu cuenta.
"Hace cien años casi nadie tenía nada", afirma Gelderblom. Guardábamos todo lo que teníamos; con el crecimiento económico nos volvimos más ricos y ya no necesitábamos todo el efectivo para cubrir necesidades básicas.
Los bancos aprovecharon esa situación y empezaron a ofrecer cuentas de ahorro. Gelderblom explica: "Pagar, ahorrar, pedir prestado, asegurar: esas cuatro operaciones siempre han sido esenciales, y los bancos las gestionan". En los años 60 comprabas una barra de pan en la panadería; ahora puedes solicitar un préstamo con intereses.
Cuanto mejor iba la economía, más dinero depositábamos en los bancos y más grandes se volvían. Además de la cuenta de ahorros, los bancos empezaron a ofrecer préstamos e hipotecas con intereses, obteniendo así beneficios de nosotros.
Gelderblom subraya que ya no es necesario llevar una bolsa llena de efectivo al pagar facturas o al visitar a tu arrendador; todo ocurre de forma automática. ¿Significa eso que las monedas y billetes desaparecerán por completo y que los pagos pasarán únicamente por los bancos?
Dinero alternativo
El efectivo no es el único elemento bajo presión. Con el auge de las criptomonedas, ha surgido una alternativa digital. Hace unos diez años apareció la primera criptomoneda: el bitcoin. Su objetivo era eludir a la entidad central —el banco— y operar mediante una red descentralizada, reduciendo el poder de los bancos sobre nuestro dinero.
Todos en la sala habían oído hablar de esta alternativa y algunos ya son propietarios orgullosos de criptomonedas, entre ellos la segunda ponente, Anna Berlee, profesora asistente de derecho privado en la Universidad de Utrecht, cuya investigación se centra en criptomonedas y su tecnología subyacente.
Según Berlee, todavía no podemos considerar a las criptomonedas como dinero real. "Ahora son mera especulación, no un medio de pago, sino más bien un vehículo de inversión", afirma. El dinero puede dividirse en efectivo y fondos bancarios; la criptomoneda no encaja en ninguna de esas categorías, por lo que legalmente no se le reconoce como dinero.
El dinero como comunicación
Rob van Hilten, fundador y director de Qoin, ha creado más de sesenta sistemas de pago diferentes al euro en Europa. Para él, no importa que el bitcoin no se llame oficialmente dinero. "El dinero es comunicación. Puedes usar diferentes medios: llamadas, correos electrónicos, tuits… Decir que solo el euro sirve para la comunicación monetaria es muy restrictivo", explica.
Van Hilten sostiene que se necesitan varios sistemas de pago para garantizar la resiliencia: si uno falla, otro puede asumir la función. Además, permite elegir el sistema que más nos convenga. Históricamente siempre hemos coexistido con otras formas de intercambio: cuidando niños, intercambiando favores, etc., que complementan al dinero tradicional.
Control
Tras las presentaciones, se abrió un debate que retomó el mini‑quiz realizado al inicio. El punto más polémico surgió de la afirmación final del quiz: "Tenemos menos control sobre nuestras carteras que antes". ¿Qué entendemos por control? ¿Es conocer cuánto dinero poseemos? ¿Llevar la cuenta personalmente? ¿O simplemente ser consciente de nuestras decisiones financieras?
El público mostró desconfianza hacia las grandes tecnológicas y las fintech. La mayoría cree que apps como Tikkie y la reciente normativa PSD2 reducen nuestro control, ya que no podemos decidir qué hace un banco con nuestro dinero y la falta de transparencia genera incertidumbre.
No obstante, también contamos con más herramientas que nunca para tomar el control. Podemos transferir miles de euros al instante, comprar productos en el otro lado del planeta mediante PayPal, lanzar campañas de crowdfunding, crear tiendas online, etc. El problema es que la población promedio carece del conocimiento necesario para aprovechar plenamente estas tecnologías.
¿Adiós al efectivo?
Las nuevas tecnologías ofrecen infinitas posibilidades de gestión y control de pagos, pero también generan complejidad y hacen que la sensación de pérdida de control predomine. En última instancia, la innovación trae tanto más como menos control, según coinciden ponentes y audiencia.
¿Desaparecerá el efectivo definitivamente? Gelderblom asegura que no será tan pronto: "Al haber coexistido siempre con otros sistemas, el efectivo sigue siendo una solución parcial; nunca desaparecerá por completo ni volverá a crecer". Siempre habrá una parte de los pagos que se mantenga en efectivo, fuera del alcance de los bancos.
El dinero no es solo un medio virtual; el aspecto físico también es fundamental, pues hace tangible el valor. Admitámoslo: recibir un cupón de supermercado por una olla nos alegra más que acumularlo en una app, y un billete de cien dólares en la cartera genera una sensación distinta a la de cien euros en la cuenta bancaria.