
Introducción
Los artículos sobre la reina María Antonieta siempre atraen a muchos lectores. Por eso, además de los textos habituales, aquí retomamos un artículo escrito para Notizie.it que recrea brevemente sus últimos momentos, desde el encarcelamiento hasta la guillotina, la exhumación y el traslado final a Saint‑Denis.
La sentencia del Tribunal Revolucionario
El carácter orgulloso de María Antonieta quedó patente en sus últimos días. Un documento oficial recoge su reacción al escuchar la condena a muerte: «No mostró el más mínimo signo de miedo, indignación o debilidad; bajó los escalones sin decir palabra, sin hacer gesto alguno, cruzó el salón como si no viera ni oyera a nadie, y al llegar a la barandilla donde estaba la multitud, alzó la cabeza con toda su majestad».
Los últimos momentos en la Conciergerie
Rosalie Lamorlière, la joven sirvienta que acompañó a la reina en sus últimas horas en la Conciergerie, dejó un valioso testimonio. La mañana del 16 de octubre de 1793, Rosalie entró a la celda a las siete y le preguntó a María Antonieta si necesitaba algo: «Mi hija, ya no necesito nada, se acabó para mí», respondió la reina.
A las ocho, los guardias le ordenaron prepararse, prohibiéndole usar negro. María Antonieta optó por un largo vestido blanco, el color de luto tradicional de las reinas francesas.
El verdugo Sanson le cortó el largo y hermoso cabello; le ataron las manos detrás de la espalda, una humillación que la monarca aceptó con resignación.
El camino a la guillotina
A diferencia de Luis XVI, que fue conducido en carruaje y sin ataduras, María Antonieta subió a una carroza sucia destinada a los condenados. Se sentó en una tabla de madera incómoda que temblaba con cada bache del camino. A pesar del cansancio, el pálido semblante y la angustia, mantuvo la mirada fija al frente y no se dejó perturbar por los insultos de la muchedumbre.
Al llegar a la Place de la Révolution (actual Place de la Concorde), se negó a que la ayudaran a bajar del vehículo y subió los escalones con coraje y serenidad.
Algunas fuentes —no confirmadas por todos— afirman que, al subir, pisó accidentalmente el pie del verdugo y, disculpándose, dijo: «Lo siento, señor, no lo hice a propósito».
La ejecución y el entierro
Al mediodía, el verdugo mostró la cabeza de la ex soberana a los presentes. Su cuerpo fue depositado en una de las numerosas fosas comunes del cementerio de la Madeleine.
Exhumación y traslado a Saint‑Denis
Pasaron los años y la situación política cambió. Luis XVIII, hermano del depuesto Luis XVI, quiso reparar en parte la falta de acción de su hermano durante la Revolución. Ordenó la exhumación de los restos de los monarcas y su reubicación en la cripta de Saint‑Denis, la capilla de los reyes de Francia.
Así, los cuerpos de Luis XVI y María Antonieta fueron reconocidos y enterrados con dignidad en la basílica de Saint‑Denis.

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