La transición de China de una economía agraria a una superpotencia global en medio siglo es uno de los mayores éxitos económicos de la historia. En los años 70, más del 88 % de la población vivía con menos de 2 USD al día y el PIB apenas alcanzaba los 92.600 millones de dólares, frente a los 1,073 billones de EE. UU.

Como dijo Eckhard Tolle, “El pasado no tiene poder sobre el presente”. Desde entonces, China se ha convertido en una de las economías de mayor crecimiento durante tres décadas y un actor clave del comercio internacional. La clausura de sus ciudades en marzo de 2020 paralizó la producción mundial de juguetes, piezas de automóviles y mucho más, demostrando su influencia global.
¿Cómo logró pasar de la pobreza extrema a la cima en unas cuatro décadas? La respuesta está en la combinación de liderazgo, reformas estructurales y apertura al exterior.
El Gran Salto Adelante (1958‑1962) y sus consecuencias
El 1 de octubre de 1949 Mao Zedong proclamó la República Popular de China. Su política del Gran Salto Adelante buscó transformar el país en una potencia industrial, pero provocó una hambruna que costó la vida a decenas de millones de personas. Tras la muerte de Mao, Deng Xiaoping asumió el liderazgo y marcó un punto de inflexión histórico.

1978: los hitos que cambiaron a China
El 13 de diciembre de 1978 Deng pronunció un discurso en el que instó al Partido Comunista a “liberar sus mentes, buscar la verdad y mirar al futuro”. Criticó la rígida adhesión a la teoría y abogó por un Estado socialista moderno y poderoso.

Bajo la política de “reforma y apertura”, China abandonó las limitaciones ideológicas, rompió con el modelo soviético y adoptó medidas basadas en la práctica. El país pasó de una economía planificada a una orientada al mercado global, lo que desencadenó un crecimiento sin precedentes. Según el presidente del Banco Mundial, Jim Kim, el ingreso per cápita se multiplicó 25 veces y más de 800 millones de chinos salieron de la pobreza, representando más del 70 % de la reducción mundial de la pobreza.
La productividad, arma clave de China
Los estudios indican que, aunque la inversión de capital creció alrededor del 7 % anual entre 1979 y 1994, su contribución al crecimiento disminuyó. En cambio, la productividad laboral se volvió el motor principal, pasando a representar más del 50 % del aumento de la producción, mientras la participación del capital cayó por debajo del 33 %.
Entre 1979 y 1994 la producción creció a una tasa anual del 3,9 %, frente al 1,1 % de 1953‑1978. En comparación, la productividad de EE. UU promedió solo 0,4 % entre 1960 y 1989. Las reformas fueron esenciales para este salto.

¿Cómo aumentó la productividad tras la reforma?
El cambio rural fue decisivo. Antes de 1978 casi el 80 % de la población trabajaba en agricultura; en 1994 esa cifra se redujo a la mitad. La reforma de los derechos de propiedad y la descolectivización impulsaron la creación de pequeñas empresas familiares, más eficientes y rentables. Estas empresas abastecían al mercado con bienes de consumo que el sector estatal no producían.
Los líderes empresariales obtuvieron mayor autonomía para fijar precios y reinvertir utilidades, lo que estimuló la creación de empleo y la innovación. La migración de millones de agricultores a actividades manufactureras de mayor valor añadido transformó la estructura productiva del país.
En resumen, la descolectivización y la creciente demanda de bienes de consumo allanaron el camino hacia una economía industrializada.
La política de puertas abiertas y las Zonas Económicas Especiales
Otro factor indispensable ha sido la apertura gradual. Desde 1980, China creó Zonas Económicas Especiales (ZEE) como Shenzhen, Zhuhai, Shantou y Xiamen, ofreciendo incentivos fiscales y regulatorios para atraer inversión extranjera y tecnología.

En estas zonas los inversores pueden construir infraestructura sin autorización previa, gestionando sus inversiones y decisiones de mercado de forma autónoma. El modelo resultó un éxito: la población de Shenzhen pasó de 30 000 en 1979 a más de un millón a principios del siglo XXI.
Impulsado por este éxito, en 1984 se abrieron 14 ciudades costeras adicionales y, a partir de 1992, se replicó el modelo en otras regiones. Las ZEE han canalizado recursos internacionales, impulsado la industria y favorecido la integración de China en la economía global.
Desde 1978, la inversión extranjera directa (IED) creció de 0 mil millones a 135 mil millones de dólares en 2017, con una tasa anual del 16 %. En 40 años, la IED acumulada supera los 2 billones de dólares, representando 10 % del empleo urbano, 20 % de la recaudación fiscal y casi la mitad del comercio exterior chino.
Intentos previos de industrialización
China había intentado industrializarse en tres ocasiones anteriores, comenzando tras la derrota de la Segunda Guerra del Opio (1860). A pesar de algunos avances, la falta de recursos y la mala gestión impidieron resultados sostenibles.
El fracaso no se debió a la ausencia de mercado o derechos de propiedad; de hecho, la dinastía Qing tenía sistemas de mercado comparables a Europa. Lo que cambió en el cuarto intento fue el enfoque gradual, experimental y centrado en la población rural.
¿Por qué el cuarto intento tuvo éxito?
Deng Xiaoping rechazó copiar modelos occidentales o soviéticos y adoptó una estrategia “de abajo hacia arriba”. Primero reformó la agricultura, luego fomentó la manufactura para generar divisas y, finalmente, estableció políticas industriales que incentivaron las exportaciones.

Mientras la producción industrial de Asia en desarrollo creció un 65 %, la de China aumentó un 100 % en el mismo periodo, consolidándose como la mayor potencia productiva del mundo.
Conclusión
El éxito económico de China no es fortuito. Tras décadas de experimentación y errores, las reformas de Deng transformaron una economía agraria en la mayor fábrica del planeta, responsable de casi la mitad de la producción industrial mundial. La apertura mediante ZEE y la atracción de IED reforzaron su integración global. Hoy China se consolida como una superpotencia en economía, tecnología, defensa y diplomacia, posicionándose como el principal rival de Estados Unidos.