En la época medieval los castillos contaban con varios sistemas para proporcionar calor, aunque la eficiencia dependía de los recursos disponibles, la arquitectura y la época. A continuación se describen los métodos más habituales.
Chimeneas
Las grandes salas, cocinas y cámaras privadas solían disponer de chimeneas de piedra o ladrillo, a menudo decoradas con relieves. La leña, principal combustible, se quemaba para generar calor y luz.
Hogares abiertos
En los espacios comunes, como el gran salón, se utilizaban hogueras abiertas sobre plataformas de piedra. Estas fogatas servían tanto para calentar la estancia como para cocinar.
Braseros y sartenes
Para complementar la calefacción de habitaciones individuales se empleaban braseros y sartenes portátiles llenos de brasas encendidas. Podían situarse estratégicamente o trasladarse según la necesidad.
Conductos de calor en las paredes
Algunos castillos incorporaban ingeniosos conductos huecos dentro de las paredes. El humo y los gases calientes de chimeneas o hogueras circulaban por estos pasajes, irradiando calor a las estancias adyacentes.
Embrasures como fuentes de calor
Las embrasures, aberturas en los muros destinadas a los arqueros, podían cerrarse con persianas que retenían el calor procedente de los interiores, mejorando la eficiencia térmica.
Es importante señalar que, pese a estos recursos, los castillos medievales sufrían corrientes de aire y pérdidas de calor por sus numerosas ventanas y puertas, lo que dificultaba mantener una temperatura constante y cómoda.