Un reino de sirvientes y tareas insólitas
El palacio de Versalles, símbolo del poder absoluto de Luis XIV, albergaba una verdadera ciudad bajo su techo. Además de los cientos de empleados que atendían al rey, existían oficios tan peculiares que resultan difíciles de imaginar hoy día.
La cámara del rey: una verdadera fábrica
En la habitación del monarca trabajaban, sin descanso, los primeros caballeros y el primer valet. Además, había 40 valet y 4 relojeros, de los cuales uno tenía la única misión de recargar la caja del reloj del rey cada día.
Los señalizadores de la misa
Al menos dos señalizadores estaban siempre a la espera para preguntar al soberano a qué hora deseaba que se celebrara la misa. Era una tarea “muy delicada”, ya que la puntualidad de los servicios religiosos dependía de ellos.
Los portadores de agua y el temor a la modernidad
Otro grupo curioso era el de los portadores de agua, responsables de suministrar al rey la bebida más fresca. Cuando en la corte se instaló un moderno inodoro de estilo inglés, muchos temieron perder sus puestos, pues la nueva instalación reducía la necesidad de algunos servicios. Sin embargo, para evitar conflictos, todos mantuvieron sus cargos.
¿Qué más se hacía?
El palacio contaba con cientos de cargos adicionales: desde cocineros que preparaban platos imposibles de replicar, hasta vestidores que cuidaban cada detalle del atuendo real. Cada puesto, por extraño que pareciera, tenía el objetivo de satisfacer al rey y a su corte en cualquier capricho.
Así, Versalles no solo fue una obra maestra de arquitectura, sino también un laboratorio de empleos únicos, diseñados exclusivamente para complacer a Luis XIV y a su séquito.