El faraón más poderoso
Ramsés II, conocido como Ramsés el Grande, fue probablemente el monarca que más tiempo reinó en el Antiguo Egipto y el que dejó una huella más profunda en la historia. Gobernó durante 66 años, desde los 25 hasta los 91 años, y durante su mandato el país vivió una época de prosperidad, estabilidad y gran desarrollo.
Hijo de Seti I y tercer faraón de la dinastía XIX, acumuló más de 100 hijos y 50 hijas. Su deseo de perpetuar su nombre lo llevó a construir uno de los templos más singulares del mundo: Abu Simbel, cuya grandeza sigue asombrando a los visitantes.
Primeros años de reinado
Desde el inicio de su gobierno, Ramsés no se quedó de brazos cruzados. Recorría el país supervisando innumerables proyectos de construcción y, para reforzar su autoridad divina, añadió a su nombre real el título Setepen‑Re, que significa "el elegido de Ra".
Durante décadas lideró campañas militares en Siria y Libia, consolidando el poder egipcio. Su largo reinado se asoció con una época de abundancia y expansión que marcó una de las etapas más brillantes del Imperio Nuevo.
Descubrimiento del templo
Enterrado bajo la arena del desierto durante más de tres mil años, el templo de Abu Simbel fue hallado en 1813 por el viajero suizo Johann Ludwig Burckhardt, quien notó la cabeza de una de las colosales estatuas sobresaliendo entre la arena. Cinco años después, el famoso explorador Giovanni Battista Belzoni se dirigió al sitio con la esperanza de encontrar tesoros, pero sólo descubrió unas cuantas estatuas; el interior del templo estaba prácticamente vacío.
Un templo sin igual
El templo, construido entre el quinto y el trigésimo año del reinado de Ramsés, está protegido por cuatro gigantescas estatuas del propio faraón, cada una de más de 20 m de altura, las más altas que se conservan en Egipto. A su alrededor se encuentran esculturas más pequeñas que representan a su esposa Nefertari, su madre, sus hijos y sus hijas, así como prisioneros atados que simbolizan a los enemigos del Estado.
Contrario a la creencia popular, el recinto no está dedicado a Ramsés, sino a los dioses solares Amon‑Ra y Re‑Horachte, y al dios de la artesanía, Ptah. Sobre la entrada principal, entre los colosos, se alza una modesta estatua del dios solar Re con cabeza de halcón.
La magia de la luz
El interior cuenta con 14 salas excavadas en la roca, llegando a 60 m de profundidad. La más grande es una sala hipóstila con ocho estatuas de Ramsés en los pilares, y al final se encuentra el santuario donde el faraón se presenta ante los dioses. Los relieves, en excelente estado, narran sus victorias militares y el sometimiento de los sirios.
Dos veces al año – el 21 de febrero y el 21 de octubre – los rayos del sol naciente atraviesan la estrecha entrada y iluminan la faz de Ramsés y las de los dioses Amon‑Ra y Re‑Horachte, mientras que la estatua de Ptah permanece en sombra. Estas fechas coincidían con el aniversario de nacimiento y coronación de Ramsés; hoy, tras el traslado del monumento, el fenómeno se produce con un día de retraso.
Ubicación estratégica
Ramsés eligió un emplazamiento inusual para su templo: a 300 km al sur de Asuán, en la ribera del Nilo nubio. El complejo consta de dos santuarios: uno dedicado al faraón y otro a su amada esposa Nefertari.
Se cree que la ubicación buscaba demostrar el poder de Egipto a los visitantes del sur y a los nubios, enemigos frecuentes de Ramsés. Además, construir un monumento tan imponente fuera de la capital evitaba la posible oposición de los sacerdotes y la élite egipcia.
Salvar el pasado para proteger el futuro
En la década de 1960, la construcción de la Gran Presa de Asuán amenazó con sumergir Abu Simbel bajo las aguas del futuro Lago Nubia. Ante la posibilidad de perder este tesoro, 51 países, bajo el auspicio de la UNESCO, acordaron trasladar los templos. Los ingenieros suecos propusieron cortarlos en bloques y reubicarlos, una solución más viable que cubrirlos con una cúpula de vidrio.
Una empresa colosal
El proyecto estuvo dirigido por el renombrado arqueólogo polaco Kazimierz Michałowski. Se tallaron más de 2 000 bloques de hasta 30 toneladas, que fueron transportados y ensamblados a 200 m de distancia y 65 m más arriba, sobre una montaña artificial de hormigón reforzado. La obra, que costó cerca de 40 millones de dólares, se completó en 1968, y el templo volvió a abrir al público.
Abu Simbel no fue el único monumento salvado; en total se trasladaron nueve estructuras, algunas de las cuales fueron donadas a países que contribuyeron al proyecto, como el templo de Dendera (Nueva York) y el de Debod (Parque de la Montaña del Príncipe, Madrid).
La eternidad del faraón
Aunque su ubicación cambió, se mantuvo la alineación este‑oeste para que, dos veces al año, el sol siga iluminando la faz de Ramsés y los dioses solares, con un ligero desfase de un día. Como decía el poeta, "la eternidad de los muertos dura mientras sus extraordinarias construcciones perduren"; Abu Simbel es prueba de que la gloria de Ramsés II trasciende los milenios, incluso frente a las aguas del Lago Nasser.
Bibliografía
- Miroslav Verner, Temple of the World: Sanctuaries, Cults, and Mysteries of Ancient Egypt, American University in Cairo Press, 2013.
- Terence Spencer, The Race to Save Abu Simbel Is Won, Life, 2 de diciembre de 1966.
- Stephanie Fitzgerald, Egyptian Pharaoh: Warrior and Builder, Compass Point Books, 2008.
- Kazimierz Michałowski, Not Only Pyramids. Ancient Egyptian Art, Common Knowledge, 1966.