Introducción
Cada vez que una figura pública menciona el excepcionalismo americano, los estadounidenses curiosos acuden a mi sitio web, que se ha convertido en la referencia número uno para responder la pregunta: “¿Qué es el excepcionalismo americano?”. El último impulso de tráfico lo dio Hillary Clinton, quien utilizó la expresión en un discurso el 31 de agosto de 2016. Hasta 2010 pocos conocían el término; desde entonces se ha extendido a ambos partidos, a pesar de que la mayoría nunca supo realmente a qué alude.
¿Qué implica realmente?
El excepcionalismo no es simplemente decir que Estados Unidos es “diferente” o “único”. Todo país es distinto y posee rasgos propios. Lo que implica el excepcionalismo es la creencia de que EE. UU. sigue una trayectoria histórica que trasciende las leyes y normas que rigen a otras naciones: es una excepción, el portador de la libertad y moralmente superior a lo que se denomina “Europa”. La dicotomía “Europa vs. América” ha sido el marco que ha moldeado esta idea.
Orígenes académicos y la figura de Tocqueville
Algunos atribuyen el término a Alexis de Tocqueville en la década de 1830, pero él solo describió a la sociedad estadounidense como “excelente”. Tocqueville sostenía que los americanos carecían de cultura y ciencia, y que debían recurrir a los anglosajones de Gran Bretaña para obtenerlas. No obstante, esa no es la acepción actual del excepcionalismo.
Para Tocqueville, la democracia estadounidense era un modelo a estudiar, no una ideología. Creía que EE. UU. anunciaba un futuro posible de democratización en Europa, más que representar un estado civilizatorio inrepeatable.
El aporte estalinista
Se ha sugerido que el socialista alemán Werner Sobart acuñó la expresión, pero él solo señaló que el capitalismo abundante de EE. UU. hacía que el socialismo fuera temporalmente inviable allí. Fue, de hecho, la propaganda estalinista de 1929 la que popularizó el término, convirtiéndolo en una herramienta para criticar a los comunistas estadounidenses como Jay Lovestone, quien argumentaba que la economía capitalista de EE. UU. había eliminado el impulso revolucionario.
Tras el Pacto germano‑soviético de 1939 y durante la Guerra Fría, muchos marxistas estadounidenses mantuvieron la idea de que el éxito económico había enterrado para siempre la lucha de clases en su país.
Reagan y la glorificación del “farol de esperanza”
Ronald Reagan reforzó la imagen de EE. UU. como una gran nación, presentándola como el “farol de esperanza” que, según él, había surgido de un sermón puritano de 1630 de John Winthorpe. Winthorpe hablaba de una comunidad protestante, no de una nación, pero Reagan y sus seguidores reinterpretaron la frase para dotarla de un sentido nacionalista y excepcionalista.
Esta reinterpretación, lejos de provenir de la divinidad, tiene raíces marxistas: la noción de una civilización moralmente superior que guía al mundo se transformó en una doctrina ortodoxa en el siglo XXI, especialmente después del 11‑septiembre.
Del 11‑S al declive económico
Los discursos de George W. Bush y sus partidarios presentaron la “libertad” americana como el objetivo del terrorismo islámico, reforzando la idea de una singularidad moral. La crisis financiera de 2007‑2010, sin embargo, expuso la creciente desigualdad que había empezado en la era Reagan, y el excepcionalismo pasó a estar más asociado con la hegemonía militar que con la prosperidad interna.
El papel de la decadencia en la ideología
Curiosamente, el declive es el motor del excepcionalismo. Cuanto menos evidente resulta la superioridad de EE. UU., más los defensores del concepto insisten en una ortodoxia que justifique la supremacía. En tiempos de polarización, el excepcionalismo se convierte en un grito de campaña más que en una reflexión académica.
Excepcionalismo en la política contemporánea
Cuando Hillary Clinton adoptó la retórica del excepcionalismo, reflejó el consenso político que Donald Trump rechaza. Al prometer “hacer a América grande otra vez”, Trump implica que el país no es “grande” ahora ni lo ha sido nunca. El Partido Republicano ya no es el único portador del discurso; los demócratas también lo utilizan para movilizar a sus bases.