Combatiente incansable, defensor inflexible de la democracia, poeta de sensibilidad rara y, al mismo tiempo, hombre de acero en sus convicciones, Alekos Panagoulis se convirtió en un símbolo de resistencia, un faro de esperanza y un ejemplo eterno que toda generación necesita en tiempos difíciles.
Hoy, 83 años después de su nacimiento (2/7/1939), la revista dedica unas líneas a su vida, su lucha, su muerte y su legado, con la esperanza de que su ejemplo siga vivo y continúe inspirando. "Panagoulis vive" fue el grito de cientos de miles de ciudadanos en su funeral, el 46.º aniversario del cual se transformó en una enorme manifestación en Atenas.
CENTRO UNION, POLitéCNICO, FANTAROS, LIPOTAKTIS
Panagoulis nació en Glyfada, con raíces en Ilia por parte de su padre, oficial del ejército, y en Lefkada por parte de su madre. Desde joven se involucró en la política demócrata, siguiendo al Centro Unión de Georgios Papandreou y participando en su rama juvenil (ONEK). Estudió Ingeniería Mecánica y Eléctrica en la Universidad Técnica Nacional de Atenas y, tras cumplir el servicio militar, fue testigo del golpe de los coroneles el 21 de abril de 1967.
Desertó del 85.º Regimiento de Infantería en Veria, fundó la organización "Resistencia Nacional" y su ala militante LAOS (Organización de Sabotaje del Pueblo). Se exilió en Chipre, donde buscó apoyo islandés y elaboró planes de acción para el regreso a Grecia.
EL INTENTO DE ASESINATO DE GEORGIOS PAPADOPOULOS
En agosto de 1968 regresó clandestinamente a Atenas y, junto a sus compañeros, planificó el asesinato del dictador Georgios Papadopoulos. El 13 de agosto, en la avenida costera de Souniu, colocaron explosivos en el kilómetro 31, ruta habitual del dictador desde su residencia de verano en Lagonisi.
Panagoulis se ocultó entre rocas, pero un cable enredado le obligó a cambiar de posición, perdiendo visibilidad. Al accionar el detonador con retraso, el coche de Papadopoulos pasó ileso. Fue arrestado minutos después.
El plan original incluía lanzar miles de clavos doblados por la ciudad, provocar incendios con bombas Molotov en lugares emblemáticos y crear caos de tráfico para facilitar la fuga. Sin embargo, la hesitación de los cómplices hizo que nada se ejecutara. La explosión reveló que los explosivos provenían de paquetes diplomáticos del Ministerio de Relaciones Exteriores.
LAS TORTURAS DE THEODOROS THEOFILOGIANNAKOS
Tras ser trasladado a la ESA, Panagoulis fue interrogado por el mayor Theodoros Theofilogiannakos, uno de los torturadores más brutales del régimen. Lo ató, le quemó la mano con un cigarrillo, le tiró del cabello y lo golpeó repetidamente, llegando incluso a torturas sexuales.
Otros torturadores, Mallios y Babalis, le introdujeron una aguja de hierro en la uretra, calentándola para infligir más dolor. Días después fue transferido al Hospital Militar 401 en estado de coma, encadenado a la cama.
EL JUZGADO Y LA SENTENCIA DE MUERTE
El 4 de noviembre se inició el juicio ante el Tribunal Militar de Emergencia de Atenas. Panagoulis, exhausto por la tortura, se negó a señalar a sus compañeros y asumió la responsabilidad total del atentado. El 17 de noviembre fue condenado a muerte en dos sentencias, mientras que la mayoría de los acusados recibió largas penas de prisión.
Figuras internacionales, como el observador Denis Langlois de la Federación Internacional de Derechos Humanos, denunciaron la sentencia como un intento político de silenciar la oposición.
MOVILIZACIÓN INTERNACIONAL Y EL PELIGRO DE LA EJECUCIÓN
La ejecución debía ejecutarse en 72 horas, pero Panagoulis rechazó solicitar clemencia. La presión internacional –manifestaciones masivas, declaraciones de la ONU, el Papa Pablo VI y gobiernos occidentales– obligó al régimen a suspender la pena.
Fue trasladado a prisiones en Egina y luego a Boyati (actual Agios Stefanos). Allí continuaron las torturas diarias. En junio de 1969, con la ayuda de un guardia, intentó escapar, pero fue recapturado tras la traición de su antiguo compañero Takis Patitsa.
