Introducción
Antes de que el éter fuera empleado como el primer anestésico moderno —experimento exitoso de Crawford Williamson Long en 1842— los médicos recurrían a técnicas muy rudimentarias para inducir el sueño y disminuir el dolor durante la cirugía.
Mesopotamia: compresión de las arterias carótidas
En la antigua Mesopotamia, la forma más frecuente de «anestesia» consistía en ejercer una fuerte presión sobre las arterias carótidas del paciente. La compresión provocaba una pérdida momentánea de la conciencia, permitiendo al cirujano operar.
Egipto: frío y la piedra de Memphis
Los egipcios, avanzados para su época, comprendían que el frío reducía la circulación sanguínea y, por ende, la sensibilidad al dolor. Utilizaban nieve y agua helada como agentes analgésicos.
Otro recurso curioso era la llamada piedra de Memphis. Según la tradición, triturar esta piedra sobre la zona a tratar aliviaba el dolor, aunque su efectividad real era más bien simbólica.
Roma antigua: mandrágora y sustancias psicoactivas
En el Imperio romano la mandrágora era el anestésico de referencia. Esta planta posee propiedades sedantes y se empleaba para adormecer al paciente antes de la intervención.
Con el paso de los siglos, la mandrágora dio lugar a sustancias más potentes, como el hashish, el opio y el alcohol, que se usaban de forma cada vez más frecuente para lograr un estado de inconsciencia.
La Edad Media y la búsqueda de la anestesia
Durante la Edad Media se mantuvieron y combinaron muchas de estas prácticas. Para profundizar en el tema, se puede consultar el artículo completo en Pillole di Storia.