historia historica

La independencia holandesa a menudo fue el juguete de las grandes potencias

Entrevista con Piet de Rooy

El historiador Piet de Rooy, en su libro Nuestra mancha en el mapa mundial, cuestiona la visión tradicional de que los Países Bajos se han desarrollado de forma tranquila, pacífica y tolerante. Según él, la cultura política holandesa se ha forjado a través de conflictos y coincidencias, y su supervivencia depende de que las potencias europeas le hayan concedido ese espacio. “Los Países Bajos creían que se movían, pero en realidad fueron movidos”, afirma de Rooy. Su obra fue nominada al Premio Libris de Historia 2014.

¿Por qué escribir un libro sobre la cultura política de los Países Bajos?

“A veces se dice que la historia es una profesión de ancianos. Con los años se acumulan lecturas y experiencias que permiten una visión de conjunto. Yo quería sintetizar lo que he leído y pensado a lo largo de mi vida, dejando mi huella en los debates actuales”.

Conclusiones principales de la investigación

El concepto de “cultura política” se emplea de forma diversa en distintas disciplinas. De Rooy propone una definición fija para facilitar el debate. Identifica tres dominios analíticos:

  • El sistema político, con la Constitución como eje.
  • La intersección entre la vida privada, el Estado y el mercado.
  • La actitud general de la población.

Además, sostiene que la singularidad de la historia holandesa no reside en rasgos como la amabilidad o la estabilidad emocional, sino en las circunstancias impuestas por su reducido tamaño y ubicación geográfica, lo que ha generado una gran dependencia de los movimientos internacionales.

Intervención extranjera en la historia neerlandesa

La supuesta independencia de 1813 es, según de Rooy, una ilusión. Tras la derrota de Napoleón, los Países Bajos dependieron de las fuerzas británicas y rusas. Su autonomía se mantuvo porque las potencias vecinas no estaban dispuestas a concedérsela mutuamente: Gran Bretaña temía que Francia controlara los puertos del Mar del Norte, mientras que Prusia no quería que los holandeses se unieran a su proyecto de unificación. Esta “tolerancia” se presentó como neutralidad y esfuerzo propio, una percepción que la Primera Guerra Mundial reforzó y la Segunda la desvaneció.

Relación actual con las superpotencias europeas

De Rooy describe la “tragedia” de la dependencia europea. La paz y prosperidad posteriores a 1945 son inconcebibles sin la Unión Europea, pero las elecciones europeas recientes revelan un fuerte descenso del apoyo. En crisis como Gaza y Ucrania, la seguridad neerlandesa depende de la cooperación europea, aunque la población se siente cada vez más alejada de ella.

Inequidad y cultura política

El libro señala la discrepancia entre el discurso de igualdad (heredado de la Revolución Francesa y la Batava) y su puesta en práctica. La igualdad política se limitó a quienes “la merecían”, y aunque con el tiempo se amplió, persisten brechas de género y sociales. De Rooy critica la “auto‑enriquecimiento exhibicionista” del sector bancario como un fenómeno social problemático que genera tensiones.

Los Países Bajos como “laboratorio” de la civilización

Al no poder sostener un ejército propio, los Países Bajos han dependido históricamente de alianzas y de su riqueza para contratar mercenarios. A partir del siglo XVIII, la pérdida de esa posición financiera obligó al país a buscar seguridad a través de la diplomacia, convirtiéndose en un “campo de pruebas” para ideas de moralidad y progreso. Como señaló el historiador W.J. Hofdijk en 1864: “Es más bello ser el más moral que el más poderoso”. De Rooy interpreta esto como la raíz de la idea holandesa de ser un “país guía”, una estrategia que transforma la debilidad en fortaleza.


Publicación anterior