INTENTOS DE ESCAPE Y LOS "POEMAS SANGRANTES"
En prisión, Panagoulis inició una huelga de hambre y exigió una cisterna en su celda. El director Nikolaos Zacharakis accedió, y Panagoulis comenzó a cavar con una cuchara, tirando el barro a la cisterna. El 18 de noviembre logró abrir un agujero, pero fue interceptado antes de salir.
En febrero de 1970 fue recluido en aislamiento, en una celda de 3 × 1,5 m, mitad bajo tierra. En abril, su colchón de paja se incendió; fue rescatado con un 92 % de CO₂ en sangre, pero sobrevivió milagrosamente.
Sin papel ni lápiz, convirtió el polvo de la pared en su tinta y siguió escribiendo poemas que se convirtieron en himnos de resistencia, como "Luchas comienzan, nuevas luchas…" (musicalizado por Mikis Theodorakis en 1971).
ENCUENTRO CON ORIANA FALLACI
En agosto de 1973, tras una amnistía general, Panagoulis fue liberado. La periodista italiana Oriana Fallaci logró entrevistarlo; la conversación se transformó en una profunda relación amorosa.
En esa entrevista Panagoulis dijo: "No busqué matar a un ser humano, buscaba matar a un tirano". Ambos abandonaron Grecia y se establecieron en Florencia, donde continuó organizando la resistencia contra la junta.
REGRESO A GRECIA Y CARRERA POLÍTICA
Con la caída de la dictadura en 1974, Panagoulis regresó, reconstituyó la Juventud Democrática Helénica (EDIN) y fue elegido diputado por el distrito 2 de Atenas bajo la Unión del Centro‑Nuevas Fuerzas (EK‑ND).
Su principal objetivo fue desenmascarar a los políticos que colaboraron con la junta. Sus denuncias lo pusieron en conflicto con su propio partido y con figuras como Dimitris Tsatsos y el ministro de Defensa Evangelos Averof, recibiendo amenazas y ataques a su oficina.
EL EXPEDIENTE "SINFUL" DE LA ESA
Obtuvo parte del archivo de la ESA (Departamento de Investigación Especial de la Policía Militar) y comenzó a publicar documentos que incriminaban a políticos colaboracionistas a partir del 19 de abril de 1976. El fiscal militar Michalis Zouvelos ordenó la suspensión de las publicaciones para verificar su autenticidad.
MUERTE EN LA PREMIERA DE 1976
Desafiando la orden judicial, Panagoulis anunció que entregaría todos los documentos al Parlamento. Sin embargo, la madrugada del 1.º de mayo de 1976, mientras conducía su Fiat Mirafiori (regalo de Fallaci) por la avenida Vouliagmenis, perdió el control del vehículo cerca de Agios Dimitrios y se estrelló contra un taller subterráneo.
Testigos vieron varios coches seguirlo a alta velocidad. A pesar de los esfuerzos de un taxista que lo socorría, Panagoulis falleció en el acto, a los 36 años.
¿ACCIDENTE O ASESINATO?
El caso generó una fuerte conmoción. La prensa oficial hablaba de accidente, mientras la oposición sospechaba de un asesinato político. El fiscal Dimitris Tsevás declaró que la investigación contemplaba todas las hipótesis y que había "grandes márgenes lógicos" para una acción criminal.
El primer ministro Konstantinos Karamanlis prometió una investigación exhaustiva, pero la oposición exigía claridad. La mayoría del pueblo creyó que se trató de un asesinato y la multitud se volcó a la cementerio con consignas como "¡Averoff, renuncia!", "¡Fuera la CIA!" y "El pueblo no olvida, se organiza, gana".
Cuatro días después, el 31‑de‑mayo, el sospechoso de los vehículos desconocidos, Mihalis Stefas, declaró que Panagoulis habría chocado tras una colisión con su propio coche, alegando que el vehículo tenía una matrícula extranjera.
Un año después, en el juicio, su madre, Athena Panagoulis, sostuvo que su hijo fue víctima de un homicidio perfecto. Stefas fue condenado a 3,5 años; en apelación la pena se redujo a 11 meses, pagados mediante multas.
"UN HOMBRE", EL LEGADO DE FALLACI
Treinta años después del fallecimiento, Oriana Fallaci publicó "Un hombre", donde describió su amor por Panagoulis y la tragedia de su muerte. En sus palabras, él buscó la libertad y la verdad, y pagó con su vida.
Como decía su madre: "Alejandro Panagoulis fue condenado a muerte porque buscó la libertad. En 1976 murió porque buscó la verdad y la encontró". Su figura sigue viva como símbolo de lucha, valentía y compromiso con la democracia.
Los lágrimas que vemos renacer en nuestros ojos nunca deben convertirse en señal de desesperación; son promesa de lucha y de victoria.