El Museo Nacional de Antigüedades de Leiden ha experimentado una transformación total. Tras siete meses de cierre para una urgente renovación del edificio, los curadores aprovecharon la ocasión para reorganizar gran parte de la colección. Las salas dedicadas a la cultura material de los antiguos griegos, etruscos y romanos reciben ahora una presentación totalmente nueva, y Kennislink vale la pena visitar.
Hombre rezando
Bronce, griego, 1580‑1475 a.C., hallado en Creta, h. 14 cm. Es el objeto de bronce más antiguo de la colección greco‑romana del museo. Procede de la civilización minoica, floreciente entre 2000 y 1450 a.C., y se encontró cerca de las ruinas del palacio de Phaistos. El hombre lleva una falda tipo delantal y un sombrero plano; sus manos están cruzadas sobre el pecho y la cara, como si estuviera rezando.
Cabeza masculina de Chipre
Caliza, siglo V a.C., hallada en Chipre, h. 34 cm. Formaba parte de una estatua a gran escala, probablemente destinada a un templo o santuario como ofrenda a la deidad local. Su alto coste indica que el donante pertenecía a una de las familias más ricas de la isla bajo dominio persa. El rostro combina rasgos típicos arcaicos griegos –ojos almendrados y sonrisa de “arcaico”– con una barba y peinado ondulados que reflejan la moda de la corte persa de la época.
Venus desnuda
Marfil, griego, 300‑100 a.C., h. 60 cm. La primera escultura femenina desnuda renderizada de forma realista es la Afrodita de Praxíteles, del siglo IV a.C. La diosa parece estar a punto de bañarse y cubre su desnudez con una mano. Esta pieza pertenece al tipo Venus Capitolina, en la que la diosa protege su cuerpo con ambas manos.
Dionisio ebrio
Marfil, helenístico, ca. 100 d.C., hallado en Esmirna (Turquía), h. 81 cm. Era la cabeza de una estatua colosal del dios del vino. El pelo suelto y la expresión facial abierta, con boca y ojos huecos, son típicos del estilo helenístico.
Obsequio a Ana de Borbón
Osiris Canopo. Alabastro, helenístico, siglo I d.C., hallado en Tivoli (Italia), h. 60 cm. En la ciudad egipcia de Canopo, Osiris se veneraba mediante una vasija decorada con la cabeza del dios, símbolo del agua fértil del Nilo. Esta pieza fue encontrada en la villa del emperador Adriano en Tivoli, quien recreó allí una parte de Canopo. En 1846 el Papa Pío IX la regaló a la reina Ana de Borbón durante su visita al Estado Pontificio. En préstamo de las Colecciones Reales, La Haya.
Caja etrusca
Alabastro, etrusco, 200‑50 a.C., hallada en Volterra (Italia), 92,5 × 77 × 26 cm. Los etruscos admiraban profundamente el arte y la mitología griegos, algo que se refleja en este cofre. El relieve frontal muestra una escena de la Odisea: a la izquierda, Ulises escapa de la cueva del cíclope Polifemo; a la derecha, huye en barco con sus hombres, asistido por la diosa etrusca Vanth.
Pan romano
Marfil, romano, siglo I‑III d.C., h. 109,8 cm. El dios de la naturaleza Pan aparece como un niño desnudo con cuernos. En su mano izquierda sostiene una flauta de pan, y en la derecha un bastón de pastor. La postura contrapposto, inventada por los escultores griegos del siglo V a.C., le da al cuerpo una ligera curva dinámica. Es una copia romana de un original griego de Policleto.
Al entrar al museo, la primera impresión es que poco ha cambiado: el auténtico templo de Isis sigue en su sala y las mesas con libros siguen detrás de la taquilla. Sin embargo, al avanzar hacia los primeros y segundos pisos, donde antes estaban las exposiciones temporales, aparecen ahora las salas dedicadas a la cultura material de griegos, etruscos y romanos. La sección egipcia aún está en obras y reabrirá en 2027.
El curador Ruurd Halbertsma explica que la exposición se basa en el concepto de rhythmos, el ritmo, tomado de la filosofía aristotélica: una obra solo “se mueve” cuando parece estar en movimiento. El término central es “contexto”, entendido como la interacción entre las culturas griega, etrusca y romana. Los objetos ya no se presentan como piezas aisladas, sino como testimonios de influencias mutuas. Esta reinterpretación constituye el cambio más significativo.
Mundo fantástico
Al subir al segundo piso, la primera sala está dedicada a la Grecia antigua (c. 3000‑500 a.C.). En esa época la cultura griega absorbía influencias del Mediterráneo, como la escultura egipcia, que inspiró a los artesanos griegos a crear estatuas rígidas al estilo egipcio. La cerámica de la época muestra motivos orientales, como un jinete griego en un mundo fantástico con esfinges y leones. La jarra de vino que ilustra esta escena es una adquisición reciente para la reapertura.
La sala está organizada geográficamente y cuenta con una proyección móvil en el suelo que muestra las rutas comerciales de la época y los productos que estas generaron. Los objetos se exhiben en vitrinas iluminadas, visibles desde todos los ángulos.
Imágenes en movimiento
Para pasar a la segunda fase de la Grecia clásica, hay que volver a la escalera y girar a la izquierda. En el primer piso se destaca el auge de Grecia a partir de c. 500 a.C., cuando dominó el Mediterráneo. La exposición muestra cómo la cultura griega influyó hasta la India; por ejemplo, las túnicas tibetanas actuales derivan de la vestimenta de los soldados de Alejandro Magno.
Al entrar, se encuentran numerosos vasos que narran historias de dioses y hazañas olímpicas. Los vasos están organizados por tema, no cronología. Antes de la reapertura, se realizó una investigación exhaustiva sobre su historia de restauración, que data de 1818, año de fundación del museo.
En el centro de la sala se ubica una galería de esculturas que ilustra la evolución del modelado, pasando de la rigidez egipcia a representaciones en movimiento que buscan superar la naturaleza.
Palomar para los muertos
Desde aquí se accede a la galería etrusca, que sirve de puente con la sala romana. Se observan las influencias griegas sobre los etruscos, que a su vez las transmitieron a los romanos.
Al entrar en la sección romana, una galería de esculturas se sitúa frente a un mapa que muestra la extensión de la cultura romana. Un columbarium alberga urnas con cenizas y epitafios, como el de Flavia, que recuerda a su esposo tras doce años de matrimonio sin disputas, o el de un esclavo fallecido justo antes de su liberación.
“Nuevos en esta sala romana son dos tritones, originalmente del Rijksmuseum de Ámsterdam”, comenta Halbertsma. “Se pensaba que eran objetos italianos del siglo XVI, pero resultan ser romanos. Los tritones formaban parte de los ejes de los carruajes, a los que se sujetaban los caballos. Los galos y celtas enterraban a veces todo el carro, pero, por la dificultad, los guerreros romanos sólo incluían los tritones en la tumba.”
Veredicto final
En todas las salas hay paneles informativos con textos claros y de gran tamaño, y etiquetas específicas junto a cada objeto. Se puede contratar una audioguía, disponible también en versión infantil, aunque el museo no está pensado como espacio lúdico para niños.
El concepto de ritmo se percibe de forma variable: en algunas salas se aprecian armonías de colores, luces sorprendentes y momentos de contemplación, mientras que en otras el ritmo resulta más sutil. Lo que sí es evidente es la eficacia de la nueva disposición para mostrar cómo las culturas del Mediterráneo se influenciaron mutuamente, especialmente entre griegos, etruscos y romanos.
La información es clara sin ser excesiva, y la visibilidad de los artefactos es excelente. Los objetos están al alcance visual, sin estar siempre tras vidrio, lo que invita al visitante a imaginar que, al igual que los antiguos, pudo haberlos tocado. Una experiencia que coloca al público “codo a codo” con los grandes del pasado.